UNA AVENTURA MONÁRQUICA NO UN PROPÓSITO NACIONAL
Impresiones de Tánger y examen del problema de Marruecos
De entre las grandes impresiones que recogí en mis andanzas fuera de mi país, pocas, o acaso ninguna, tan honda como el recuerdo de la guerra de Marruecos, sostenida con cruel afán en contra de un pueblo que anhelaba estructurar su vida jurídica, y hacer reconocer su soberanía, y vivir pacífica e independientemente en el concierto internacional: el pueblo del Rif.
En los últimos meses de 1926, y en vísperas de que se desencadenara, como un huracán, la ofensiva vigorosa de los ejércitos del caudillo insurgente Abd-el-Krim; ofensiva que liberó por algunos meses a la ciudad santa de Xauen y a la mayor parte del territorio del norte de Marruecos de la dominación española, y que estuvo a punto de culminar en el reconocimiento de la autonomía del Estado del Rif; en aquellos días, digo, en que el pueblo español se inquietaba ante la perspectiva de que llamara a filas a las clases más jóvenes, para conducirlas a la hornaza de una guerra tan despiadada como injusta, un puñado de hombres representativos de la conciencia española, se reunió en juntas revolucionarias para dar al traste con la dictadura del teniente general don Miguel Primo de Rivera, estableciendo como uno de los capítulos del programa que habría de desarrollar el nuevo régimen, la terminación inmediata de la guerra de Marruecos, la constitución del protectorado en los planos de soberanía —Ceuta, Melilla y Larache— situados en la costa de África, el abandono de los territorios sometidos al protectorado de España y el reconocimiento de la autonomía o de la independencia del nuevo Estado del Rif.
Movido por un impulso romántico, propio del espíritu revolucionario de nuestro país, acepté ir a Tánger para introducirme por allí hasta el campamento del jefe rifeño, a efecto de promover en nombre de la junta revolucionaria de España la suspensión de las operaciones militares, para dar ocasión a que se desarrollaran en la Península los acontecimientos que habrían de dar fin a la dictadura, con la seguridad de que el nuevo régimen otorgaría lo mismo por lo que tanto afán luchaba el pueblo marroquí.
Y fui a Tánger. Pero la embellecedora misión con que me honró la junta revolucionaria española, no pudo llevarse a buen término. Apenas iniciados los preparativos para hacerme conducir hasta el campamento del caudillo de la insurrección, éste desplegó su formidable ofensiva sobre las posiciones españolas. Ya no pude detenerse la guerra. Un enviado de Madrid me comunicó instrucciones de la junta, y di por terminada mi proyectada aventura.
Pero ha llegado la oportunidad de que —periodista al fin—, comunique a los lectores de mi país mis impresiones de viajero por aquellas tierras heroicas de África, como prólogo de un análisis suscinto sobre el problema internacional que envuelve la tragedia de un pueblo cuya libertad fue ahogada en sangre por la potencia militar, no diré que de Francia ni de España, sino de los Estados español y francés.
Elogio de Tánger
Tánger es una encantadora ciudad, arrebatada hace poco más de una veintena de años a la potestad de su amo imperial. Encargada su administración a los cuidados de delegaciones extranjeras, se ha salvado de servir de campo propicio a las guerras que azotaron a la patria del gran Abd-el-Krim. Cuando el valeroso guerrero moro, que peleaba en las montañas del Rif o en las llanuras del Uergha, se abatía y se desangraba ante las embestidas, más que de los españoles, de esos otros hombres sin patria, sin alma, sin conciencia y sin moral, que formaban los cuadros de los tercios extranjeros, Tánger se le ofreció amorosamente para que en su regazo curase sus heridas, para que tomara nuevos impulsos, para que renovara su fe en los destinos de su raza…
Tánger, ciudad que se alza, cabe un ancho risco de la costa noroeste de África y que se extiende también como paraje de quietud y de poesía, como exponente de un arte magnífico que no quiere ni puede morir, se ha salvado de la guerra merced a la intransigencia anglo-franco-italiana, que no deja su suerte al libre albedrío del Estado español.
¿Qué habría sido de ella en caso contrario?
