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Lun, Oct

El choque de las águilas (México, nación singular)

Réplica y Contrarréplica
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Puebla

Cuando el pueblo mexicano aprenda a leer primero que a rezar (…) la República se habrá salvado.

Salvador R. Guzmán.

Diputado constituyente.

Enero 31 de 1917

Después de trescientos años de dominación española y religiosa, los mexicanos decidieron independizarse para sembrar la semilla del espíritu laico americano que años después puso fin a uno de los coloniajes más aterradores y atrasados del mundo. Y curiosa o paradójicamente a un sacerdote católico le correspondió iniciar con el grito de Dolores, con el grito de liberación proletaria, lo que habría de ser el doloroso proceso que nos llevó a separar de la vida comercial, industrial y política de México al clero católico que –como usted recordará– era dueño de casi todo, incluso hasta de la libertad del pueblo.

Digo que fue doloroso el proceso porque una vez promulgada la independencia hubo que luchar contra muchas cosas, en especial contra la ignorancia que se había entronizado en la sociedad debido, precisamente, al pensamiento mágico y a la educación oscurantista que entonces promovía la iglesia católica romana y que tanto le convino a la Corona española.

Empezaba a olvidarse el oprobio a que fue sometido el pueblo americano durante las décadas qué duró la conquista de México. Y aunque persistían los efectos, poco a poco la memoria nativa americana fue borrando el recuerdo de las trapacerías emprendidas por la soldadesca española que con tanta eficacia aprendió a construir el “teatro de sangre y de horror” donde participaron los siguientes soldados:

Alvarado que despedazó Guatemala; Olid que atentó contra la dignidad del pueblo hondureño; Pedro Arias, cuyas maldades alcanzaron Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Nueva Granada; Almagro que no se inmutó al quemar a los indígenas chilenos que con su rendición en Copiapo buscaban la paz; Gabot, Galán, Rojas y Prado que arrasaron al pueblo venezolano y a los pueblos y las tierras de Buenos Aires, Paraguay y el Tucumán; Pizarro que sin apiadarse de la bondad de Atlahualpa, hijo de de la dinastía del Perú, lo ató a un palo para sofocarlo hasta su muerte; y Guzmán y Cortés que mataron a miles de habitantes del Anáhuac y además quemaron, acuchillaron, ahorcaron y trituraron a gobernantes como Caltzontzin, Moctezuma, Cuauhtémoc, Tetepanquetzal, Cuanacoch y Cacama. Pero la maldad todavía fue más allá: alcanzó a los primeros mestizos, hijos de españoles y mexicanas porque como “hijos del pecado” la Audiencia los sentenció a morir degollados en la plaza pública.

Portadora de un necesario laicismo que alejaría la vida civil del fanatismo religioso sustentado en una bondad que –según hemos visto– todo lo perdonó de 1810 a 1857 la nación se vio precisada a soportar nuevas presiones surgidas de la guerra civil, de la lucha por el poder. Sufrió, pues, las consecuencias de la segunda y definitiva conversión (la primera fue del politeísmo al catolicismo) que para nuestra ventura terminó por desligarnos de la dirección clerical.

La vida política y social de México tuvo un intenso trayecto formativo, que finalmente la dotó de las características ideológicas que todavía conserva a pesar de los perversos embates del liberalismo económico.

Conforme transcurrieron los ocho congresos constituyentes fue consolidándose el espíritu republicano que nos distingue: el de 1824 convocado dos veces, el de 1835, transformado en constituyente; el ordinario de 1839 que también llegó a constituirse en constituyente; el fugaz de 1842; la Junta Nacional Legislativa de 1843; el extraordinario de 1846; y los de 1856 y 1916 que se configuraron con las experiencias, influencias doctrinarias, historia y testimonios del pensamiento político mexicano.

El contenido ideológico quedó formalizado como Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos en las dos constituciones centralistas (las Siete Leyes y las Bases Orgánicas); el acta de Reformas de 1847, como innovadora del texto original de 1824, la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1857 y la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917.

 

“Dentro de todo ese largo y desgastante proceso, nuestra dolorosa trayectoria de luchas internas se consideró como una serie de torneos trágicos en que sólo ambiciones personales entraban en juego, como una justa de audacias, de rapacidades y de traiciones.

La tesis política lograba ocultar la anacrónica realidad en que vivía el país y cuyas manifestaciones tormentosas no eran sino la rebeldía contra el feudalismo económico, arraigado en estas tierras y defendido secularmente por virreyes, por emperadores, por presidentes, por caudillos y por falsos apóstoles. El cultivo persistente de tal tesis durante la dictadura contribuyó a dar carácter predominantemente político a la revolución de 1910, que surgió por virtud de la vieja aspiración de justicia social, defraudada hasta la ironía en el dorado resplandor del Centenario”.

Gilberto Bosques Saldívar.

 

La concepción política de las constituciones tiene como punto de partida el pensamiento doctrinario de Rousseau, que define la soberanía; el de Grocio, que une ese concepto al de libertad individual; y el de Montesquieu que populariza la división de poderes.

La Constitución de 1857 dio énfasis a los derechos del hombre como base de las instituciones. Quedó formada por ocho títulos y 120 preceptos y enfatizó que los “derechos del hombre son la base de las instituciones y que el ser humano es libre e igual ante la ley”. También se instituyó el derecho de propiedad solo limitado por el consentimiento de su titular, y se consagró la libertad de enseñanza, trabajo, pensamiento, petición, asociación, comercio e imprenta.

