Orejas de Burro
Cultura es sinónimo de civilización y progreso intelectual
José Sarukhán
Mal de muchos, consuelo de tontos.
Dicho popular
¿A qué mexicano habría que ponerle las orejas de burro? ¿A cuál gobierno debemos culpar por el bajo nivel educativo de la población escolar, mismo que —según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)— nos ubica en el penúltimo lugar de Latinoamérica?
Hay varios responsables. Unos son los tecnócratas que decidieron modificar los programas educativos sin reparar en la importante herencia intelectual de los educadores de México, por ejemplo. Y otros, los voraces e insaciables comerciantes de la televisión que acabaron con el espíritu educativo de nuestra sociedad.
En el proceso de deterioro también habría que incluir a los Salinas, los Zedillos y las llamadas “familias felices”, que antepusieron sus intereses personales a los del pueblo.
Salta a los ojos, pues, que en ese locuaz entusiasmo por incrementar sus cuentas bancarias o hacer más grande a su grupo de cómplices, los tecnócratas y los comerciantes ignoraron el gran esfuerzo educativo de un país que tuvo que sortear la Guerra de Independencia, el conflicto nacido con la Reforma acompañada de la intervención extranjera, el atraso cultural propiciado por el porfiriato y la Revolución, que mandó a la “bola” a casi todos los maestros. Y dudo que haya quien se atreva a justificar el hecho de que mandatarios y empresarios se hayan pasado por el arco del triunfo el avance logrado por, entre otros, los gobiernos de Calles, Obregón y Cárdenas.
No hay duda: las orejas de burro están hechas a la medida para adornar las cabezotas de los tres presidentes tecnócratas que ha tenido México y tres de los empresarios de la televisión abierta. Y, de no ponerse listo, hasta el propio Vicente Fox Quesada podría disputar con sus antecesores y los directivos de las “holdings” televisivas el dudoso privilegio de llevar bien puestos los enormes cartílagos, distintivo, por cierto, de los orgullosos jumentos.
¿Y los maestros?
Simplemente responden al magro salario que perciben.
De ahí, pues, los alarmantes resultados publicados por la OCDE respecto a los bajos niveles de comprensión escrita, matemáticas y ciencias. Y por ello es que la mayor parte de los alumnos de secundaria “carecen de la capacidad de lectura básica…”
Pero lo peor de la calificación de marras es que ésta repercute directamente en las familias mexicanas donde, por desventura, muchos de los padres comparten con sus hijos el vicio de la televisión. Igual afecta a las religiones beneficiarias directas de la ignorancia de sus prosélitos. Y, desde luego, pone en entredicho el publicitado cambio democrático, ya que la mayoría de los votos emitidos no tienen la carga cultural que debería legitimar el poder, porque fueron depositados en la urna en un acto instintivo, no razonado, por simple imitación, pues.
¿Y qué se debe hacer para sacar al buey de la barranca?
El asunto es tan complejo que rebasa al gobierno y a sus festinadas buenas intenciones. Por un lado, porque la ignorancia podría ser catalogada como el principal factor del sexo “irresponsable” que aquí y en China propicia la sobrepoblación. Y, por otra parte, porque esto demanda servicios que deben proporcionarse con inversiones que exceden cualquier presupuesto, circunstancia que obliga al gobierno federal a incrementar los impuestos que el pueblo no puede ni está dispuesto a pagar. Como verá el lector, parece el cuento de nunca acabar o el “galimatías educativo”.
Sin embargo, la solución existe y está al alcance de las universidades del país.
Solo falta que sus rectores se pongan de acuerdo para, sin actitudes protagónicas ni privilegios ni grillas académicas, estudiar y diseñar un programa educativo nacional de largo aliento. No hay de otra.
¿Qué pasaría si todo queda igual?
Lo más probable es que los próximos portadores de las orejas de burro serán nada menos que los rectores de las universidades del país —académicos y científicos—, a quienes les está prohibido eludir la obligación de seguir el ejemplo de los grandes educadores de México.
Orejas de Burro (Crónicas sin censura 177)
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