Puebla, el rostro olvidado (En el umbral de la decadencia)

Réplica y Contrarréplica
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En el umbral de la decadencia

En la década de los ochenta la universidad se comprometió en nuevas luchas. Sus anteriores enfrentamientos con el gobierno arrojaron saldos favorables, pues aunque perdió a varios de sus mejores hombres, como compensación –hasta 1988–, los triunfos se significaron en aumento de subsidio, ampliación en áreas de influencia, reconocimiento pleno a la autonomía y la personalidad relevante de su rector. 

    La diplomacia y conocimientos políticos y sociales sobre Puebla, le permitieron al gobernador Alfredo Toxqui reducir al mínimo las fricciones gobierno-universidad y mejorar las relaciones, dándole a esos acercamientos un sentido más acorde con la historia de la institución universitaria. Como egresado de sus aulas (su padre e hijos también fueron alumnos) entendió lo que a otros gobernadores les ha negado su desarraigo.

    Al unirse los sindicatos de personal académico y empleados administrativos, en la década de los ochenta se fortaleció la posición de los trabajadores de la UAP.

    La pluralidad se había introducido en la universidad. Nuevas corrientes de pensamiento –todas de izquierda– confluyeron en un proceso que modificó las estrategias de la rectoría. Sus autoridades adoptaron fórmulas negociadoras y de concertación para que saliera electo Alfonso Vélez Pliego. Por extraño que parezca, dados los antecedentes, el nuevo rector tenía la simpatía del clero y un prestigio familiar que lo ubicaba como miembro del sector conservador poblano (después, por su actividad política de izquierda, el “jet set” poblano lo acusó de traicionar a su clase). Tomó posesión el 17 de noviembre de 1981.

    La rectoría de Vélez coincidió con la gubernatura de Guillermo Jiménez Morales. Ambos desarrollaron una relación armónica entre la universidad y el gobierno estatal. No obstante en el seno universitario cundió el descontento como si ese romance político fuese una especie de premonición del enfrentamiento que nueve años después ocurriría entre el gobierno de Mariano Piña Olaya y la autodenominada clase política universitaria.

    Para los más radicales, Vélez se había vendido y sus colaboradores eran gobiernistas. Empero, el rector contaba con la herencia de “El Mariscal”, lo cual ocasionó el alejamiento de otros líderes como Luis Ortega Morales quien se sentía el heredero desplazado. Vélez Pliego pudo reelegirse y su fortaleza prevaleció hasta 1987 cuando su grupo postuló como candidato a rector a José Doger Corte. En aquella elección la sorpresiva Victoria correspondió al maestro en ciencias Óscar Samuel Malpica Uribe. No funcionó la estrategia oficial armada para mantener el statu quo. 

   La lucha electoral se realizó sin contratiempos políticos. Sin embargo, la derrota inesperada inoculó en los otros grupos el virus de un resentimiento que hizo su aparición en 1989, cuando una rectoría descontrolada e inexperta cayó en la candidez y en las manos del mañoso gobierno piñaolayista que, valiéndose de su poder, escamoteó el pago de las nóminas y provocó el retraso del subsidio federal. Además, por sus desplantes mesiánicos, la administración malpiquista se puso de pechito ante los “tiradores” de la Secretaría de Educación Pública (entonces a cargo de Manuel Bartlett), que obviamente aprovechó la oportunidad para poner a funcionar la parte operativa del gran proyecto educativo nacional, consistente en desmasificar a las universidades públicas para elevar el nivel académico.

Alejandro C. Manjarrez