Respecto a la Constitución de 1917, qué mejor que el diputado constituyente José Álvarez y Álvarez de la Cadena nos lo explique:

 

“Nosotros pensamos que en lugar de legislar conforme a las reglas de determinada escuela jurídica, debíamos sujetarnos a las muy especiales condiciones de la población que representábamos. Optamos por una forma de tipo socialista en que primero que cualquiera otra idea, se tomara en cuenta el beneficio social, y a fin de lograr el mayor provecho para la colectividad se restringieran en la Constitución, hasta donde fuera preciso, los derechos individuales de propiedad, culto público religioso, de enseñanza, etcétera.

 

De esta forma la Constitución de México se adelantó a todas las del mundo. Fue la primera que legalizó los derechos sociales, y sin dejar de considerar prioritariamente las garantías individuales que la Revolución Francesa conquistó para el mundo, estableció un nuevo derecho constitucional fundado en el principio de que por encima de las prerrogativas del individuo, la ley debe garantizar las de la sociedad. La teoría fundamental de nuestra actuación legislativa puede resumirse en las siguientes frases:

 

“No hay ley alguna que por el mismo hecho de existir no se convierta en restricción o norma jurídica impuesta a la libertad absoluta del individuo, en beneficio del orden social. Toda calamidad social debe ser, por tanto, destruida o combatida por la ley, aunque para lograrlo sea preciso imponer determinadas restricciones a las garantías individuales.

Esos conceptos son los que no han podido o no han querido aceptar los más atrasados partidarios del absolutismo teocrático.

Algunos liberales del siglo XIX se confundieron por sus prejuicios técnico–jurídicos al conocer la primera Constitución socialista del mundo. Sin embargo, y como una respuesta a las mentes oscurantistas, muchos de los artículos de nuestra máxima ley fueron copiados por juristas de diversas naciones de la Tierra. La Constitución que (aquellos) llamaron “almodrote” porque no fue hecha de acuerdo a los dictados de la vieja escuela jurídica, superó con creces la estrechez de su cerebro, donde encontró abrigo el pedrusco que se incrusta –como consecuencia de la fidelidad inconmovible que profesan– al dogmatismo político de su tiempo”.

Quizá el lector esté de acuerdo conmigo que en la máxima ley de México hay una carga cultural que amalgama las experiencias de los ilustrados de Europa con treinta siglos de historia es decir, con las vivencias, el sufrimiento, los juegos esotéricos, la grandiosidad mística, la plenitud artística, la sensibilidad creativa, las luchas fratricidas, la tragedia de la conquista y la dominación colonial. Ante esa gran y milenaria cultura no podía incluirse la magia de la superioridad divina como sustento jurídico –filosófico. Esto porque la Constitución mexicana se hizo con la idea de invocar la igualdad del Hombre y establecer que nadie puede beneficiarse valiéndose de trasgresiones o atentados contra el derecho de las mayorías. Nuestros actos civiles obedecen a la exigencia de la sociedad y no a la concepción esotérica de la individualidad suprema a imagen y semejanza de Dios, combinada ésta, ¡hágame usted el favor! con un mercantilismo capitalista cuya aplicación tiene el “inamovible derecho” de basarse en la inviolabilidad y el derecho medieval de propiedad.

Ni duda cabe, pues, que nuestra Constitución contiene una carga ideológica que durante generaciones fue conformándose en la conciencia de los mexicanos. Que es única porque surgió de nuestra cultura y porque sus redactores no soslayaron la importancia del humanismo clásico. Que fue elaborada y suscrita por verdaderos representantes del pueblo; por gente que llegó a Querétaro con la misión y el compromiso de manifestar el sentir de la sociedad que representaban. Que en ella quedaron plasmados los sentimientos del pueblo que, con solvencia nacionalista y patriotismo, fueron aportados por profesionistas, militares, periodistas, campesinos, maestros, artesanos, políticos y literatos. Que en su articulado se incluyeron todas y cada una de las demandas nacionales. Y que su contenido social dio oportunidad para que ingresáramos a una nueva etapa de desarrollo intelectual al cual se opusieron (y siguen oponiéndose) los heraldos del conservadurismo decimonónico.

Debate constitucional sobre la intromisión de la iglesia en la política

Considero interesante conocer la forma de expresarse y los conceptos, mucho más radicales que los de los actuales diputados, que sobre el tema de la intervención de la iglesia en la vida política de México, tenían los diputados del grupo llamado jacobino, así como de los llamados renovadores.

La coincidencia en algunos aspectos del tema analizado es sorprendente.

Así mismo en los autógrafos que le firmaron a mi padre José Álvarez y Álvarez de la Cadena, al finalizar el Congreso Constituyente, el suyo y el de Palavicini demuestran el respeto que se tenían a pesar de no coincidir ideológicamente.

Espero que a ustedes les agrade.

 

Entre los debates más importantes dentro del Constituyente, estuvo aquel dónde quedó configurada la participación de las iglesias, en especial la católica, que durante más de trescientos años ejerció su nociva intervención económica y política. Y conste que esa lucha emprendida por el Constituyente no fue para desaparecerla, decisión que hubiera sido un atentado de lesa humanidad. No. Las discusiones se circunscribieron a frenar la explotación de las conciencias que durante siglos sufrió el pueblo mexicano.

Para ilustrar esa lucha, a continuación el debate íntegro verificado en Querétaro entre dos diputados relativo a la importancia del artículo 129, que terminó siendo el 130.

Uno de sus protagonistas fue el ya mencionado liberal revolucionario José Álvarez y Álvarez de la Cadena, quien hizo la propuesta sobre el desconocimiento jurídico de “las instituciones denominadas iglesias”; y otro Félix F. Palavicini, fundador del periódico “El Universal”(1916) y líder del grupo conservador.

 

“El C. Presidente: tiene la palabra el ciudadano Álvarez José en pro.

