La Puebla variopinta, conspiración del poder (Capítulo 3) El escándalo rebasa al pecado

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Político pobre, pobre político.

Carlos Hank González

 

Adolfo Ruiz Cortines implantó en México la cultura de la omisión. Como a los presidentes que le sucedieron, a él también le arrobó la malsana costumbre de ser leal y agradecido hasta la ignominia con quienes habían sido sus impulsores o cómplices en la lucha por el poder, actitud que sería loable si esos amigos o mecenas no hubiesen sido tan corruptos como lo fueron.

Sin variables ni agregados, los herederos del poder impulsaron el modelo económico neoliberal, esquema ajeno a nuestra idiosincrasia. Se inspiraron en la orientación recibida de los tecnócratas, jóvenes contratados por ellos, la mayoría profesionistas capacitados y entrenados en las universidades donde suele manifestarse el fundamento capitalista, político y filosófico de Adam Smith, padre del liberalismo económico, doctrina que los corruptos mexicanos convirtieron en “capitalismo de cuates”, el esquema financiero que prohijó al hombre más rico del mundo y otros que gracias a sus fortunas aparecen en la revista Forbes donde, como bien lo sabe el lector, están los principales millonarios del orbe, incluido el narcotraficante “ojo de hormiga”.

De golpe y porrazo —y además por decreto— los presidentes mexicanos dieron un violento giro para acercar a la nación al formato norteamericano alejándola del alma nacional, espíritu éste que fue conformándose de acuerdo con el sincretismo surgido del mito de Quetzalcóatl, el milagro guadalupano y el realismo social interpretado por la Constitución de 1917. Milagrosamente y durante décadas, esta triada pudo medio frenar las ambiciones de los gobiernos del coloso del norte para mantener vigente el nacionalismo basado en la historia y tradiciones del pueblo de México. Inclusive la sociedad soportó y toleró al poder autoritario que se valió de la corrupción para mitigar los efectos perniciosos de la “dictadura perfecta”, como la definieron Evgueni Alexándrovich Evtushenko y Mario Vargas Llosa, éste último, Premio Nobel de Literatura, convencido de los avances democráticos mexicanos (noviembre de 2013).

Uno tras otro, nuestros gobernantes se tragaron las trapacerías cometidas por sus antecesores. No alteraron la idílica relación que durante décadas dio tranquilidad a la clase política del país, beneficiarios todos de lo que Ruiz Cortines estableció como regla no escrita: la impunidad de los servidores públicos. Había que evitar —él lo dijo— que el escándalo causara más daño que el pecado.

Cultura e idiosincrasia

Llegamos al estadio histórico que ratifica las diferencias entre México y Estados Unidos, desigualdad que puede ser medida por la esencia de las constituciones de los dos países; a saber:

Una, la nuestra, privilegia el interés de las mayorías mientras que la otra, la del Tío Sam, lo hace con el interés individual. En la de México existe la carga cultural que amalgama la experiencia de los ilustrados de Europa con treinta siglos de nuestra historia; es decir, las vivencias, sufrimientos, juegos esotéricos, grandiosidad mística, plenitud artística, sensibilidad creativa, luchas fratricidas, la tragedia de la Conquista, la dominación colonial y las revoluciones de los siglos XIX y XX. La cultura pues.

La otra Constitución se sustenta en la concepción esotérica de la individualidad suprema a imagen y semejanza de Dios, combinada ésta con un mercantilismo capitalista cuya aplicación tiene el “inalienable derecho” de basarse en la inviolabilidad y el criterio medieval de la propiedad.

Es curioso, y además alarmante, que en la actualidad ocurra lo que sucedió con el Imperio romano tardío cuya caída, nos dice Josep Fontana en su libro Europa al espejo, criterio replicado por Joaquín Estefanía[1], se debió a la práctica de anteponer los intereses privados a los colectivos.

Menciono lo anterior, de manera sucinta, no como crítica filosófica o política sino con el ánimo de evidenciar que, para bien o para mal, el lector decidirá, la preparación universitaria de los últimos gobernantes pudo haberse dado en la confusión ideológica que produjo su estancia académica en Estados Unidos, influencia que les hizo olvidar la historia de México y por ende su esencia.

Ser pragmático infiere olvidar, no tener conciencia histórica y además ubicarse lejos de las tradiciones y, si es necesario, en contra de los intereses del pueblo. Nuestros “monarcas” actuales, igual que como ocurrió durante el “despotismo ilustrado”, aplican la fórmula de “todo para el pueblo pero sin el pueblo” con una desventaja: carecen de la influencia intelectual y la diversidad de ideas que produjo la Ilustración. De ahí que hayamos presenciado una metamorfosis contraria a la kafkiana ya que, para ese tipo de gobernantes, el pueblo se transforma en un apestoso escarabajo a los cuales ven con asco y temor, razón por la cual se resguardan en sus bunkers palaciegos.

Me disculpo por lo que enseguida leerá —texto en apariencia ajeno al contenido poblano de este libro— pero no resisto la tentación de recordar una de las facetas del angustiado, inseguro, frustrado y genial Franz Kafka:

Cuando Kafka caminaba por las calles de Viena, se encontró a una niña triste y llorosa que se quejaba por haber perdido a su muñeca. El solitario escritor se le acercó para consolarla; le dijo que no se preocupara; que su muñeca acababa de irse a un interesante viaje; que él la había visto partir; que conversó con ella y que la mismísima muñeca le había prometido escribir a la niña para contarle sus aventuras. Finalmente Franz logró convencer a la pequeña y ésta dejó de llorar. Nos cuentan los biógrafos del escritor, que impresionado por ese venturoso encuentro, Kafka dedicó los últimos días de su vida a escribir las cartas que la muñeca envió a la niña[2].

El marco

Resumiré los antecedentes que así como influyeron en los gobiernos de la República, también impactaron a la Puebla moderna, un estado ideológicamente variopinto donde prevalece la esencia recoleta: mientras que la izquierda se persigna con la derecha, la derecha pega con la izquierda y pide perdón a Dios.

Los candidatos presidenciales (2012) metieron a la sociedad mexicana en un mundo de propuestas, sueños guajiros, descalificaciones, ocurrencias, odios, amores y resabios. No hubo intención pero con todo este barullo impulsaron el viraje político que desde la década de los 80 habían intentado los poderes fácticos asesorados o animados por los gringos “democratizadores”. Ocurrió lo que no habían logrado las magias de Tezcatlipoca y Quetzalcóatl; el primero el dios del norte: oscuro, tramposo y perverso; y el segundo nuestro mítico representante del bien; es decir, la génesis del “alma nacional” que definió Alfonso Reyes.

Antes de llegar a ese proceso plagado de excesos, en la década de los 80, la Heritage Fundation, organización estadounidense ultra conservadora, produjo un documento tan agresivo como invasivo: proponía buscar la forma de poner a México de rodillas. Hay que inducir a sus políticos —sugirió el amanuense del tanque de cerebros de la fundación gringa— para que el gobierno mexicano elimine sus históricos compromisos ideológicos. Hubo entonces dinero a raudales dedicado a promover la democracia en América Latina, empezando por nuestro país. Manuel de Jesús Clouthier del Rincón fue visto con agrado por los conservadores del vecino país. Carlos Salinas de Gortari, su adversario y al mismo tiempo alternativa para el proyecto gringo, era quien representaba, más que al PRI, al neoliberalismo económico abrevado en el ambiente universitario de Boston, Massachusets. Cuauhtémoc Cárdenas les resultaba el candidato incómodo debido a sus antecedentes familiares y políticos, mismos que no encajaban en el planteamiento de la fundación mencionada. Según investigación periodística, él y su padre fueron espiados por los servicios de inteligencia del gobierno de Estados Unidos, debido al “temor que tenía Washington de que Lázaro Cárdenas regresara al poder, o asumiera el liderazgo de ‘elementos de extrema izquierda’ en la política mexicana”[3]

A la artimaña electorera, por cierto nada democrática y sí muy infiltradora, se acompañaron acciones mediáticas trazadas para obligar al cambio político: la alianza Time-Life-Warner Brothers, por ejemplo, armó reportajes y produjo el documental (“Fin de una era”) sobre la muerte del agente de la DEA, Enrique (Kiki) Camarena, crimen que ubicó a México en los anales de la corrupción institucionalizada a pesar de que, como se publicó en el 2013, la CIA haya ordenado el crimen de Camarena (entonces el poblano Manuel Bartlett estaba en el ojo del huracán). No obstante la injerencia y el dinero que los gringos enviaron al país, Clouthier perdió la elección y Carlos Salinas llegó al gobierno decidido a romper los paradigmas de su partido para llevar a cabo la desideologización del Estado mexicano: envió la iniciativa al Congreso de la Unión y se modificaron los artículos 3ro. 27, 123 y 130 de la Constitución, cambios que impulsaron la presencia y crecimiento en México de otras religiones, entre ellas la profesada por la mayoría del pueblo estadunidense. De ahí la paradoja que produjo el gusto de la Iglesia Católica que, sin darse cuenta de la trampa, echó las campanas a vuelo por “haber logrado” el reconocimiento constitucional cuyos principales beneficiarios fueron los grupos cristianos, ahora en franco proselitismo y goce de la personalidad jurídica desconocida por el Constituyente de Querétaro (1917).

El presidente Carlos Salinas de Gortari, permítaseme la comparación, hizo más o menos lo mismo que en su época llevó a cabo el pilluelo Martín Villavicencio Salazar, personaje que inspiró a Vicente Riva Palacio a escribir su novela Martín Garatuza: el poblano se disfrazó de cura y después, ya en pleno juicio, sorprendió al Tribunal inquisidor: los juzgadores inspirados en Dios (eso decían), le dieron cuarenta días para retornar a Puebla a “curarse de sus males” y despedirse de su familia con la condición de regresar. No cumplió su promesa y fue reaprehendido. Su sentencia: “auto en forma de penitente, vela verde en las manos, soga en la garganta, coroza blanca en la cabeza, en abjuración de Leví, en 200 azotes, y en cinco años precisos en galeras de Terrenate, al remo y sin sueldo.”[4] El dizque sacerdote (se disfrazaba para cobrar limosnas) marchó a cumplir su condena y nunca más se supo si murió en el intento o escapó para no dejarse ver, ni siquiera por su familia. Ese fue el tal Martín Villavicencio Salazar. De haber vivido en nuestra época es probable que hubiera sido presidente de México.

Dado que referí a vuelo de pájaro el tema Iglesia-Salinas, creo conveniente traer a cuento la siguiente cita publicada en El choque de las águilas[5], relato que pone de manifiesto la maña de este político, ya que éste se auto flageló a pesar de que la obviedad sobre su decisión que estuvo consensuada con el poder financiero estadunidense, el mismo que controla a las iglesias derivadas de la Reforma Protestante, o al revés:

German Dehesa narró en el periódico Reforma del 4 de mayo de 1995, que siendo presidente Salinas, su madre moribunda le dijo:

“No le des nada a la Iglesia”. “No le hice caso —le confió el Presidente al periodista— y ahora me toca pagar las consecuencias”.

Las sacudidas

Cuando presidente, Salinas fue “sorprendido” por la insurrección del Ejército Zapatista que declaró la guerra al gobierno mexicano, Manuel Camacho Solís, su alter ego, intervino como mediador y convenció a su amigo y jefe para que pactara con los rebeldes y se presentara ante el mundo como un estadista de avanzada, pacifista y humanista. Pero ni uno ni el otro contaron con la inteligencia del subcomandante Marcos que, como lo sugirió Gutenberg, inventor de la imprenta, usó al ejército de 26 soldados de plomo para derrotar al “enemigo”, además de trascender internacionalmente en perjuicio de la fama pública del presidencialismo mexicano, entonces bajo la férula de Salinas.

Se produjeron los llamados crímenes de Estado y fueron asesinados el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, el candidato Luis Donaldo Colosio y Francisco Ruiz Massieu, este último emparentado con el entonces Presidente de México. La política, el PRI, los políticos y el gobierno priista entraron en el tobogán que los llevaría al desprestigio. Seis años después ocurrió el famoso cambio que tanto presumió el Partido Acción Nacional junto con Ernesto Zedillo, el mandatario que tuvo a bien decir: “Prefiero pasar a la historia como un represor antes que cumplir los acuerdos con el EZLN”, declaración que debería lamentar ya que le sobrevivirá como uno de sus negativos, probablemente el peor.

La vergüenza republicana

Llegó Vicente Fox Quesada a la Presidencia, cargo al que le puso las botas y las zapatillas del vaquero dominado por su mujer. Y no sólo mutiló el águila del escudo nacional, sino que además castró a la institución republicana injertándole la nueva figura que él mismo definió como “pareja presidencial”.

Supongo que los integrantes ultras de la conservadora Heritage Fundation, deben haber estado muy divertidos ante la estupidez que de plano rebasó las expectativas propuestas en aquel documento, insisto, tan agresivo como invasivo. Y puede ser que hasta Felipe Calderón (al fin abogado) se haya lamentado por el apoyo y el manejo electoral que a favor de Fox promovió el PAN, a la sazón bajo su presidencia y control.

Conociendo a su jefe como un “mandilón” dependiente de su esposa, Felipe empezó a preparar su proceso interno para suplir al Presidente con botas. Supo por dónde caminar y en qué momento retirarse del poder de la “pareja presidencial”. Aprovechó la indignación de los panistas custodios —los de cepa y los tradicionales— con un objetivo: ganar la candidatura al máximo cargo del país. Finalmente se puso la banda tricolor como resultado de su visión electoral y, desde luego, al “pequeño detalle” que representó la señora Elba Esther Gordillo Morales, cuyos controles llegaban hasta el mismísimo seno del Instituto Federal Electoral. (Como lo veremos en las siguientes páginas, la señora Gordillo también impulsó la carrera política del gobernador poblano Rafael Moreno Valle Rosas).

Inicio del despertar

Calderón se hizo del poder gracias al apoyo y compromisos signados “de a bigote” con la lideresa del magisterio nacional. Del mismo modo aprovechó el voto útil que en su nombre y representación negoció Manuel Espino (por aquellos días presidente del PAN) con los gobernadores del PRI, el “Precioso” uno de ellos (a confesión de parte relevo de prueba). Felipe repartió prebendas a espaldas del pueblo e hizo como que la virgen le hablaba para incumplir su promesa de denunciar y consignar a los corruptos, o sea los gobernadores que al unirse a su causa lograron la patente de impunidad.

El ruido de la metralla, las cabezas humanas regadas por doquier, los cadáveres colgados, quemados, mutilados, disueltos en ácido, enterrados de manera clandestina o encostalados, enturbiaron la santa paz que sin duda el Presidente mal supuso que habría de lograr para pasar a la historia como el renuevo de la patria anhelada por los fundadores de Acción Nacional. A ese terrible fenómeno se adicionó la purga y el congelamiento de algunos panistas incómodos. Y dio inicio el deterioro de la estructura que había servido a Calderón en su longa lucha por alcanzar el poder presidencial.

El estruendo social

"Hace más ruido un sólo hombre gritando que cien mil que están callados", dijo José de San Martín (1778-1850). Como si quisieran contradecir al general libertador, empezaron a gritar los jóvenes de México que por su edad estuvieron ausentes de los conflictos no así de sus consecuencias: ellos también fueron víctimas de los malos gobiernos. Ingresaron al mundo laboral como herederos del resentimiento e indignación que engendró ese trayecto negro lleno de crímenes, corrupción, componendas de todos colores, traiciones ideológicas, injusticias y pactos sellados con el moño de la corrupción institucionalizada. Fue el despertar de la nueva generación que encontró su vínculo ideal en las redes sociales, circunstancia acompañada con un ingrediente de alto riesgo intelectual: la cultura light, estatus mental que hace del hombre y la mujer seres fáciles de manipular, incluso por un zafio o una palurda con características mesiánicas.

Ese encuentro apareció aderezado con la frustración y la esperanza, mezcla que produjo el “milagro” que cambió la jugada a los gobernantes de México, los cultos y los superficiales, circunstancia seguida por el fenómeno social que sorprendió a los mandatarios del país.

Los incentivos

Retomo lo que dije al principio del libro que tiene en sus manos. Y recuerdo con el lector lo que motiva a la mayoría de nuestros políticos, todos, sin excepción, producto de su cadena familiar que la ciencia denomina genética, herencia refractaria a la ética que propone Aristóteles, pensamiento trazado en el primer epígrafe de estas páginas.

La combinación de esos genes es como una lotería donde hay dos tipos de premios, el malo y el regular. En el segundo caso podríamos incluir a los descendientes de la rama que se deriva del legado que nos dejaron aquellos frailes franciscanos que mencioné en las primeras líneas de este digamos que ensayo: Pedro de Gante, Vasco de Quiroga, Bernardino de Sahagún y Bartolomé de las Casas; los cuatro, respectivamente, portadores de la buena voluntad que se manifestó en la educación de los indígenas; el idealismo social; el rescate de la cultura mexicana; y la política como método para establecer el sistema que conciliara los intereses de indios, colonos y Corona.

Lo triste de aquel amanecer de 1531, es el “premio malo”, o sea el ADN de quienes emboscaron a la moral pública, los mismos que organizaron la eterna crisis de la corrupción institucionalizada.

El brillo del oro y el destello de la plata despertaron en ellos la necesidad de crear lo que fue el primer fraude a la Corona (hoy se llama peculado pero debería llamarse traición a la patria), delito curiosamente cometido por los súbditos del rey: se contrabandeó el azogue para evadir los controles de la producción de los metales preciosos extraídos de minas clandestinas de Huauchinango, Tepeyahualco, Tetela, Zacatlán, Tepexco y Libres.[6] Los pillos ocultaron esta generosidad de la tierra, riqueza que nunca figuró en los primeros registros de producción (algo así como 185 mil kilos de oro y 16 mil toneladas de plata). Tal riqueza ilícita proveyó las arcas personales de algunos vivos sombríos que después se convirtieron en muertos ilustres.

El principio es la mitad de todo

Nos cuenta Carlos Fuentes en su libro En esto creo, que el sueño del conquistador se convirtió en la pesadilla de los indígenas; que el soñador pasó a ser el destructor y deseador de “fama y de oro, de espacio y de energía, de imaginación y de fe”. Y en efecto, según hemos visto, fue tan importante la inercia del fenómeno político-social (con diferentes versiones) que sus secuelas aún se notan en el ánimo de quienes acostumbran joder al prójimo, quitándole desde su patrimonio natural hasta su dignidad. Todo ello en nombre del poder, estatus en el cual abundan los portadores del gen del mal.

Borre usted al idealista de su predilección, al hombre o mujer que haya llegado a ejercer u ostente el poder, y verá que esa excepción (si acaso la hay) confirma la regla: el poder lo detentan (en este caso es el término correcto) personas que para alcanzarlo tuvieron que prescindir de la ética, la honestidad, la verdad y la moral pública. A esto habría que agregar lo calamitoso que representan las inteligencias asfixiadas por estereotipos que las privan de lucidez (Vargas Llosa, dixit), los individuos que produjo el neoliberalismo, por ejemplo. Si su arribo al poder no incluyó el síndrome hereditario, entonces la ambición los obligó a contaminarse para tener la oportunidad de ejercerlo con o sin la venia o consenso razonado de la sociedad. Es la constante.

Digo venia o consenso razonado porque el voto del pueblo suele inducirse, negociarse o manipularse con prácticas o acciones paradójicamente sustentadas en la ley. La propaganda política, una de ellas. Otra: las alianzas partidistas cupulares, por no decir copulares. Una más: la preparación de los procesos electorales que incluyen desde los infiltrados en la organización de las elecciones, hasta la llamémosle ciencia mapachera. Y para colmo incluya el arreglo del escenario donde habrá de verificarse la elección; es decir, la manipulación de la ley para garantizar no uno sino varios triunfos electorales que hagan del cacicazgo (modernizado o rancio) un método de control transexenal del poder que —dicen “las inteligencias asfixiadas”— les fue otorgado por la manifestación democrática del pueblo.

Alejandro C. Manjarrez

[1]Estefanía, Joaquín. Contra el pensamiento único. Ed. Santillana, 1997.

[2]Esta referencia que he editado, aparece en la obra firmada por Juan Ignacio Alonso y Fran Zabaleta (99 Libros para ser más culto).

[3] aristeguinoticias.com, Dolia Estévez, 15 de noviembre de 2013

[4]Enciclopedia de México. Ed. Encyclopedia Britannica de México

[5]C. Manjarrez, Alejandro. El choque de las águilas. Ed. IPC, 1995

[6]Riqueza minera de México. Santiago Ramírez. Ed. Secretaría de Fomento, 1884