El mundo verdadero se convierte en fábula.
—Nietzsche
A Dios rogando y con el mazo dando.
—Dicho popular
El fenómeno guadalupano resulta, de alguna manera, el primer antecedente de lo que son las técnicas modernas de comunicación. Esto es porque, según la versión científica —la cual no anula el milagro, que conste—, Marcos Cipac fue quien salvó a su pueblo convocando a los “tlacuilos” (él era uno de ellos, el más hábil y sensible) para usar sus dotes y arte pictórico y dar a la “Gran Tonatzin” (la madre espiritual de los aztecas) la fisonomía de una Virgen María (o al revés), pero sin perder los elementos mágicos que envolvían a ambas imágenes. Lo hizo porque su raza estaba en peligro, ya que los frailes habían resuelto —así lo documentan los historiadores Agustín Rivera, Jean Meyer, Arturo Uslar Pietri, Fernando Benítez y Jacques Lafaye— usar la fuerza y la violencia de los soldados conquistadores para imponer en la Nueva España el dominio de la Iglesia católica.
Aquella acción produjo el milagro (Juan Diego es otro cantar) que permitió concretar el deseo de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, cuyo empeño en proteger e impulsar su religión se basó, precisamente, en la espiritualidad de los mexicanos.
Y fue a esa religiosidad a la que acudió Miguel Hidalgo para liberar a México del yugo español. Después de aquella venturosa decisión y en torno a la imagen de la Patrona de América, se produjeron muchos de los eventos que reivindicaron y revitalizaron desde la fe nacional hasta las controversias rubricadas por los conservadores y liberales de este y siglos pasados. La Reforma y la Cristiada son los hitos más recientes; sin embargo, hay otros que, aunque menos históricos o sin tanto impacto, también causaron controversias o fueron materia de expresiones que llegaron a provocar desde inestabilidad política hasta pleitos y persecuciones en los ámbitos de la academia y las artes, y entre las diversas religiones que operan en México.
Todo ello parecía formar parte de la historia. El impasse hizo que las negociaciones entre la Iglesia católica y el gobierno se realizaran bajo un mimetismo muy conveniente para ambas partes. Por un lado, los altos prelados simulaban respetar la Constitución de la República; y, por otro, los funcionarios católicos —dependiendo del suelo que pisaran— parecían los corderos más mansitos al servicio de su sacerdote de confianza. En Puebla, por ejemplo, Manuel Bartlett inició campaña en la casa de don Rosendo y públicamente en la primera comunión de los hijos de Mario Riestra (cariñosamente conocido como “El Monaguillo”) para después, una vez entronizado como gobernador, romper el tabú y utilizar el altar mayor de la catedral, desde el cual lanzó su arenga cultural (presentó el disco de los maitines), sin saber que años más tarde él mismo criticaría a Vicente Fox por usar la religión para promover su imagen y fortalecer su incipiente liderazgo nacional.
Y aquí vale preguntar: ¿está mal que el presidente se declare un ferviente católico guadalupano?
Yo creo que no. Lo hizo Manuel Ávila Camacho y también José López Portillo, quien aceptó sin chistar la propuesta de su señora madre para que el Papa pudiera celebrar una misa en Los Pinos. Empero, lo que está muy mal es que incluya sus creencias religiosas en su estrategia de comunicación. Dicho en otros términos: que aproveche y se valga de la religiosidad y espiritualidad de los mexicanos con el ánimo de promover su imagen. Y hasta hoy da la impresión de que sus apariciones con olor a incienso no son ni casuales ni producto de su fe católica, sino que parecen acciones pensadas para que usted y yo las comentemos y las publicitemos conforme a nuestra forma de pensar. El objetivo final podrá ser su posicionamiento definitivo en el mercado político nacional, que, como usted sabe, está formado por el 90 por ciento de católicos guadalupanos.
Si este columnista acierta (espero que no), habrá que decir que el método es, digamos, ideal para un Goebbels o un McLuhan, cuyas ideas revolucionaron e hicieron de la política un mercado susceptible a la manipulación. Y además enfatizar que en nuestra época y en México resulta deleznable valerse de la religiosidad del pueblo para tratar de conquistarlo e incluso manipularlo.
¿Qué pasaría si vivieran Marcos Cipac, Juan Diego y Miguel Hidalgo?
Seguramente elevarían al cielo su airada protesta, en la cual incluirían como epígrafe la sentencia bíblica: Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.