El C. Álvarez José:

 

Señores diputados: Cada uno de nosotros ha traído parte del inmenso anhelo de colaborar en la magna obra de reconstrucción nacional al venir a este Congreso, algo muy suyo, algo muy íntimo, que forma como un jirón de sus ideales prendido en la bandera que ostenta y por eso, señores, al estar hoy a debate el artículo 129, que trata de la cuestión religiosa, de eso que ha dado en llamarse el problema religioso y que yo creo que no existe, vengo a depositar en vuestras manos y a someter a la consideración de vuestra soberanía lo que ha formado para mí el ideal por el cual he luchado con más tesón, el ideal por cuya realización se verán perfectamente coronados los pequeños esfuerzos que en beneficio de la causa he llevado a la práctica. A muchos de los compañeros no podría recordarlos sin adunar a su memoria la resolución del problema agrario; tendría que recordar a otros luchando por hacer que se desbaratara el militarismo en nuestra patria. Yo reclamo vuestro recuerdo luchando por extirpar ese mal, esa gangrena social que se llama clericalismo; el afán que cada uno ha demostrado en la defensa de uno de esos problemas esta en razón directa con lo que ha palpado más de cerca. Los funestos resultados de aquel mal que se ha conjurado, gracias a Wilson, no podéis recordarlo sin hacer mención del problema obrero y es porque han sentido muy de cerca el doloroso lamento de los obreros por la falacia y crueldad de los patrones. Otros han sentido muy de cerca la tiranía del militarismo, por lo que se ha venido a pedir la extinción de ese mal en nuestra patria. Yo vengo de la raza de Cuauhtémoc, de la raza dolorosa que cantara en estrofas de oro el autor de “Aguilas y estrellas”, que se ve explotada por la mano blanca y rechoncha del clero católico que lo ha convertido en carne de expiación y de miseria, lo mismo por el militar que por el civil, lo mismo que por el patrón a sus obreros. Yo quiero, señores diputados, prescindir un tanto de los arranques jacobinos, que como vosotros comprendéis, me causa este debate y estudiar el asunto con la mayor seriedad, con la mayor cordura que me sea posible. Debo principiar por manifestar que en México no hay problema religioso.

Desde que la Inquisición, que para mengua y desdoro del catolicismo llevó el nombre de santo tribunal, dejó de quemar en sus hogueras a quienes tenían la osadía de no pensar como ellos, el problema religioso ha desaparecido en México. Como bien lo ha dicho nuestro primer jefe, como bien lo conocemos todos nosotros, en México a nadie se persigue porque tenga tales o cuales creencias religiosas, la que más les agrade. El problema que tenemos en México, absolutamente político, es que el clero católico, apostólico, romano, especialmente, y no porque deje de comprender que el clero protestante hubiera hecho lo mismo si hubiera tenido tiempo para desarrollarse, ese clero ha venido tratando de dominar la conciencia de la multitud inculta con objeto de proseguir sus operaciones; yo tengo la convicción íntima y me he podido convencer de ello, que la mayor parte de los clérigos no creen en lo que predican; es un ardid político para dominar, es una profesión como cualquier otra, destinada no a la propaganda de sus ideas religiosas, sino a la conquista del poder y a dominar por medio de las conciencias toda la política de una nación, ella tiende a enriquecerse, a dominar en política, y es por eso precisamente, señores, por lo que el problema que tenemos que estudiar, es únicamente político; y todos los oradores que han venido a esta tribuna están, por lo tanto, muy lejos de lo que en realidad estamos discutiendo.

Yo he palpado, yo he visto cómo se muere y se destroza la raza de Cuauhtémoc, la raza mexicana despedazada por el clericalismo, pero no por el sentimiento religioso, sino por el sentimiento del explotador, por la labor del cura que se aprovecha de aquel sentimiento de nuestra pobre gente para explotarla y hacerla víctima de sus intrigas, poco le importan los propósitos religiosos, lo que quiere es dominar el mayor número de individuos analfabetos con objeto de hacerlos incapaces de todo, para llevar al gobierno determinados elementos y conquistar el dominio, y es contra ese dominio político contra lo que el gobierno y la Constitución en estos momentos deben encaminar sus medidas para poner un justo remedio. Antes de todo señores diputados, hago públicamente un voto de agradecimiento a la segunda Comisión por haber aceptado una pobre idea de mi humilde iniciativa referente al desconocimiento absoluto de las personalidades en las asociaciones llamadas eclesiásticas, y que yo concebí, como he dicho, algo como un jirón de ideas en la bandera que traigo a este Congreso, porque creo que es un paso hacia el progreso, porque creo que es de dónde ha partido todo el mal.