La apacible ciudad, donde se desliza suavemente la vida de moros, israelitas y europeos, dentro de un ambiente de melancolía y casi de olvido, no habría desconocido, como el resto de sus hermanas, la tragedia de una guerra no sujeta a los límites que marcan los principios del derecho de gentes, y dirigida por hombres que no piden ni dan cuartel.
Tánger, lugar de libertad, propicio a los hombres que tienen el gesto de reclamar un mundo mejor y más justo, tendría un nuevo amo; y Tánger, ciudad que pudo cobijar a los campeones de su raza, se habría convertido en cuartel para sus enemigos, y en prisión, martirio y cadalso para los suyos.
Locura y vanidad
Si yo no supiera que hubo mucho de grotesco en todo ese drama, en que han naufragado los valores morales que quisiéramos ardientemente nimbaran siempre la gloria de España, haría un esfuerzo por penetrar en el arcano de los designios del Estado español. Pero desgraciadamente, cuando se contempla la génesis y el curso que siguió el problema de Marruecos, sólo locura y vanidad puede advertirse.
Para aquellos jefes de gobierno que basaron su estabilidad en el apoyo de la fuerza armada y en la gracia del soberano, seguramente que constituía una bella ilusión poder ofrecer Tánger como una joya que colocar en la corona del monarca, y después repetirle estas bien conocidas palabras de adulación: “Señor: Tú pasarás a la historia con el nombre de don Alfonso el africano.”
Pero no se ha tomado, para ello, la medida del tiempo.
Tánger no quiere decir solamente el propósito de dominio que abrigó el Estado español sobre esta ciudad. Tánger traduce el empeño suicida, de afirmar la conquista del norte de África. ¡Y ya hace buen rato que pasó la hora de las conquistas!
Estamos en una época en que todos los pueblos se van sintiendo mayores de edad. Los imperios coloniales más sólidamente constituidos, sufren grandes quebrantos, si no se desquician. Las metrópolis dirigidas por estadistas —no por soldados de fortuna— no piensan sino en hallar la mejor manera de ceder, porque saber ceder en estos momentos, tiene la importancia vital que en otros siglos tuvo saber conquistar. Y la metrópoli que no sabe ceder, conocerá una vez más la amargura de ser arrojada sin consideración ni piedad.
La razón del conquistador
Jamás una empresa de conquista tuvo por móvil la generosa idea de llevar las luces de la civilización a los pueblos atrasados. Si es verdad que los adelantos del mundo occidental han llegado con las prédicas de los misioneros apoyadas por la espada de los aventureros, podrá considerarse esto como una consecuencia, pero no como un alto ideal de humanidad concebido previamente. La conquista se ha hecho siempre como un medio de adquirir fuertes ventajas económicas y políticas para el conquistador. Si no hubiera una riqueza que explotar; si no existiera un punto estratégico que defender; si no se conocieran tantas inocuidades que se toman como razones de “prestigio”, no se hallaría tampoco, seguramente, la entidad dispuesta a acometer una tal empresa… ¡por realizar una misión apostólica…!
Planteado en este terreno el problema, es fácil explicarse las angustias y trabajos de los gobiernos metropolitanos, en esta hora en que la tendencia autonomista de las antiguas colonias constituye la más seria amenaza para la economía de los imperios. Este es el caso de Inglaterra, y de Francia, por ejemplo. Porque mantener un vínculo, por débil que sea, desde un punto de vista político con la colonia, el dominio o como quiera llamársele; vínculo que se traduzca en la posibilidad de adquirir materias primas y cereales baratos, significa la vida de la metrópoli.
Ellas se han creado el problema.
¡Allá ellas con las consecuencias…!
¡Pero España…!
España protectora supervisada
¡Pobre España! En esta desdichada aventura de Marruecos sólo le fueron reservados los trabajos y las responsabilidades; ni un solo aliciente para su esplendor; ni una perspectiva para su grandeza; ni siquiera el tratamiento que la colocara al nivel de las potencias.
