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Lun, Ago

La Puebla variopinta, conspiración del poder (Capítulo 22) La duda vestida de certeza

Réplica y Contrarréplica
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Se me debe exigir que busque la verdad, pero no que la encuentre.

Denis Diderot

 

 

 

 

 

A estas alturas (2015) aún no sé cómo llegaremos al final del mandato morenovallista. La duda se incrementa si partimos de que la política en Puebla se ajustó a los cambios constitucionales que movieron las fechas electorales y, por única vez, ampliaron la duración del Congreso local y los ayuntamientos: de tres años a cuatro años ocho meses. De igual manera se estableció la elección de un gobernador efímero (un año ocho meses). Todo ello para empatar las elecciones locales con la federal.

Dichos cambios garantizan ocho años de hegemonía del morenovallismo, siempre y cuando el PRI y los otros membretes políticos le permitan ganar la elección de la mini gubernatura. También facilitan la operación electoral así como el manejo y dirección del tipo procesos en los que subyace el deseo de controlar para usufructuar el poder, en su caso por catorce años como máxima aspiración (seis de su gobierno, poco menos de dos de su herencia mini gobernador y alcaldes de cuatro años ocho meses y los otros seis del manejo de la República).

No es casual que en el escenario poblano hayan aparecido diversos personajes que antes de la llegada de Rafael iii, no tenían ninguna oportunidad para ser considerados como parte de la nueva clase política poblana. Lo curioso y paradójico e incluso alarmante, el lector decidirá, es que la mayoría de ellos fueron forjados en los entresijos de la tecnocracia neoliberal.

La verdad, valor moral

La verdad debería ser condición sine qua non para gobernar. Pero para ello, reitero, habría que modificar el concepto de falsedad en declaraciones judiciales y darle otro sentido y penalidad. Incluir la mentira como lo que es, considerándola delito grave y en consecuencia sin el beneficio de la fianza. Imagínense a cualquier gobernante consignado por mentir y a otro juzgado y defenestrado por lo mismo…

Ya lo dije y lo enfatizo para que no se olvide:

Ello es factible. Ocurre en otros países donde los presidentes dejan de serlo si se les descubre que mintieron a los gobernados o incumplieron su juramento constitucional (perjurio). Esto puede lograrse siempre y cuando el poder Legislativo dejara de ser una de las dependencias del Ejecutivo y que los magistrados y jueces pugnaran por hacer real la autonomía de poder Judicial.

Pregunta incómoda:

¿Y cómo reaccionaría la sociedad si se comprobase que para llegar hasta donde están, muchos políticos adoptaron la sentencia de Carlos Hank González, razón por la cual tuvieron que traficar con la influencia o hacer negocios con el erario público?

Supongo que no habría sorpresas porque después de los avances de la comunicación, pocos mexicanos ignoran que para adquirir el estatus de ricos, muchos servidores públicos consideraron seriamente la sesuda definición de “político pobre, pobre político”, axioma cuyo autor, todos lo sabemos, fue el gran maestro de Atlacomulco. Se trata, pues, de un ejemplo o recomendación que cundió como el fuego atizado con gasolina, costumbre que produjo muchos apasionados seguidores, mismos que se trasformaron en hombres cuyo capital reincido en la figura les permitió encontrarse (penúltimo eufemismo) con la “mozuela” equivalente a la casada infiel de Federico García Lorca: en cuanto tocaron sus pechos, éstos se les abrieron como ramos de jacintos, la perfumada flor de la constancia.

El de la corrupción es, sin duda alguna, un tema complicado y difícil de resolver. Por esta dificultad, el político que quiera entenderlo y combatirla necesita meterse de lleno a la vida de Platón, leer su República y Las leyes; relacionarse con Aristóteles y conocer su Política y las tres versiones de su Ética; estar al tanto de la obra de Agustín de Hipona y Tomás de Aquino; y desde luego haber leído El Príncipe de Maquiavelo, lecturas que se complementan con el ingenio guerrero de Sun Tzu. ¿Es mucho pedir? Sólo si incluimos como requisito el que conozcan bien la obra de Montesquieu, Rousseau, Hobbes, Marx, Marshall McLuhan, Robert Dalt, Sartori, Bobbio y Fujiyama. Pero si el tiempo o las condiciones intelectuales no permiten semejantes lujos, entonces tienen que buscar asesores con esas lecturas para que los orienten y les formen lo que los gringos llaman “tanque de cerebros”.

¿Y qué tiene que ver esta reflexión con Puebla?, se preguntará el lector. Pues mucho porque ha sido gobernada por varios políticos mentirosos y uno que otro ignorante.

Alejandro C. Manjarrez