Nosotros debemos reconocer, como lo dice muy bien la Comisión en el preámbulo del dictamen que vengo a defender, que el clérigo es un individuo dedicado a determinada profesión y no perteneciente a un grupo director de la conciencia nacional, sino sujeto a todas las leyes que el gobierno dicte respecto a las profesiones. Siento señores no tener hasta ahora a ninguno de los oradores, puesto que hasta la fecha no se ha hecho al dictamen ninguna impugnación, pero sí alguno de los apreciables compañeros que van a tomar la palabra, vienen a sostener aquí que las legislaturas de los estados, no podrán por ningún motivo fijar el número de clérigos que debe haber en cada población. Esto señores diputados, yo lo considero no solo necesario, sino que es un deber del gobierno poner remedio a esa plaga.Yo no sé si hay entre vosotros alguno que piense que el clero no ha sido nocivo a la sociedad, yo tengo la convicción de que cada uno de los presentes contestaría lo mismo: han sido nocivos a la sociedad. Me parece inútil volver a repetir lo que he dicho ya en la iniciativa que oportunamente se leyó y algo mucho más que podría relatar de los abusos, de los atropellaos, de las iniquidades cometidas por esos bichos, pero no es a eso a lo que he venido, no es eso en lo que debemos fijarnos; el clero es una institución nociva a la sociedad, pero al mismo tiempo es un enemigo político del gobierno y creo que, ya que tiene la debilidad de tolerarlo, debe tener, la energía de reglamentarlo. Esa reglamentación no se puede referir a la esencia del dogma; no puede entenderse por eso que nos mézclanos en asuntos de la conciencia; es como profesionistas, como individuos que prestan un servicio a la sociedad, es necesario poner un hasta aquí a esa inmensa multitud de zánganos que viven sin trabajar, a costillas de la sociedad, a costillas de todos los demás. Podremos suponer, señores diputados, que hay algunos que trabajan, si trabajar puede llamarse al desempeño del ministerio que han escogido como profesión; pero yo no veo, no comprendo, el motivo de que pueda existir un número inmenso de esos individuos que ya no tienen un lugar siquiera en las iglesias para ejercer su ministerio. Ya he dicho aquí, señores diputados, el número increíble de sacerdotes del culto católico que había en Michoacán, en general y muy particularmente en determinadas poblaciones.

Esos individuos, que huyeron como una parvada de cuervos asustados por la onda revolucionaria, fueron en alharaquienta multitud a anidarse entre los ventanales de la Casa Blanca, y a gritar que en México se les perseguía porque predicaban la doctrina de Cristo, y todos vosotros, sabéis, señores diputados, que aquí no se ha perseguido a nadie, porque profese determinada creencia, aquí se les ha perseguido porque eran enemigos del gobierno de la Revolución, porque sus doctrinas, sus prédicas y sus prácticas religiosas sólo eran la manera para llegar a apoderarse del poder por ese mal llamado Partido Católico; de ahí viene toda esa obra política que, amparada por la tolerancia del señor Madero, se desarrolló con tanta fuerza en aquella época, contra esa secta debemos proceder con toda energía, y yo no me explico en qué forma puede haber revolucionarios de buena intención que quieran que esos individuos que están actualmente en la línea divisoria, pendientes de nuestros actos, esperando que les abramos las puertas para que vuelvan a invadir la República, y les digamos: pueden venir otra vez; la Revolución ya triunfó en el campo de batalla; está la mesa puesta; vengan a despacharse. No, señores, sería una crueldad, una iniquidad contra los pueblos que no pueden defenderse de otra manera que volviéramos a permitir que en número inconveniente vinieran a chupar la sangre otra vez de nuestro pueblo. Yo no me explico, ni sé en que se funda quien esté en contra; dice el señor Palavicini que no se puede reglamentar el número de curas que debe haber en una población. Todas las legislaturas de los países civilizados están de acuerdo en reglamentar las profesiones. Ya nuestro artículo cuarto de la Constitución dice terminantemente lo siguiente: “la ley determinará en cada estado cuáles son las profesiones que necesitan título para su ejercicio, las condiciones que deben llenarse y las autoridades que han de expedirlo.”

Cuando afecte los derechos de la sociedad una profesión, debe ser reglamentada si se le otorga al poder ejecutivo la facultad de reglamentar esa profesión. ¿Cómo vamos a creer que la Constitución no puede establecer la facultad para las legislaturas no solo para que reglamenten las profesiones sino para que las limiten a determinado término? Ya vemos que en el estado de Veracruz se reglamenta, que en el estado de Hidalgo se reglamenta, en todos los estados de la República existe un anhelo revolucionario para reglamentar la profesión sacerdotal. No vengo a proponer nada en contra del dogma, porque no creo que sean los dogmas los que están a discusión, vengo a sostener el dictamen de la segunda Comisión, porque todos los que hemos visto esa plaga, la debemos combatir dentro de los límites del liberalismo. Las concesiones que se les dan no pueden ser mayores; que ejerzan su ministerio, que trabajen con toda libertad, pero que tengan un límite y se dediquen verdaderamente a trabajar, si es que se puede llamar trabajo lo que ellos hacen. ¿Pero que cantidad de curas se va a tolerar? ¿No se está viendo palpablemente, no lo vemos nosotros en aquellos estados en donde había una abundancia escandalosa de aquellos individuos, que no hacían absolutamente nada, que no trabajaban en nada, ni siquiera en los actos del culto, porque no había lugar en donde lo hicieran, pues había necesidad que en calles y plazas hubiera un cura diciendo misa? ¿No es esto una plaga? ¿No es posible que se reglamente ese número escandaloso de individuos? Dejando, pues, señores diputados a otros oradores a quienes toque en suerte rebatir los argumentos del señor Palavicini, yo me retiro, no sin antes dar una llamada de atención a los jacobinos de esta Cámara y no sin antes, también, recordar a nuestros hermanos y a nuestros compañeros jacobinos del lado derecho, que cuando se discutió el artículo tercero muchos, y entre ellos el señor Palavicini, nos dijeron en esta tribuna: “Os aplazamos para cuando se discuta el artículo 129; entonces veremos quienes son más radicales, tratándose del clero. Nosotros queremos que acabe esa plaga y que desaparezca de la República; nosotros vendremos aquí a sostener las más radicales reformas y a autorizar las medidas más enérgicas para quitar esta plaga de encima”. Yo sé muy bien que el señor Palavicini va a traer aquí reformas radicales y yo seré el primero que venga a apoyarlo, porque es mentira lo que se ha dicho de los jacobinos y quiero vindicarlos; es mentira que solo porque una iniciativa parte del grupo renovador ellos la rechacen, es una mentira, no es exacto.