En efecto; en los buenos años en que las potencias se distribuían bonitamente el dominio sobre las tierras de África; Inglaterra y Francia, para poner fin a las diferencias que entrañaban sus mutuos actos de conquista, decidieron, a espaldas de todos, asignarse: Inglaterra, libre acción sobre Egipto; Francia, lo mismo sobre Marruecos, además de otros obsequios de botín sobre Tierra Nueva, Siam, El Níger, etcétera, por medio del acuerdo anglo-francés del 8 de abril de 1904.
Pero como para llevar Inglaterra sus escuadras al Mediterráneo tropieza con el paso obligado del Estrecho de Gibraltar a cuya margen sur se encuentran las fronteras nórdicas de Marruecos, no podía admitir la consolidación de un poderío de la fuerza del poderío francés. Se pensó, entonces, en hallar quien cargara con el puesto de gendarme inofensivo y apostado en esas áridas peñas…
Y fue el Estado español el que aceptó ingenuamente el 8 de octubre del mismo año, lo que a bien tuvieran arreglar con antelación las otras potencias.
Por lo demás, el Acta de Algeciras, los arreglos franco-alemanes, el tratado de Fez que consagra el protectorado de Francia sobre Marruecos, los diversos acuerdos franco-españoles, no son sino las sucesivas etapas de realización del propósito original.
Y allí está España, sobre un pequeño territorio rocalloso, inhospitario, que nada de bueno significa para su patrimonio económico, después de haber tenido que sostener una guerra impía contra un pueblo de guerreros que en estos momentos parecen dominados, pero que en realidad están decididos a liberarse, lo mismo del sultán que de quien quiera sustituirlo; allí ha estado España, gastando lo mejor de su juventud, sus recursos financieros y, lo que es más, el prestigio con que pudiera hoy hablar al mundo, como nación que fue creadora cuando era preciso crear nacionalidades pero que se convirtiera en libérrima cuando los pueblos buscaron su libertad.
¡Ah! ¿Pero sabéis que con toda su responsabilidad, España no tiene, jurídicamente autoridad completa sobre el territorio asignado a su protección?
Pues no es de otro modo. El sultán continúa como jefe del imperio marroquí en toda su extensión territorial. España lo reconoce así, y se obliga, por ende, a someter la nominación de los más altos funcionarios moros a la aprobación de Su Majestad xerifiana. Y como Su Majestad xerifiana, a la vez, se halla sometida —en este caso sí totalmente— a las determinaciones del alto comisario francés, resulta España— protectora, supervisada por el alto comisario de Francia.
¡Y para esto se ha sacrificado al pueblo español…!
Marruecos y la monarquía
Es creencia generalizada que en Axdir quedó vencida para siempre la independencia del Rif. Grave error. Podrá hacerse, como se ha hecho, que el admirable caudillo Abd-el-Krim pase el resto de su vida desterrado en una isla apartada, en mares remotos, como Bonaparte en Santa Elena; pero la obra del que fue capaz de organizar a un pueblo, y de constituir un Estado, y de vencer ejércitos numerosos, de fijo que ha echado hondas raíces. No pasará mucho tiempo sin que surjan nuevos caudillos que, en esta época propicia, consumen la liberación que estuvo ya a punto de llegar al alcance de la República del Norte de África.
Menos mal: la empresa sobre Marruecos es una aventura monárquica —acaso sería más justo decir que dinástica—; pero nunca un propósito nacional español. El pueblo de España tuvo siempre repugnancias por esta guerra que exhibe un gran crimen internacional.
Optimismo
Todos los grandes pensadores españoles que en los últimos años han venido a tierras de América a verter sus nobles ideales, han estado contestes en proclamar un hecho histórico: el año 98, año de dolor para España, por que durante él perdió a Cuba y con Cuba al resto de sus colonias ultramarinas, fue también para la Madre Patria la iniciación de una nueva era que proyectó más bellos horizontes, con más amplias perspectivas; porque, pasado el momento de la pena por el desastre militar y marítimo, pudo España concentrarse en sí misma y poner toda su voluntad y toda su energía en la obra de su renovación intelectual.
Esperemos que, tras de la loca aventura de Marruecos, se corone la obra iniciada en el 98, con la renovación social y política del pueblo español.
El Nacional, 4 de septiembre de 1930.
Froylán C. Manjarrez
La Pluma y las Palabras (Una aventura monárquica no un propósito nacional)
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