El periodismo de investigación es el periodismo, lo demás son Relaciones Públicas. Muchos medios de comunicación reproducen las notas emitidas por los gobiernos, casi sin cambiarle una coma. Reciben los boletines y las fotos, los diseñan e imprimen revistas y periódicos o las cargan en los portales web.

A unas calles de la Facultad de Medicina de la BUAP se encuentra este espacio, hoy tomado por la delincuencia. Los alumnos que acudían a descansar o revisar el celular eran despojados de sus pertenencias y, en algunos casos, agredidos con armas blancas...

En memoria de Alejandro C. Manjarrez

Una vocación real, apasionante...

SU SANTIDAD EN EL MUNDO

De entre los acontecimientos que se pergeñan en el orden internacional, ninguno, en los últimos tiempos, iguala en trascendencia al Tratado de Conciliación, Concordato y Convención Financiera, por medio de cuyos instrumentos el reino de Italia y el Papado liquidan el viejo litigio surgido al consumarse la unidad italiana, cuando Víctor Manuel II —el ilustre abuelo del inocuo monarca actual— urgido por el clamor nacional y por su conciencia de patriota, incorporó Roma a sus Estados, destruyendo por ello todo poder temporal del Papa.

No es solamente la importancia que en sí tiene el suceso como solución que cierra una de las páginas más interesantes de la historia y del Papado en el último siglo, sino sobre todo por la influencia que va a proyectar en el cuadro de la vida internacional la vuelta del Pontífice romano al gobierno temporal, bien que vaya a ejercer los atributos inherentes a la soberanía política sobre un territorio minúsculo, como es el que comprende el área asignada a la novísima Ciudad del Vaticano.

Las angustias de un rey y la altivez de un jerarca

Si el caso se examinara como una mera cuestión local, volviendo a los términos en que se planteó la cuestión en los años 1870 y 1871, habría que reducir la magnitud del suceso hasta registrar una aparente victoria del Quirinal sobre el Vaticano. Con efecto: en los documentos que acaban de concluir el duce y el cardenal Gasparri —según las informaciones de prensa, hasta ahora incompletas— no se hacen efectivas, siquiera, las proposiciones que en forma rendida hacía Víctor Manuel II a Pío IX en carta del 8 de septiembre del año 70, que traducía, en las palabras que voy a reproducir, la lucha angustiosa en que se debatía el rey italiano al hallar en pugna sus deberes de patriota con su condición de siervo de la grey católica: “Santísimo Padre: Con el amor de un hijo, con la lealtad de un rey y con el sentimiento de un italiano, me dirijo otra vez al corazón de Vuestra Santidad…”

Entonces, a los libérrimos ofrecimientos de arreglo que partían del monarca, respondía el soberbio Pontífice con esta cortante negativa: “Non possumus…” Ni el reconocimiento de la soberanía espiritual más absoluta, ni la asignación de una renta perpetua, exorbitante dadas las condiciones económicas de la época, fueron bastante para hacer transigir al orgulloso jerarca creador del dogma de su propia infalibilidad…

Y el rey, de esta suerte, no pudo más que apoyarse en el admirable apotegma de Cavour: “La iglesia libre dentro del Estado libre”.

Un acto de resignación

Pero no puede juzgarse el suceso de que me ocupo con vista de las circunstancias que prevalecían al plantearse el conflicto que parecía ser eterno, sino más bien con relación a las condiciones políticas del mundo actual, para que pueda comprenderse su influencia sobre las relaciones interestatales del momento presente.

Que la renta que el signore Mussolini convino en pagar al Papado sea menor a aquella ofrecida en 1870, y que se consagre el catolicismo como religión de Estado en Italia, son aspectos puramente locales que no despiertan más que una simple curiosidad. Lo interesante está, repito, en que el Papa readquiere el ejercicio de un gobierno temporal, en cambio de lo cual, Pío XI renuncia definitivamente a toda reivindicación sobre Roma y sobre el antiguo Estado clerical, arrebatados de la mano autoritaria de Pío IX, y termina también el mito de la prisión del Sumo Pontífice.

En el año 70 podía el Papa rechazar, en la forma airada que lo hizo, las ofertas generosas y amplias del rey. Su cólera era demasiado temible. El golpe formidable de las máquinas de hoy, no liberaba aún las conciencias de la generalidad del pueblo europeo. “Sois como los sepulcros blanqueados de cal” —decía Pío IX al conde Pouza di San Martino, emisario de Víctor Manuel— como toda contestación a sus protestas de fidelidad filial; y tal respuesta llenaba de consternación a la Corte. Se necesitó la oleada formidable del pueblo que anhelaba la unidad nacional, para seguir adelante…

Pero el tiempo convirtió en una mueca inocente las santas iras del Papa. Formada la conciencia nacional italiana y fortificado el Estado en el crisol de la gran guerra de la que salió victorioso, habría sido ilusorio o insensato pretender mantener íntegramente las reivindicaciones históricas del poder temporal. Así, pues, el hecho de hoy podría interpretarse en cierto modo como un acto de resignación.