Nosotros aceptamos todo aquello que lleve en alto la bandera de los grupos liberales; nosotros no reconocemos a ninguno de determinado grupo que venga a proponer medidas conservadoras, pues estas medidas conservadoras las rechazamos con toda energía y constantemente. Por tal motivo señor Palavicini, nosotros esperamos, como usted nos ofreció que sostendría los más grandes remedios para quitar la plaga del clericalismo que todos comprendemos es de grave trascendencia. Yo pido la principal reforma al artículo 129, que en mi concepto es la medida más radical y es el que se pueda limitar el número de sacerdotes en el ejercicio del culto, pues de lo contrario, aunque se diga aquí que tiene que ser de tal o cual manera, cada uno de ellos continuará siendo un enemigo de nuestro gobierno, de nuestra nacionalidad; cada uno de ellos continuará siendo un propagandista de la intervención americana y nosotros no lo podemos permitir. Es necesario que pongamos un hasta aquí a nuestros ridículos fanatismos que explotan esos individuos y continuemos luchando por la realización de nuestros ideales que encarnan la razón y la justicia, puesto que debemos legislar para una multitud de analfabetos que tiene que ser víctima, precisamente por su ignorancia, de astucias de esos individuos explotadores. Demos una ley prohibitiva, demos una ley que ponga a salvo nuestra nacionalidad, demos una ley en que no vayamos a entregarnos a esos buitres que dominan desde hace tiempo el alma popular y hagamos comprender al pueblo que ellos han tratado de que no se instruya para que pueda ser el eterno sufrido, para que en México pueda gobernar lo mismo un Porfirio Díaz que un Victoriano Huerta; por eso nuestro pueblo no da importancia a los asuntos políticos, porque ellos creen que lo importante es pasar por este mundo sufriendo y dejando los bienes terrenales para que vayan a ingresar a las arcas del tesoro del clero y fijándose en otro mundo que no es este, que están en otra parte, para después el clero poder explotarlo en este; en tanto llega el momento en que la humanidad se convenza de que está en un error; en que una legislación más avanzada cree una ley en que se persiga a esos envenenadores populares que propagan doctrinas que tienden a fomentar la ignorancia de nuestro pueblo. Demos una ley que garantice que nuestro pueblo no será tan explotado ya que tenemos que tolerar todavía que haya esos explotadores en nuestra patria. (aplausos)

 

El C. Presidente:

Tiene la palabra el ciudadano Palavicini.

(Voces: ¡A votar! ¡A votar!)

 

El C. Palavicini: Si la Asamblea considera suficientemente discutido el asunto, no tengo inconveniente en renunciar al uso de la palabra. (Voces: ¡Qué hable!, ¡Qué hable!)

 

El instante político que estamos presenciando, señores diputados, honra a México y principalmente al Partido Constitucionalista. Todos los días amargos que han transcurrido, las más duras angustias que han agitado el corazón de la patria, las debemos al fingido problema religioso que con tanta sagacidad ha definido el señor Álvarez, declarando, al fin, que no existe y en efecto, señores diputados, el problema religioso es un fantasma, un monstruoso fantasma levantado frente al pueblo mexicano para tratar de oprimirlo y para intervenir en sus intereses. El peligro religioso y el problema religioso se iniciaron del otro lado del Bravo al otro día del triunfo de la Revolución constitucionalista.

Aprovecho el instante de un apasionado debate como es este que a la cuestión religiosa se refiere, que tiene que ser apasionado y tiene que ser vibrante, porque ya lo dijo el ciudadano Medina: todavía debajo de cada uno de esos valientes jacobinos, bajo cada uno de esos furiosos incendiarios de iglesia está palpitando el escapulario de la Virgen del Carmen y de la Virgen de Guadalupe; porque todavía, señores diputados, no habéis podido sacudiros de esa pesantez abrumadora de la tradición religiosa y bien, repito, quiero aprovechar este instante para saludar por última vez a la Asamblea desde esta tribuna, que así como vine sin odios y rencores a este Congreso Constituyente, sin odios ni rencores me retiro de su seno. Por mí y sobre mí han caído los dardos todos, envenenados muchas veces, ridículos otras tantas; todas las iras conjuradas, la procaz elocuencia de Martínez de Escobar, aún odiándome en todas ocasiones, lo ha repetido, y yo conservo gratamente todas sus palabras.

El señor diputado Recio, ha venido como buen discípulo del señor Colunga, a quemar en una sola hoguera los libros todos, la inteligencia toda, la cultura toda y ha venido a decir: “los hombres cultos son los retardatarios y los intelectuales son los peligrosos”, me ha honrado clasificándome entre ellos, no merezco tanta distinción. (Aplausos).

Pero toca hoy, señores diputados, la ocasión de aplaudir a las dos Comisiones juntas, la ocasión de aplaudir a los que dictaminaron sobre el artículo 24 y a los que dictaminaron sobre el artículo 129. Llega la oportunidad en ese instante esperado por mí de aplaudir a las dos comisiones juntas, en nombre de mis amigos y del mío propio y para decirles hoy como al principio de las sesiones, hemos querido nosotros luchar por ideales; no hemos pretendido afectos políticos de personas; pero puesto que es necesario hacer aquí afectos políticos vamos haciéndolos, de patria, de nacionalidad y no de bandería.

Señores diputados; Woodrow Wilson, el gobernante más grande del mundo en los momentos actuales, porque no ha heredado el mando, porque no está investido como el jefe del poder en Alemania, ni como jefe del poder en Rusia de un grado religioso, sino que viene de la votación popular, de la elección democrática de su país; Woodrow Wilson, este alto estadista comprendió el espíritu de la Revolución Mexicana, pensó que nuestro pueblo tenía razón al levantar una bandera enérgica de reivindicación; que teníamos derecho para arreglar nuestros asuntos interiores y estableció una nueva interpretación de la doctrina Monroe; la de tener a México como soberano en sus asuntos interiores y no inmiscuirse en aquello que nos afecta domésticamente.

Y bien, señores, un abogado, un técnico, mister Lansing, fue llevado a la Secretaría de Estado. Aquel técnico empezó por tratar el caso de México como un asunto de jurisprudencia: no era un hombre de ideales como Woodrow Wilson, era un hombre “de curia”. Aquel hombre trató el asunto como se puede plantear un problema algebraico, y fracasó en el asunto mexicano como acaba de fracasar estruendosamente en el asunto europeo. Mister Lansing ha sido para nosotros un ave fatídica, no podrá ser, después del 4 de marzo de 1917, el secretario de Estado americano; sería una ofensa al buen sentido internacional, al sentido democrático de Woodrow Wilson y a los ideales de su partido. Pero al lado de mister Lansing y paralela a su labor, está la labor de un católico, apostólico, romano, va la labor de un fanático religioso, el secretario particular de Woodrow Wilson, que se llama Tumulty. Este hombre ha sido el agente constante de todas las intrigas de los explotadores del problema religioso mexicano cerca de Woodrow Wilson. A Tumulty le debemos quizá todas las ofensas que del gobierno americano ha recibido el gobierno y el pueblo de México, pero en este instante, señores diputados, la Asamblea ha respondido alta, noblemente, a todas las calumnias que se hicieron al Partido Constitucionalista. Cuando en la discusión del artículo tercero se dijo que esta Asamblea era radicalmente jacobina, ferozmente jacobina, yo sostuve en esta tribuna que eso no era cierto y que lo que se pedía para el artículo tercero era justo y era debido, pero que debía colocarse en un sitio adecuado, en el artículo 129. Yo nunca creí que ustedes pedían más de lo debido y sólo indiqué que se pusiera en su lugar. Pues bien, explotando todavía en el extranjero la bandera religiosa, se dijo que cuando llegáramos a tratar la libertad de conciencia, la Asamblea Constituyente prohibiría el culto católico, perseguiría a todos los que no fueran ateos, que todas las religiones serían hostilízalas, y que en este país, en un país como de cafres –ya había hecho la descripción el señor Macías de una famosa caricatura americana–, dejaría imposibles todas las garantías individuales en la República Mexicana. Esta noche habéis contestado al gobierno y al pueblo americanos que el Partido Constitucionalista conoce su deber y sabe hasta dónde debe llegar, y que ha puesto las cosas en el sitio preciso que les corresponde. Se va a saber mañana que no es verdad que el Partido Constitucionalista haya traído una bandera de religión, una bandera de anti cristianismo; se va a saber que no habéis ensartado en picas las cabezas ensangrentadas de los canónigos para pasearlas por las calles de Querétaro, sino que sabéis respetar la libertad de conciencia como un pueblo culto.

Woodrow Wilson acaba de decir anteayer en el Senado americano frases que extractan el mensaje siguiente: “Los Estados Unidos deben participar con su autoridad en los arreglos de la paz europea”. Es ahora cuando el mercantilismo americano ha llenado su bolsa, cuando su banca pujante se ha enriquecido con todas las aflicciones de la sangrienta guerra europea, que el pueblo americano se acuerda por boca del presidente americano, de que es preciso que la autoridad del pueblo americano tenga participación en los arreglos de paz. Dice que para que haya paz estable y duradera se incluya al pueblo del Nuevo Mundo, porque Woodrow Wilson sigue hablando a nombre de toda la América, pues los yanquis siguen creyendo qué América es toda suya. Yo, cuando hablo de los norteamericanos, siempre les he dicho yanquis, pues en castellano no podemos encontrar un vocablo más concreto que ese. No son americanos sino norteamericanos, porque también nosotros lo somos; son, simple y sencillamente, yanquis, y nosotros debemos, en la América Latina, establecer ese término para llamar a la gente que está al otro lado del Bravo.

Dice que no debe haber equilibrio de poderes, sino comunidad de poderes en Europa. Esta doctrina para Europa naturalmente la hace extensiva para el Nuevo Mundo. Dice que debe haber comunidad de poderes con tal de que hoy no haya más poder que el de ellos; pero termina con este eufemismo curioso: “Que ninguna nación intente extender su política sobre otro nación; que todo el pueblo debe ser dejado en libertad para determinar su propia política; que todas las naciones deben evitar la lucha, y esto a pesar de la comunidad de poderes.” Pues bien, ya no se alega en política contra nosotros, puesto que se demostró que tenía razón la Revolución para perseguir a los científicos; ya se demostró que teníamos razón para declarar caducas las concesiones bancarias; ya solamente queda que no teníamos razón al perseguir a las religiones. Vamos demostrando con hechos que no es verdad que se persigue a las religiones.

En el dictamen de la segunda Comisión no encuentro graves deficiencias; son solamente de forma, porque sustancialmente no hay quien discuta este dictamen. ¿Y sabéis por qué? Porque estás son las Leyes de Reforma admitidas previamente por todos nosotros. Es verdad que se ha agregado algo al artículo 129, pero la iniciativa del señor Álvarez no entraña ninguna novedad, pues son cosas perfectamente admitidas; que si no se ponía en vigor el artículo no era por culpa de las leyes ni del gobierno, sino porque el pueblo no permitía que se atacaran sus creencias. De modo que contra el artículo 129 solamente queremos hacer algunas observaciones de forma, solamente pedimos la reforma de algunos de sus conceptos. Dice el dictamen que para ejercer el ministerio de cualquier culto, se necesita ser mexicano por nacimiento. Y bien, estamos conformes; ¿Pero por qué de cualquier culto? Si no vamos a hacer una Constitución teológica, vamos poniendo cuáles cultos, porque no vamos a encontrar un mexicano que predique la religión de Confucio a los chinos residentes en México; que predique su culto a los japoneses, su religión a griegos o a los rusos. ¿O vamos a suprimir la inmigración extranjera? Lo práctico, señores diputados es precisar los cultos. Debería decirse: “En México para ejercer el ministerio de los cultos católico o protestante, se necesita ser mexicano por nacimiento.” Dejemos a los griegos que tengan su culto; dejemos a los rusos que tengan el suyo, y que tengan su culto los japoneses. Dice el dictamen que debe haber un encargado de cada templo, que este sea responsable de lo que en él exista. Este artículo está mal redactado, pues precisamente aquí se necesita el requisito de mexicano para el encargado de los templos, porque son los sacerdotes extranjeros los que han robado nuestras iglesias y se han llevado los objetos de arte, todas las obras de arte, los cuadros y las esculturas. (Aplausos).

El C. Martínez Escobar (interrumpiendo): Para una aclaración. (Voces: ¡Cállate! ¡Cállate! Campanilla) Es cierto lo que dice el señor Palavicini, pues en Puebla, a la Virgen del Rosario le robaron unos españoles una riqueza considerable.

El C. Palavicini: El encargado de los templos debe ser mexicano por nacimiento, pues éstos, por razón natural pueden, con más celo, velar por los intereses mexicanos.

Nos hablaba el señor Álvarez de que él se asombraba de aquella plaga de curas qué hay en su pueblo natal y que viven de la superstición popular y de las creencias religiosas; pero nos aseguraba que admite que el sacerdocio es una profesión, y, como admite la Constitución, que es “una profesión lícita”, no se explica cómo se va a limitar el ejercicio de una profesión ¿Puede limitarse el número de ingenieros, de doctores, de abogados? No, señores diputados; no se puede reglamentar en ese sentido; es un absurdo.

El C. Álvarez:

Los notarios son profesionistas; tienen el depósito de la fe pública y pueden ser limitados por el gobierno; los curas, que tienen acceso al alma nacional tienen, por tal motivo, la misma razón para que puedan ser limitados.

El C. Palavicini:

El señor diputado Álvarez ha confundido la fe pública con la conciencia pública; la fe pública, entiendo, es una garantía jurídica, es una garantía de derecho, es el gobierno representado en aquel individuo que garantiza los intereses sociales, en tanto que la fe religiosa es la fe de todos los que creen, de todos los que tienen su conciencia comprometida por aquella fe. Los abogados, por ejemplo, ¿creen ustedes que los abogados no influyen en la conciencia pública?, ¿creen ustedes que no viven de los intereses públicos y de las reyertas públicas? Y bien, señores diputados, esa también es una profesión, ¿y vamos a limitar el número de abogados?

El C. Álvarez:

El día que los abogados sean una calamidad igual a los frailes, habrá que limitarlos.

El C. Palavicini (continuando):Yo no quiero discutir eso, porque no vengo a defender a los curas en esta tribuna, yo no quiero discutir eso porque no vengo a defender a los abogados, ya que ellos mismos en esta tribuna se han calificado de calamidad.

Yo pido que en el dictamen se exija que el que tiene el cuidado de los intereses nacionales, tenga la obligación de conservar y custodiar no solo las obras de arte, sino también la arquitectura de los templos y de los edificios, y sea mexicano por nacimiento. Voy a tratar de demostrar esa necesidad.

El señor Pastrana Jaimes quiere un nacionalismo a “outrance” pide que todo sea mexicano. Y bien, yo estoy con el señor Pastrana Jaimes, yo estoy con el señor Álvarez, pero no han definido bien qué cosa entienden por mexicano. Después del beso de Hernán Cortés a la Malinche, el mexicano, señor Pastrana Jaimes, es una mezcla hibrida de no sabemos cuántas generaciones, de no sabemos cuántas razas que han venido a poblar el territorio de la vieja Anáhuac. El mexicano no se llama hoy Cuauhtémoc, los mexicanos ya no se llaman Tepatl; no se llaman Moctezuma; “los mexicanos” pertenecen a una raza especial que tiene toda la fogosidad del impulsivismo español con toda la severidad y abnegación del indio; y, señores diputados en nuestra clase intelectual tenemos toda la herencia, la alta y noble herencia del revolucionario francés. Esta es nuestra raza mexicana. Si el fuego de la sangre española y la energía indomable del indio y la cultura del francés han hecho nuestra raza, ¿dónde quiere encontrar características especiales, donde halla la figura tipo el señor Pastrana Jaimes? No tenemos, no podemos tener, señores diputados, un nacionalismo étnico. Busquemos otra forma de nacionalismo. En primer lugar, es necesario definir las características del nacionalismo que son la raza, la lengua y la religión.

El señor Pastrana Jaimes ha citado a Filipinas, descatolizándose. ¡Filipinas! Bello ejemplo, señores diputados, que si hubiese meditado un poco el señor Pastrana Jaimes no lo hubiese mencionado desde esta tribuna. Filipinas, una raza que debe estar temblando de vergüenza y oprobio; una raza que ha renunciado a sus obispos y a sus curas, renunciado también a su fe religiosa; y es que quieren que, como hizo Taft para Filipinas, compremos al Papa para que se supriman los sacerdotes de la iglesia católica, o quieren que entreguemos nuestras iglesias y la conciencia de nuestro pueblo a los metodistas para ayancarlo (sic). Y bien, señores diputados, yo opino todo lo contrario, lo que el pueblo mexicano tiene para defender las condiciones características de la nacionalidad es la religión y el idioma, ya que su raza, si bien latina, es híbrida. Y si el pueblo tiene una religión católica es en este pueblo la única perdurable. Cuando quitéis a la fantasía de este pueblo todo lo atractivo de la religión católica, habrá perdido por completo el sentimiento fuerte y poderoso que desde la infancia trae y que lo lleva hasta la muerte.

