El mal es el descuido de cualquier forma de pensar, ¡o de sentir!
Tu descuido de la sensatez es y será tu máxima irresponsabilidad. Tu desatención a la aportación racional que se da en el mundo es tu máxima indecencia y violencia. Tu indiferencia a cualquier verdad (racionalmente argumentada) o dignidad es tu máxima ignorancia o incluso tu máxima insensibilidad.
El descuido que se realiza sobre la naturaleza es siempre un daño o es siempre una estupidez injustificable. La desprotección que se hace en la política es siempre injusta, involutiva o inmoral. La hipocresía que se sostiene en la cultura es siempre enfermedad contagiable hacia toda la sociedad. La doble moral que se alimenta en cualquier valoración de incidencia social siempre es una sucia manipulación.
El error humano o el mal (considerado fuera de su acepción religiosa) es no escuchar a lo que siempre debe ser escuchado, ¡siempre!, sin excusas (como es todo lo verdaderamente racional o ético); también es no beneficiar o no ayudar a todo aquello que disiente en la sociedad con el único uso de la racionalidad.
Por eso, en esta vida, hay que saber andar antes de se escoja un mal camino, y hay que saber ver antes de ver mal (en fanatismo) o de dejarse alguien dominar por una ceguera. Claro, hay que evitar el daño social, hay que evitar la ignorancia disfrazada de soberbias o de buenismos, hay que evitar las falsas ilusiones o las inmaduras-falsas expectativas ideológicas.
En realidad, el ser humano siempre tiene la oportunidad de corregirse, de no ser tan cínico o tan ególatra, de entender o discernir al fin todo aquello que manipula por doquier o engaña, sí, de no aprovecharse de las desgracias o de las injusticias del mundo.
Porque la defensa de unos valores éticos siempre significa priorizar lo que se debe pensar, lo que se debe comprender y lo que se debe hacer en función de que se promueva la sensatez y, gracias a ella, la autocrítica.
Pero el enemigo, por desgracia, que tiene la sensatez es siempre la falsedad, la autocomplacencia o todo lo que se escuda de algo falso; incluyéndose aquí una educación falsa, un respeto falso o una inteligencia-sabiduría falsa.
La insensatez a veces se origina por el adiestramiento o por el “borreguismo”, a veces por una enorme desinformación desapercibida por todos; y también, a veces, por unos tóxicos de costumbres idealizados o ya normalizados (en total locura o idiotez tradicional).
El mal es el descuido de cualquier forma de pensar, ¡o de sentir!