Lo mejor de México todavía no ha sucedido

Tenemos una entrañable y peligrosa adicción al pasado. Nos encanta hurgar en el arcón de los recuerdos nacionales para convencernos de que allá atrás, en algún punto difuso del siglo XX, fuimos felices y documentados. Nos asomamos a los años cincuenta y sesenta con la misma mirada nostálgica con la que se revisa un viejo álbum familiar: ahí están las postales en blanco y negro de las avenidas limpias, el dólar inamovible a doce cincuenta, las familias numerosas sostenidas por un solo proveedor y el olor a pintura fresca de un IMSS que inauguraba hospitales con murales de Siqueiros.
"Aquello era el paraíso", suspiran los abuelos y repiten los nostálgicos del Desarrollo Estabilizador. Pero la memoria es una editora tramposa que suele recortar las verdades incómodas para entregarnos un relato digerible.
Si rascamos un poco el barniz de la llamada "Época de Oro", descubrimos que el milagro de las clases medias urbanas se financió con el silencioso sacrificio del campo mexicano, condenado a subsidiar la mesa de las ciudades a cambio de su propio empobrecimiento. Detrás de la envidiable certeza económica del oficinista que estrenaba un coche ensamblado en el país, operaba la dictadura perfecta: un régimen de partido único que no toleraba el disenso, una prensa domesticada por el presupuesto oficial y un país donde la mitad de la población —las mujeres— apenas conquistaba el derecho al voto en 1953 mientras seguía excluida de las aulas universitarias.
Aquello no era el paraíso; era un pacto de confort a cambio de silencio. Un idilio con fecha de caducidad que terminó por fracturarse cuando la juventud de los sesenta exigió libertades civiles y recibió, como respuesta, la intolerancia del Estado.
Por eso resulta tramposo elegir una "mejor época" en nuestra bitácora posrevolucionaria. México ha sido un país pendular. Cuando hemos tenido justicia social e identidad, hemos padecido una economía precaria; cuando logramos el milagro del crecimiento y la estabilidad, asfixiamos la democracia; y cuando finalmente abrimos las fronteras, conquistamos la alternancia electoral y ganamos la libertad de criticar al poder sin terminar en una mazmorra, el tejido social se nos descosió por la vía de la violencia y el estancamiento salarial.
Siempre nos falta un engranaje. Somos una maquinaria formidable que nunca ha visto girar todas sus piezas al mismo tiempo.
Decir que México es un país fracasado sería una injusticia histórica; pero afirmar que ya tuvo su esplendor es una claudicación. La columna vertebral de nuestra historia es que México aún no ha visto su verdadera época dorada. Esa plenitud no habita en el pasado autoritario ni en la añoranza de un subsidio estatal, pero tampoco en la fría estadística de una macroeconomía que no se refleja en la canasta básica del ciudadano de a pie.
La edad de oro de esta nación es un proyecto inconcluso, una asignatura que sigue mirando hacia el futuro. Llegará el día en que logremos conciliar la certidumbre económica que una vez tuvimos en el bolsillo con la libertad democrática, la seguridad pública y la equidad que hoy seguimos exigiendo.
Mientras tanto, dejemos de mirar el retrovisor: lo mejor de México todavía no ha sucedido. ¡Espero!