Castelar se había referido a este punto y decía “No cambiéis mí religión por esa seca religión de los protestantes”. Esto decía un gran liberal, y hasta un liberal clásico perfecto; “yo decía, que soy un liberal, prefiero regresar a las naves con incienso, a los vidrios de colores, a las lámparas brillando en los altares, a la música de órgano y a las cruces con sus brazos abiertos para proteger los sepulcros de nuestros muertos queridos; prefiero volver a la religión de mi madre cuando de la mano me llevaba a escuchar la voz de Dios en el templo de la religión católica.

Eso era, señores diputados, la opinión de Castelar y Castelar no era filipino contemporáneo; Castelar era un español. La fuerza, señores diputados, de nuestro pueblo está sin duda alguna en su mejoramiento colectivo, en su engrandecimiento social, pero no podemos ni debemos preparar el espíritu del mexicano para la conquista fácil del yanqui. Las religiones, la comunidad de cultos, se hicieron para gobernar. Los griegos tenían fiestas nacionales, y aún en plenas contiendas locales suspendían éstas; y entonces los sacerdotes se convertían en pacificadores. El sacerdocio es un medio de dominar las conciencias; ya lo ha dicho aquí el señor Medina, que la única sujeción que tiene el pueblo es el temor religioso. El fundador de ese temor religioso es el sacerdote que es un instrumento de dominio, y bien, si nosotros lo combatimos hoy –y hacemos bien en combatir el exceso de ese instrumento de dominio– no preparamos señores diputados, el alma del pueblo mexicano para otro instrumento peor de dominio que es el evangelista americano, porque sería entregarnos a la dominación extranjera, sería hacernos de fácil conquista.

Hagamos, pues, encargados de todos nuestros templos a sacerdotes mexicanos por nacimiento, cuidemos la piedra labrada por los sueños de la raza. Acabamos de descubrir los mismos mexicanos, al quitar los árboles frente a la catedral de México, que se había cometido la estupidez de dejar a las yerbas ocultarnos un monumento superior a muchos italianos y franceses.

Llegamos a la designación del número de sacerdotes por las legislaturas. Encuentro, señores diputados, que no cabe esto por completo en el dictamen, hemos admitido en todos los incisos del mismo artículo que exista la separación entre la Iglesia y el Estado. No podemos clasificar qué cantidad de oraciones necesita cada individuo; nosotros no podemos especificar esto ni ninguna Legislatura lo podrá hacer. Aunque sea el señor Álvarez presidente de la Legislatura local, no podrá especificar cuántas oraciones debe hacer cada uno de los creyentes de Morelia, de Uruapan y de Zamora.

El C. Álvarez (interrumpiendo) No trató de clasificar el número de oraciones que necesita cada individuo, sino el número de frailes que puede tolerar un pueblo.

 

La Constitución fue promulgada para convertirse en la ley más avanzada de la época porqué consideró los derechos sociales. Y podríamos decir que gracias a su contenido social hasta hoy ha podido soportar los efectos negativos de los embates del conservadurismo, de la traición disfrazada de modernidad. A continuación algunos párrafos del artículo 130 en su redacción original.

 

Artículo 130(…)

La ley no reconoce personalidad alguna a las asociaciones denominadas iglesias.

Los ministros de los cultos serán considerados como personas que ejercen una profesión y estarán directamente sujetos a las leyes que sobre la materia se dicten.

Las Legislaturas de los Estados únicamente tendrán facultad de determinar, según las necesidades locales, el número máximo de ministros de los cultos.

Para ejercer en los Estados Unidos Mexicanos el ministerio de cualquier culto se necesita ser mexicano por nacimiento.

Los ministros de los cultos nunca podrán, en reunión pública o privada constituida en junta, ni en actos de culto o propaganda religiosa, hacer críticas de las leyes fundamentales del país, de las autoridades en particular, o en lo general del gobierno; no tendrán voto activo ni pasivo, ni derecho para asociarse con fines políticos.

(…) Las publicaciones periódicas de carácter confesional, ya sea por su programa, por su título o simplemente por sus tendencias ordinarias, no podrán comentar asuntos políticos nacionales ni informar sobre actos de autoridades del país, o de particulares, que se relacionen directamente con el funcionamiento de las instituciones públicas.

Queda estrictamente prohibida la formación de toda clase de agrupaciones políticas cuyo título tenga alguna palabra o indicación cualquiera que la relacione con alguna confesión religiosa. No podrán celebrarse en los templos reuniones de carácter político.

No podrá heredar ni por sí ni por interpósita persona ni recibir por ningún titulo un ministro de cualquier culto un inmueble ocupado por cualquier asociación de propaganda religiosa o de fines religiosos o de beneficencia. Los ministros de los cultos tienen capacidad legal para ser herederos, por testamento, de los ministros del mismo culto o de un particular con quien no tenga parentesco dentro del cuarto grado.

Los bienes muebles o inmuebles del clero o de asociaciones religiosas, se regirán para su adquisición, por particulares conforme al artículo 27 de esta Constitución.

Los procesos por infracción a las anteriores bases nunca serán vistos en jurado.

Alejandro C. Manjarrez