La pesadilla del poder en Puebla

Réplica y Contrarréplica
Tipografía
  • Diminuto Pequeño Medio Grande Más Grande
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

El legado de Alejandro C Manjarrez

Una compilación de las mejores columnas políticas elaboradas por el periodista y escritor en la época digital. El periodo publicado en diarios impresos se denomina, crónicas sin censura. Búscalo en este portal.

Mucho ayuda el que no estorba

Dicho popular

 

El número de malechores no autoriza el crimen.

Charles Dickens

Dicen que a Mario Marín Torres ya no le gustan los thrillers policiacos porque el narcotráfico suele ser el tema de ese tipo de películas, razón por la cual dejó de ser cliente asiduo de Blockbuster. Mario Montero Serrano piensa igual que su jefe y no porque lo imite sino por su responsabilidad de secretario de Gobernación donde la comidilla de todos los días es precisamente el narcotráfico. El general Mario Ayón Rodríguez anda en las mismas a pesar de que fue entrenado y está capacitado para asimilar las consecuencias del tráfico de estupefacientes, como si esto fuese un fenómeno más en su carrera militar. Vaya hasta los funcionarios en función de jefes policíacos han preferido darle la vuelta al asunto con la intención, argumentan, de no sudar calenturas ajenas.

Está bien que no se amarguen la vida ni empañen la belleza que significa vivir embarrado por las mieles del poder. Sin embargo, el problema es que no obstante ese rechazo a las películas de violencia y a los periodistas, todas las noches los tres Marios tienen pesadillas o, en el mejor, de los casos, insomnio debido a que el narcotráfico anda rascándole el escroto al ente llamado Gobierno de Puebla.

 

¿Les asustarán los muertos?

Yo supongo que no porque de una u otra manera ese tipo de noticias forma parte de su vida pública. Lo digo porque el trío mencionado debe recordar los dos centenares de muertos en Huitzilan de Serdán, municipio donde la UCI y la CCI se disputaban un cerro o fracción de tierra que durante varios días produjo muchas horas de balazos con el saldo enunciado, número que incluía niños, mujeres y entierros clandestinos. O tal vez no hayan olvidado que en Pantepec (Sierra Norte de Puebla) más de sesenta campesinos fueron asesinados por las guardias blancas de los ganaderos de aquella región poblana. La muerte colectiva de los maleantes de Las Minas (Izúcar de Matamoros), cuyo error fue menospreciar el poder represivo del gobierno, debe ser sin duda otro de los recuerdos que nutren el optimismo de los tres personajes.

 

¿De dónde las pesadillas?

Los malos sueños se deben a la “gran familia” del Chapo, de Beltrán Leyva, de Guzmán Loera, de Zambada. Empezaron el jueves pasado poco después que la prensa nacional informó que habían sido asesinados los hijos del Chapo y de la “Emperatriz” Blanca Margarita Cázares. Intuyo que los miembros de la tercia referida (más los burócratas metidos a jefes policiacos) se reunieron para analizar éste que sí representa un grave problema.

Sabemos, pues, que Puebla en una ciudad estratégica en muchos sentidos, menos para que en ella se asienten las mafias del narcotráfico. Al hacerlo se pondrían de pechito dado que en trazo de la ciudad y las salidas de los municipios conurbados pueden funcionar como una trampa casi mortal, más ahora que operan “asociadas” las policías municipales con la llamada Policía Metropolitana. A esto hay que agregar que la región es sede del Ejército Mexicano cuyas instalaciones están en los cerros de la Calera. Y adicionar el sistema de observación por cámaras que tienen tanto el Ayuntamiento de Blanca Alcalá como el gobierno estatal. Dicho de otra manera: en minutos podrían estar cercados los maleantes.

 

Y entonces ¿cuál es el peligro?

Como ya se ha comentado en este espacio, según algunas fuentes policiacas, en Puebla viven, estudian, se purifican y reposan varias de las familias de los capos hoy enfrentados a muerte. Si ya mataron a los vástagos del Chapo y de la “Emperatriz”, es obvio que podría haber represalias al estilo Ley del Talión. Tendríamos así que sin deberla ni temerla podrían ser asesinados algunos miembros de las “ilustres familias” mencionadas. Y si resulta acertado el informe de las fuentes referidas, estarían en peligro el hijo o la hija, el sobrino o el yerno, la esposa o la hermana, el cuñado o la tía, la novia o el amante, en fin, todos que supuestamente escogieron a Puebla como su espacio de seguridad.

Estas son las luces rojas que mantienen en vilo al gobernador y a sus secretarios de Gobernación y Seguridad Pública. Imagine el lector el escándalo nacional que propiciaría un crimen (con cabeza cercenada o cuerpo completo) de un joven estudiante de la UDLA o del TEC o de la Ibero, por ejemplo. Y agregue usted la venganza en los mismos términos de violencia.

 

¡Cuál sería el antídoto?

La unidad entre las fuerzas del orden y los niveles de gobierno. El Ejército colaborando estrechamente con las policías conurbadas y desde luego con las autoridades de Puebla. Y al revés: los gobiernos, estatal y municipales, participando de forma permanente y activa con los militares de la entidad, en especial con la sección de inteligencia.

Además de ello es necesaria la participación de la sociedad y de los medios de comunicación. Para empezar quienes formamos parte de la prensa debemos ser conscientes de que la única manera de consolidar la estabilidad social es el respeto y el apoyo que se brinde a quienes tienen el gran reto de mantener la paz en el estado. Cuando menos darles el beneficio de la duda.

Mario Marín es el gobernador del estado y por ende el responsable de lo que acá suceda.

Mario Montero tiene a cuestas la obligación de coordinar el esfuerzo gubernamental para que Puebla viva la fiesta en paz.

Y Mario Ayón es un militar que por serlo debe respetársele, sobre todo ahora que tiene la misión civil de servir a los poblanos.

Ante este escenario que han planteado los grupos del crimen organizado, resultaría irresponsable no entender que el trabajo de los tres Marios requiere de nuestra comprensión y apoyo. O como diría la sabia doña Chona: mucho ayuda el que no estorba...

Alejandro C. Manjarrez