Cuba, claroscuros

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Ningún pueblo merece vivir así, sea aliado de quien sea...

Por décadas, Cuba ha sido uno de los países más simbólicos y polarizantes del continente americano. Para algunos, representa la resistencia frente a Estados Unidos y un modelo que logró avances históricos en salud y educación. Para otros, es el ejemplo de cómo la concentración del poder político y económico termina deteriorando libertades, productividad y calidad de vida.

La realidad cubana actual parece estar atrapada entre ambas narrativas.

Recientemente, Marco Rubio —secretario de Estado estadounidense e hijo de inmigrantes cubanos— difundió un discurso dirigido al pueblo de la isla en el que responsabiliza directamente al aparato político y militar cubano de la crisis actual. Rubio sostiene que el problema central no es únicamente el embargo estadounidense, sino el control económico ejercido por GAESA, conglomerado empresarial administrado por las fuerzas armadas y señalado por controlar buena parte de sectores estratégicos como turismo, comercio, bancos y remesas.

En su mensaje, Rubio afirma que mientras gran parte de la población enfrenta apagones de hasta 22 horas diarias, escasez de alimentos y medicinas, la élite vinculada al sistema mantiene privilegios y controla la economía nacional. También propone una relación distinta entre Estados Unidos y el pueblo cubano, ofreciendo ayuda humanitaria y defendiendo una eventual apertura económica y política.

Naturalmente, el gobierno cubano rechaza esta visión y sostiene que el principal origen de la crisis es el embargo económico estadounidense, vigente desde hace más de seis décadas y endurecido en distintos momentos. Diversos organismos internacionales y economistas coinciden en que las sanciones sí han afectado severamente el acceso a financiamiento, comercio e inversión. Sin embargo, también existe consenso entre numerosos analistas en que la centralización extrema de la economía, la falta de reformas profundas y la dependencia histórica de subsidios externos —primero soviéticos y después venezolanos— agravaron el deterioro estructural del país.

La historia de Cuba tampoco puede entenderse sin contexto. Antes de la Revolución de 1959, la isla vivía bajo una fuerte influencia económica estadounidense. Durante el régimen de Fulgencio Batista, La Habana se convirtió en un centro de casinos, apuestas, prostitución y operaciones vinculadas a la mafia norteamericana. La revolución encabezada por Fidel Castro expulsó a esos grupos criminales, cerró casinos y promovió un proyecto nacional que logró avances reales en alfabetización, salud pública y educación, reconocidos incluso por organismos internacionales.

Muchos latinoamericanos crecimos viendo a Cuba como un símbolo de soberanía y dignidad frente a las grandes potencias. En mi caso, además, existía una conexión personal e histórica: mi tío, Gilberto Bosques, fue embajador de México en Cuba y una de las figuras diplomáticas más reconocidas de nuestro país por su labor humanitaria durante el siglo XX. Quizá por eso, años después, en un Modelo de Naciones Unidas de la Universidad de Harvard, en Boston, escogí ser delegado de Cuba. Recuerdo divertirme defendiendo la postura cubana, confrontando diplomáticamente a Estados Unidos y construyendo alianzas con Rusia en aquellas simulaciones universitarias donde uno mezcla idealismo, política y pasión intelectual.

Y quizá por eso resulta todavía más impactante observar la realidad actual de la isla.

Ver reportes de ciudades enteras pasando hasta 22 horas sin electricidad, familias haciendo filas interminables para conseguir comida o medicinas, jóvenes abandonando el país por falta de oportunidades y hospitales enfrentando carencias básicas, obliga a dejar a un lado consignas ideológicas y mirar el sufrimiento humano de frente.

Ningún pueblo merece vivir así, sea aliado de quien sea.

Cuba no puede resumirse únicamente en propaganda revolucionaria ni tampoco en discursos anticomunistas simplistas. Su historia está llena de matices: resistencia, errores, dignidad, autoritarismo, logros sociales y desgaste económico.

Tal vez el mayor desafío para el futuro cubano sea encontrar un equilibrio entre soberanía, libertades y prosperidad; rescatar los avances sociales que alguna vez hicieron admirar al país, sin ignorar la necesidad urgente de abrir espacios económicos, políticos y humanos para una población agotada por décadas de crisis.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica