El T-MEC y la pulsión del suicidio económico

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Ahí reside el verdadero peligro: no es solo ser menos eficientes, es volverse irrelevantes...

Hay decisiones que se venden como actos de patriotismo, pero que en el fondo son confesiones de analfabetismo funcional. Proponer la cancelación del T-MEC bajo el disfraz de la "soberanía" no es un avance; es un divorcio violento con la realidad del siglo XXI. Es, para decirlo pronto, intentar apagar el motor de un avión en pleno vuelo porque nos molesta el ruido.

El T-MEC no es un fajo de papeles firmado por burócratas ávidos de una foto. Es la columna vertebral de este país. Cortarla no es "reformar" el sistema; es dejar al cuerpo sin soporte y, con un cinismo aterrador, esperar que siga caminando.

Llevamos décadas tejiendo una maquinaria donde las fronteras son costuras, no muros. Hoy, un vehículo no "nace" en una ciudad específica; es un hijo de tres naciones que cruza líneas, suma valor y se transforma en un vaivén constante. Romper ese flujo no es un ajuste de tuercas, es dinamitar el modo en que el mundo moderno aprendió a producir.

El discurso populista —ese que reduce la complejidad a eslóganes de tres palabras— nos quiere vender que el aislamiento es poder. Mienten. En economía, el orgullo mal entendido siempre se termina pagando en la caja del supermercado. El aislamiento no es fuerza; es carestía, es inflación y, eventualmente, es hambre.

Es una ironía casi poética que los defensores más feroces del tratado sean hoy los propios dueños del capital en Estados Unidos. No lo hacen por filantropía ni por amor al vecino, sino por instinto de supervivencia. Ellos entienden lo que el político de turno ignora: que el mundo ya no se divide en cajones cerrados, sino en redes. Y cuando rompes la red, no obtienes libertad; obtienes el vacío.

El campo sería el primer frente en sentir el frío del desierto. México no es un cliente cualquiera; es el engrane que mantiene la rueda girando. Si la confianza se quiebra, la respuesta no llegará en discursos, sino en aranceles. El maíz, la carne y la soya se convertirán en rehenes de una guerra comercial tan absurda como previsible.

Y luego está la inversión, ese animal asustadizo que no discute: simplemente huye al primer síntoma de caos. El dinero no hace ruido al salir, pero deja un silencio sepulcral en las fábricas vacías y en los proyectos que se pudren en un cajón.

Mientras Norteamérica se entretiene desarmando su propia casa, el resto del mundo observa con una paciencia estratégica. Están esperando el hueco que alguien, por un capricho electoral o un arrebato de ignorancia, decidió dejar libre.

Ahí reside el verdadero peligro: no es solo ser menos eficientes, es volverse irrelevantes. Cancelar el T-MEC no es un acto de fuerza. Es un error histórico que nos va a doler por generaciones. Es un disparo en el pie donde la bala, con una puntería trágica, atraviesa la frontera y nos hiere a todos. Porque en este ecosistema global, nadie se hunde solo, aunque algunos líderes sigan empeñados en creer que pueden flotar sobre el naufragio de los demás.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica