El poder de la sotana (Muertos que hablan)

Réplica y Contrarréplica
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Capítulo 37

Muertos que hablan

Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte

que no nos mata a nosotros sino a los que amamos.

Carlos Fuentes

 

El cuerpo de Leonora yacía sobre una plancha de cemento. Pedro escuchaba a Valente Quintana sin despegar la vista de la cabeza del cadáver. El forense militar le dijo:

—La causa de la muerte fue por rotura del cuello. Alguien experto en técnicas de lucha de combate cuerpo a cuerpo le rompió las vértebras cervicales, lesión que debió causarle la muerte. Sin embargo, el homicida, que me parece un especialista debido a la limpieza de la lesión, decidió rematar a su víctima con un tiro en el corazón. La pólvora en el pecho demuestra que el disparo se hizo a quemarropa. El ejecutor quiso asegurar el éxito de su acción mortal y dejar su mensaje. La falta de huellas de lucha o de pelea demuestra que entre la muerta y el criminal pudo haber existido algún vínculo, puede ser que de tipo laboral o amoroso, vaya usted a saber. La pantaleta fue removida dejando descubierto el monte de Venus. Los arañazos en el vientre muestran cierta violencia, quizá en el momento de al retirar la prenda. Pero no hubo violación o penetración lo cual me hace suponer en que el asesino, aparte de ser un matón profesional, es un tipo morboso. O tal vez un ex amante ofendido.

La cara de Pedro iba deformándose conforme escuchaba a Quintana. Éste percibió la congoja del militar y en un intento de justificar su frialdad le dijo:

—Perdone usted mi franqueza Capitán. Es parte del oficio. Como se habrá dado cuenta los muertos hablan en silencio; nos dicen muchas cosas que no percibiríamos si fuéramos emocionales. Así que si me lo permite sigo con mi dictamen.

Del Campo asintió con un movimiento de cara. Temía que al hablar se le escaparan las frases entrecortadas por el nudo en la garganta.

—Bien, ahora especulo basándome en la lógica: el criminal no dejó más huellas que las obvias. Quizá busca que concluyamos lo que acabo de decirle. Es la característica de quienes viven para matar. Algo así como un recado cuyo destinatario suele ser una persona cercana a la víctima. ¿Quiere más detalles, Capitán?

Pedro negó con la cabeza. Se esforzó para disimular su dolor y después de un seco “gracias Quintana” se retiró con la imagen de Leonora en la mente, recuerdo que —le había dicho al general Álvarez— “era el motor que accionaba su libido”.

 Alejandro C. Manjarrez