El choque de las águilas (El objetivo Yanqui)

Réplica y Contrarréplica
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Jalisco

Para el progreso de los pueblos no bastan las buenas leyes, sino los buenos gobernantes.

Francisco Martín del Campo. Febrero de 1917

Una vez que varios de los gobiernos estadounidenses lograron quitarle a México el territorio que hoy les da fuerza, prevalencia y riqueza económica, los subsecuentes (1849–1995) pusieron a funcionar la estrategia que dio continuidad al gran proyecto norteamericano, obviamente todos coincidieron en tratar de convertir a la nación mexicana en una reserva territorial, laboral y energética; es decir, en una especie de panoplia capaz de protegerlos contra la penetración de doctrinas antagónicas a su filosofía política y económica. Asimismo, construyeron una enorme barrera ideológica destinada a impedir la infiltración de tendencias sociales tan extrañas como capaces de trastocar el espíritu americano, el “american way of life”.

Y a pesar de que habían apropiádose de la mitad de nuestro país para aumentar el suyo un poco más del cincuenta por ciento, todavía seguía latiendo el peligro que para sus sueños de grandeza implicaba el despertar de la poderosa raza de bronce. Tres mil años de cultura podrían voltear hacia el norte e iniciar sus reclamos generacionales. Fue entonces cuando nació la necesidad –por cierto sublime– de aprovechar todas y cada una de las posibilidades que ofrecía la tierra de Anahuac cuyo subsuelo estaba (y está), entramado en la enorme red de los “veneros del diablo”. Pero al mismo tiempo tenían que poner a funcionar los mecanismos que permitieran garantizar el crecimiento del liberalismo económico, la expansión conceptual de la Inglaterra medieval sobre la propiedad raíz, la metafórica presencia de la mano invisible de Dios, concebida por el economista británico Adam Smith en la cual –según éste que fue el padre del capitalismo y la libertad de comercio– debe descansar el destino de la sociedad.

La ventaja, el “handicap” en favor de ellos, estuvo en que después de la Guerra de Secesión se organizaron para enriquecerse y continuar su proyecto expansionista, mientras que nosotros padecíamos a los conservadores que –entre otras cosas– combatieron la Constitución de 1857, se aliaron a los intervencionistas y constituyeron la Asamblea de Notables, cuyos anhelos imperialistas fueron satisfechos con la llegada del ingenuo Maximiliano.

En fin, nos quedamos medió desorganizados y bastante confundidos debido a la larga, complicada y desgastante lucha producida por la ambición de una potencia extranjera y los intereses de varios grupos y personas.

Como verá usted, aquí faltó la puesta en operación de la doctrina Monroe, debido a que sus promotores y defensores se encontraban bastante ocupados en su lucha fratricida, por lo cual ni los franceses ni los ingleses ni los españoles tuvieron problemas en plan de guerra, llegar a la América de los americanos con la intención de cobrar lo qué México les debía.

 

El patriota asociado 

Cuando Porfirio Díaz llega a la Presidencia de la República, pone en práctica un plan para consolidarse en el poder. Los primeros años los pasa tendiendo sus hilos a fin de construir el centralismo presidencial absoluto, que por obvias razones da aliento al pueblo que estaba cansado de sufrir las convulsiones provocadas por más de 60 años de guerra civil. Sin embargo, también hace funcionar la mano dura y represiva en contra de la libertad de prensa, en aquellos años la única alternativa para disentir. Son constantemente perseguidos los periodistas que a pesar de su honestidad ingresaron a la cárcel o, en el mejor de los casos, disfrutaron la hostilidad gubernamental. También inicia el desprecio a la ley cuando da a la iglesia la oportunidad de volver por sus fueros, poniendo a funcionar su convenenciero disimulo, pues sin derogar las Leyes de Reforma opta por “reconciliar”al Estado con el poder espiritual.

Promueve el acercamiento con el Tío Sam y establece un período de trato cordial y amigable. Acepta la propuesta de aquel país para que la capital de México sea sede de la Segunda Conferencia Internacional Americana del 23 de octubre de 1901 al 31 de enero de 1902 en la que se firma un tratado por el cual las naciones del continente se sujetaban al arbitraje. Inmediatamente después Estados Unidos, como representante de la Iglesia Católica de California, reclamó a México el pago de los intereses vencidos del Fondo Piadoso de las Californias, el asunto se sometió al arbitraje y México fue condenado a pagar $1 420 682 y una anualidad perpetua.

La lección le hizo rechazar la invitación de arbitrar entre Honduras y Nicaragua dado que –¡sorpréndase!– Theodore Roosevelt “deseaba que el fallo fuera apoyado con la fuerza de las armas”.

Curiosamente, la obra principal del porfiriato fue el impulso económico basado en el capitalismo liberal. Desde su primer período presidencial, Díaz fomentó los transportes por ferrocarril. Ante la mezquindad de los inversionistas mexicanos tuvo que recurrir a los extranjeros a quienes otorgó ventajosas concesiones para construir vías férreas.

 

El deslinde

En apariencia el país se había encarrilado y marchaba a toda velocidad hacía el progreso. Teníamos grandes extensiones de tierra y muchos de los recursos naturales sin explotar. Selvas, ríos, minas; en fin, como seguramente lo pensó el barón Von Humbolt, vivíamos en el cuerno de la abundancia.

Don Porfirio tuvo tiempo para preparar el marco legal a fin de emprender el desarrollo, el despegue que exigía el proceso de industrialización en el mundo. De esta manera los inversionistas extranjeros encontraban en bandeja de plata la riqueza del suelo y del subsuelo nacionales.

Con la ley sobre terrenos baldíos expedida el 26 de marzo de 1894 se había suprimido el límite fijado por las leyes anteriores, circunstancia que permitió a los particulares adquirir tierras a la medida de su ambición, posibilidades y necesidades. Esta ley y la de colonización promulgada un año antes, rompieron los candados que evitaban el acaparamiento de tierras y así mismo, desapareció la obligación de cultivar y poblar los terrenos baldíos. También fue borrada del texto legal la revisión de los títulos de propiedad y, por ende, quedó prohibido para el poder público molestar a los particulares con revisiones a los títulos expedidos. Regresamos pues al régimen de la propiedad Romana, a la propiedad absoluta que, según su fundamento arcaico, nada ni nadie puede afectar.

En ese momento de la historia llegaron a México el inglés Weetman Pearson y el Norteamericano Edward L. Doheny, ambos atraídos por la situación jurídica y las facilidades gubernamentales. Querían demostrar que había petróleo en el subsuelo mexicano, a pesar del fracaso de los colegas que les antecedieron en las investigaciones.

Los celos entre ingleses y norteamericanos provocaron serias disputas por las riquezas de los veneros del diablo. El grupo estadounidense vio con disgusto que el gobierno del general Díaz hubiera otorgado más facilidades al grupo inglés. Sobre todo cuando el tal Pearson logró lo que podríamos llamar un buen regalo de Navidad, ya que el 24 de diciembre de 1901, don Porfirio expidió la primera ley petrolera que, entre otras cosas, otorgaba al propietario del suelo la propiedad del subsuelo; permitía la explotación de los terrenos nacionales; asignaba al gobierno federal el 7 por ciento de las utilidades y el 3 por ciento al gobierno del estado donde se encontrara el energético. También abría la posibilidad de expropiar terrenos petroleros por causa de utilidad pública; y ofrecía facilidades aduanales para la importación de maquinaria destinada a la refinación del petróleo y carburos gaseosos de hidrógeno, o para elaborar toda clase de productos que tengan como base el petróleo crudo. Como ocurría en Inglaterra, en el México de esos años los dueños de las tierras lo eran también del suelo que les cobijaba y del infierno que los aguardaba y calentaba los pies.

Otra de las obras del controvertido oaxaqueño consistió en deslindar las tierras nacionales, para lo cual fue necesario valerse de la técnica y el capital de las compañías norteamericanas. Puso a funcionar el esquema financiero implementado por Carlos Salinas que, como usted sabe, se apoya en el capital del concesionario. Pero como entonces no había franquicias ni los negocios podían cumplir con sus proyecciones financieras valiéndose de la demanda del consumidor, don Porfirio pactó el pago a sus servicios con grandes extensiones de las tierras que ellos mismos escogieron. Obviamente se despacharon con la cuchara grande, quedándose con aquellas donde casualmente el pueblo estaba saturado de petróleo.

Alejandro C. Manjarrez