La brigada terminal (Capítulo 11) Primera baja

Réplica y Contrarréplica
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Primera baja

Capítulo 11

El despertar de Lauro O’Gorman fue más entusiasta que de costumbre. Abrió ojos y mente con las mismas imágenes y los mismos pensamientos que le motivaban desde la agresión que lo dejó paralítico. Pero esa mañana tenía un significado especial para él, ya que se pondría a prueba el programa que diseñó con la intención de vigilar acciones y estrategia de la Brigada, esquema basado en el uso de los adelantos en materia de comunicación y electrónica. Uno de ellos, el satélite. “Como en las películas –se dijo– estaré viendo a cada uno de los nuestros y alertándolos de las reacciones de los maleantes.” Después usó sus brazos para, como lo acostumbraba, desarrollar el esfuerzo físico que lo pondría en la silla de ruedas ubicada al lado de la cama que prácticamente estaba junto al centro de control. Prescindió del baño matutino para no perder tiempo y darse a la tarea de preparar su equipo adelantándose a los acontecimientos.

         –Ya tenemos la conexión del satélite –le dijo a Simón Rocafuerte. Tengo las imágenes de varios puntos. Te diré horarios para que no se nos escape ningún movimiento…

         –Si ya los tienes dámelos de una vez. Así le ganamos tiempo al tiempo…

         Lauro consultó sus datos y procedió a informárselos a su jefe: “A partir de 8:30 de la mañana estaremos monitoreando los cruceros señalados en la zona sur de la ciudad. Veremos la zona de Polanco y al mismo tiempo las calles cercanas al aeropuerto. Si acaso se nos cae la imagen de uno de los puntos, existen las otras cámaras del  circuito cerrado que envía la señal a la unidad móvil donde se procesa la transmisión vía satelital. Ello a demás de nuestra comunicación por la banda civil Tenemos todo cubierto Simón…”

         Rocafuerte inició así el chequeo de su manual de operaciones comunicándose con los equipos, incluido el de “limpieza” cuyo trabajo consistía en quitar o eliminar cualquier cosa que pudiera servir para identificar a sus compañeros. Y dio la orden para que los demás se trasladaran al punto que previamente les había asignado. La operación se estaba llevando a cabo de acuerdo con el plan.

Lauro observaba atento los monitores mientras escribía en clave cada movimiento. Los registros de ésta que era su primera operación habrían de servirle para crear un procedimiento con el mínimo margen de error. Y los primeros resultados de la prueba le confirmaron que su programa funcionaba bien, respuestas que le alegraron al grado de tomar la decisión de musicalizar cada uno de los monitores. Al que captaba la transmisión de Polanco lo fondeó con Ildegonda , una paráfrasis para piano de la ópera compuesta por Melesio Morales. El conectado con la imagen de la esquina cercana al aeropuerto, le puso el collage de música electrónica que él mismo había compuesto. Los acordes de la “Paloma negra” cantada por Lila Downs, animaron las tomas de las calles de Coyoacán. En el crucero más conflictivo de Las Lomas de Chapultepec instaló a Carmina Burana de Carl Orff, versión grabada por los coros y la Orquesta Sinfónica de Berlín. Y para el monitor que proyectaba las calles de Reforma utilizó la música de Gershwin. Tenía prácticamente listo el guión de su propio concierto así como el esquema del material del corto metraje que había concebido antes de perder el movimiento de sus piernas. Y la función empezó.

–Prepárate Burello: a unos treinta metros de tu auto están dos sujetos esperando la luz roja del semáforo. Ve despacio para que te toque el alto... Bien hecho... Ya te vieron. Cálmate y saca el brazo para que luzca el Rolex…

         Las frases altisonantes quedaron opacadas por la intensidad de las voces del coro alemán que interpretaba la música de Orff. Sólo se alcanzó a escuchar la detonación del disparo, ruido que quedó grabado igual que la imagen de la acción de los ladrones que arrancaron el reloj, tomaron el celular para de inmediato botarlo en el asiento de atrás y echarse a correr como alma que lleva el diablo.

         –¿Estás bien, Burello?

         –No pasó nada grave –respondió el asaltado–, la pistola fue detonada encima de mí, intuyo que para obligarme a bajar la cabeza… Pero estoy bien aunque con los oídos zumbándome…

         –¿Oíste Simón?

         –Afirmativo. Dile a Burello que lo felicito por su actitud… Y dime, ¿de dónde salió el O Fortuna de Carmina Burana…?

         –Es mi música ambiental, jefe. Me mantiene despierto y atento a cada monitor cuyas imágenes, aunque usted no lo crea, parecen seguir el ritmo de la música… Pero después te platico Simón porque en el punto Coyoacán me aparece otro sospechoso. Sí, sí, en efecto, va por Edith… ¿Me escuchas Edith?

         –Afirmativo Lauro, ya lo detecté. Es un güero desteñido con cara de cursiento –respondió la mujer valiéndose de la broma para calmar sus nervios… ¿Qué hago?

         –Muéstrale tu muñeca para que resalte el reloj…

         En ese momento se escuchó la detonación de la pistola, flamazo y estruendo que quedó grabado el master del control remoto. El silencio que vino después se prolongó hasta que fue roto por la frase: “Ya me canso de llorar y no amanece”, fragmento de la canción que interpretaba Lila Downs.

         –¿Me escuchas Edith? Responde por favor…

         Segundos más tarde Lauro repitió la pregunta varias veces sin obtener ninguna respuesta. Supuso que algo grave había ocurrido ya que no se veía nada dentro del auto, ni siquiera a su conductora.

         –Simón –dijo Lauro–, presiento algo grave. Que alguien cheque el auto de Edith…

         El observador de la Brigada asignado al lugar escuchó la petición y sin esperar la indicación corrió hacia donde estaba Edith. Cuando llegó los curiosos no lo dejaron pasar debido a que habían formado una muralla humana que obstruía el acceso al auto. A empujones y con el “perdón” que trataba de justificar la violencia de sus codazos, el observador se abrió paso hasta la ventanilla del vehículo e hizo la llamada que Simón no quería escuchar:

         –Jefe, Edith está muerta. El ladrón le disparó en la cabeza y hay sangre y sesos incrustados en todas partes. Es un espectáculo dantesco Simón…

         Los acordes de Orff y la voz de Lila se mezclaron con el ritmo de Rapsodia en azul de Gershwin y la exuberante armonía de la paráfrasis de Ildegonda de Melesio Morales… Parecía música mezclada por Dante para ambientar el acceso al limbo que describió su Comedia.

Veinticuatro horas después de la muerte de Edith prevalecía el estupor en la familia de la Brigada Terminal. La policía también estaba confundida. Y el grupo especial coordinado por Juan Hidalgo especulaba con diferentes hipótesis. Todo este barullo de confusión, teorías y propuestas contrastaba con el alboroto entre los hermanos de la pandilla de Perico: “El éxito de la operación –decían– se debió a que dejaron los teléfonos celulares en posesión de sus dueños”. Pero la enérgica llamada de atención de Perico fue la nota pesimista que acabó con la algarabía de los maleantes:

–No se alegren bola de cabrones. Mataron a una mujer y eso nos traerá muchas dificultades. Han puesto de luto a la opinión pública que, como lo hemos comprobado, le vale madre si los nuestros son las víctimas. Sin embargo, basta con que muera una mujer como la que se echó el pendejo del Mosco, para que el acto se convierta en el peor de los crímenes y nosotros la escoria de la sociedad, los asesinos que el mundo repudia. No les importa ni les interesa que los nuestros mueran mutilados. Lo ven como si fuese justicia divina…

–No te aceleres Perico; es mejor que el luto blanco se de en las filas del enemigo ¿o no?

–No seas pendejo compadrito. La instrucción era no matar a nadie. Y allí esta el pedo. El Mosco se equivocó al dispararle a una mujer y por poco hace lo mismo Esteban que quiso pegarle un tiro a otro tipo. Esa desobediencia ha propiciado que la policía ponga su mira en nuestra gente y que se olvide de los criminales que alguno de ustedes definió como los “científicos”. Poco más de cincuenta relojes, otro tanto de carteras y tarjetas pero ningún celular. Un muerto y todos los agentes en nuestra contra. Ésa es la utilidad compadrito. Por eso mi molestia, preocupación y encabronamiento.

El reclamo de Perico quedó trunco porque se distrajo con el alboroto que ocasionó el desmayo del Mosco –¿Qué onda con el Mosco? –inquirió Perico–, ¿está enfermo o qué le pasa?

La pregunta del líder del grupo se quedó en el aire debido a que, igual que el Mosco, otro de sus compañeros empezó a tener convulsiones como si tuviese un ataque epiléptico. Cinco minutos después y en medio de la confusión, el tercero de los ladrones mostró los mismos síntomas, casi al mismo tiempo en que el cuarto cayera retorciéndose y con los ojos volteados, en blanco. El rostro de Perico y la expresión de sus camaradas confirmaban la eficacia de la bacteria que Rafael Ibarbuengoitia había mutado para impedir su reproducción. Y las convulsiones del enfermo era una de las reacciones de rechazo al organismo invasor.

–¡Se están muriendo, jefe! –gritó desesperado uno de los miembros de la banda…

 Alejandro C. Manjarrez