El Papado en el concierto internacional

Esto, sin embargo, no implica una nueva derrota para el Papado, sino al contrario: el aprovechamiento del último palmo de terreno que le deja la autoridad civil, como punto de apoyo para reanudar sus seculares empresas mundanas, amoldándose a las condiciones de la vida moderna.

En el siglo pasado el ejercicio de la soberanía sobre Roma parecía condición indispensable para fincar el poder temporal del Papa. Hoy, que la interdependencia de los Estados rige la existencia política del mundo, el interés del Pontífice no podía consistir en la extensión y valía del territorio que se sometiera a su jurisdicción, sino en la posibilidad de recuperar su perdida personalidad civil para terciar en los negocios del mundo, no sólo con fundamento en una influencia espiritual cada día más discutida, sino que también con los atributos inherentes a todo jefe de Estado.

Es verdad que el Papado no ha desaparecido jamás de la vida internacional. Ante el fastuoso soberano espiritual de los católicos, siempre se ha acreditado un cuerpo diplomático, y el Papa ha pretendido intervenir como mediador en los grandes conflictos humanos, particularmente en el curso de la gran guerra. Pero se ha constreñido esta acción diplomática a los límites que corresponden a una entidad moral, incapacitada para hacer acto de presencia en las reuniones en que los plenipotenciarios de los poderes civiles han debatido los problemas pequeños y grandes que se proyectan en el decurso de la existencia.

Mas ahora cabría preguntar: ¿Cómo se negaría el acceso del Papa —no en su calidad de jefe de la Iglesia católica, sino como soberano de un Estado, por pequeño que sea—, a una entidad como la Sociedad de Naciones, que va modelando las normas del incipiente derecho internacional, que suele avocarse el conocimiento de las diferencias o conflictos que surgen entre las naciones y que tiende a estructurar la armadura de un superestado?

El móvil del dictador

Observemos ahora cuál puede haber sido el móvil esencial del duce italiano al plantearse a sí mismo y plantear al mundo un problema que el tiempo se había encargado de resolver.

Se comprenden las angustias de Víctor Manuel II en 1870, para apaciguar al altivo Pío IX. La acción del Papa podía poner en peligro la unidad italiana y atormentaba al monarca creyente del peso del anatema lanzado por el jefe de la Iglesia.

Pero ahora, cuando la responsabilidad espiritual de los hechos consumados sesenta años atrás no podía caer ya sobre los gobernantes actuales, y cuando la unidad italiana se ha hecho monolítica, sin el Papa o a pesar del Papa, ¿qué pudo incitar al dictador fascista a remover de sus cenizas este viejo litigio por cuya resolución grava considerablemente la finanza de su Estado y aherroja la conciencia de su colectividad?

Dos razones surgen espontáneamente a la consideración del observador: una, es el afán inmoderado de todo caudillo que gobierna, de realizar actos de una teatralidad deslumbrante, que salgan forzosamente de la órbita normal de la vida. La otra —aunque hija igualmente de la megalomanía—, demuestra por lo menos un propósito superior: el de competir ventajosamente con Francia en las empresas colonizadoras.

En efecto: es cerca de las misiones católicas que se destacan hacia los países ya sometidos o en punto de serlo, en donde mejor se cotiza la influencia del Papa. Por eso en Francia el laicismo ortodoxo de Herriot fue vencido por el oportunismo realista de Briand cuando aquél eminente estadista pretendió suprimir la embajada francesa en el Vaticano. Y aun cuando en la hora presente no son ya católicos los imperios coloniales más vastos, entra en los propósitos más caros al césar italiano, desplazar por doquiera la influencia francesa.

Hasta ahora había sido Francia —laica, pero dúctil— la que administraba la influencia del Papado para el éxito de sus misiones. ¿Podrá obrar de la misma guisa y con igual amplitud el Estado francés cuando se ratifique la alianza que acaban de concertar el signore Mussolini y el cardenal Gasparri? Sin género de duda puede responderse negativamente, aunque pueda decirse de fijo, también, que va a ser demasiado costosa al Estado italiano la amistad del Papado.

Cerca del mundo y lejos de Jesús

Volviendo, para terminar, al punto toral de mi tema, sería aventurado predecir hasta qué grado las potencias vayan a admitir la inmisión del soberano de la Ciudad del Vaticano en la vida política del mundo; pero el hecho consumado es que adviene el Papa como un nuevo e importante factor en la vida internacional.

Cuando la humanidad se mundaniza a pasos de gigante, todos los días y a cada hora, el Sumo Pontífice puede ufanarse de haber realizado el ensueño de abrirse paso en las sendas terrenales. Sólo que su triunfo se mide en la misma proporción en que se señala el divorcio entre la Iglesia católica y el espíritu del inigualable iluminado Rabí de Galilea. Jesús, por lo visto, no estuvo en lo justo, ni en lo cierto, ni en lo verdadero —según el Papado—, al asentar como fundamento de su doctrina, esta máxima de renunciación que ahora cae en bancarrota: “Mi reino no es de este mundo…”

Diario de Yucatán, núm. 1361, 19 de febrero de 1929.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

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