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Dom, Feb

Justicia Social, anhelo de México (Capítulo cuarto)

Réplica y Contrarréplica
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EL CONVENIO DE CIUDAD JUÁREZ, DERROTA DE LA REVOLUCIÓN

El representante oficial del gobierno porfirista, licenciado Francisco S. Carvajal, a instancias de sus jefes continuó insistiendo en el propósito de concretar un tratado de paz, después de la toma de Ciudad Juárez por los soldados maderistas.

Las facultades concedidas a Carvajal para estos arreglos eran muy limitadas, al grado de que a cada paso tenía que estar consultando a México la contestación que debía dar con respecto a las demandas revolucionarias indispensables para lograr su propósito. Estas dificultades se hicieron notar especialmente, cuando se trataba de dar seguridades con respecto a la renuncia inmediata que tanto el general Díaz como Ramón Corral debían hacer de sus puestos de Presidente y Vicepresidente de la República respectivamente.

Mucho se ha escrito ya con respecto a los tan traídos y llevados Arreglos de Ciudad Juárez, reprobados generalmente por todos los escritores revolucionarios que los han considerado como un grave error del señor Madero, ya que tenían que dar como resultado la continuación de toda la maquinaria política del gobierno dictatorial y más grave que todo se pactó la disolución de los grupos armados maderistas, dejando al viejo ejército porfirista el dominio absoluto de la situación.

Antes de externar mi criterio sobre este penoso asunto, y con objeto de que se vea más claramente el motivo de las críticas que al convenio de Ciudad Juárez se han hecho, aclarando las razones que pudieran tener quienes a él se opusieron y tan duramente lo critican, quiero reproducir en seguida el texto original de tal Convenio, que es como sigue:

 

En Ciudad Juárez, a los veintiún días del mes de mayo de mil novecientos once, reunidos en el edificio de la aduana fronteriza, los señores licenciado Francisco S, Carvajal, representante.... del gobierno del señor general don Porfirio Díaz; doctor don Francisco Vázquez Gómez, don Francisco Madero y licenciado don José María Pino Suárez, como representantes los tres últimos de la Revolución, para tratar sobre la manera de hacer cesar las hostilidades en todo el territorio nacional y considerando:

1º Que el señor general Porfirio Díaz ha manifestado su resolución de renunciar a la Presidencia de la República antes de que termine el mes en curso;

2º Que se tienen noticias fidedignas de que el señor Ramón Corral renunciará igualmente a la Vicepresidencia de la República dentro del mismo plazo.

3º Que por ministerio de Ley el señor licenciado don Francisco L. de la Barra, actual secretario de Relaciones del gobierno del señor general Porfirio Díaz, se encargará interinamente del Poder Ejecutivo de la Nación y convocará a elecciones generales, dentro de los términos de la Constitución, y

4º Que el nuevo gobierno estudiará las condiciones de la opinión pública en la actualidad para satisfacerlas en cada estado, dentro del orden constitucional, y acordará lo conducente a las indemnizaciones de los perjuicios causados directamente por la Revolución.

Las dos partes representadas en esta conferencia, por las anteriores consideraciones, han acordado formalizar el presente

CONVENIO

Único:– Desde hoy cesarán en todo el territorio de la República, las hostilidades que han existido entre las fuerzas del gobierno del señor general Porfirio Díaz y las de la Revolución, debiendo éstas ser licenciadas a medida que en cada estado se vayan dando los pasos necesarios para restablecer y garantizar la tranquilidad y el orden públicos.

Transitorios: – Se procederá desde luego a la reconstrucción o reparación de las vías telegráficas y ferrocarrileras que hoy se encuentran interrumpidas.

El presente convenio se firma por duplicado.

Firmado: Francisco S. Carvajal, rúbrica. – Francisco Vázquez Gómez, rúbrica. – Francisco Madero, rúbrica. – José María Pino Suárez, rúbrica."

Al verificarse una de las reuniones preliminares a la concertación de este convenio, en la pequeña casa de adobe cercana a Ciudad Juárez y junto a la margen nacional del río Bravo, celebrada por el señor Madero para conocer la opinión de sus consejeros sobre el particular, se dejó escuchar la voz de uno de ellos, don Venustiano Carranza, quién en forma enérgica declaró lo que un testigo presencial, el señor Fernández Guell, relata en la siguiente forma:

...de improviso un hombre como de cincuenta años... que desde el principio de la reunión se había situado en un ángulo del local donde la luz de la lámpara no alcanzaba a iluminar, irguió su talla, mostrando su rostro de enérgicas líneas, ornado por una barba luenga y entrecana y dijo: Nosotros los verdaderos exponentes de la voluntad del pueblo mexicano, no podemos aceptar solamente las renuncias de los señores Díaz y Corral... Así, nosotros no queremos ni ministros de estado, ni gobernadores, sino que se cumpla la soberana voluntad de la Nación. Revolución que transa es Revolución perdida. Las grandes victorias sociales sólo se llevan a cabo por medio de las victorias decisivas. Si nosotros no aprovechamos la oportunidad de entrar en México al frente de cien mil hombres, y pretendemos encauzar la reforma por el sendero de una ficticia legalidad, pronto perderemos nuestro prestigio y reaccionarán los amigos de la dictadura. ¿Que ganaremos con la retirada de los señores Díaz y Corral? Quedarán sus amigos en el poder; quedará el sistema corrompido que hoy combatimos; el Interinato será una prolongación viciosa, anémica y estéril de la dictadura. El pueblo nos maldecirá porque por un humanitarismo enfermizo, ahorrar unas cuantas gotas de sangre culpables, habremos malogrado el fruto de tantos esfuerzos y de tantos sacrificios. Lo repito: la revolución que transa, se suicida...

El autor del artículo periodístico en que aparece esta información de Fernández Guell, el señor J. González Bustamante, hace el siguiente comentario que también reproduzco, porque las palabras de su autor traducen todo lo que yo pudiera decir sobre el particular:

...Palabras proféticas que resonarían siempre en mis oídos y que amargamente recordaría Francisco I. Madero en los días luctuosos de la Ciudadela. Las palabras de don Venustiano Carranza. Noble y gran figura de la Revolución de 1910, añoso y robusto roble de la libertad, en cuyo tronco se melló más tarde el hacha del traidor, encontraron eco simpático en el corazón de los rebeldes, pero ya los ánimos estaban inclinados en el sentido de la conciliación... Carranza conocía con profundidad el aspecto histórico y sociológico de México. Sabía que quienes figuraron sirviendo por muchos años al régimen porfirista, pondrían en juego todos los recursos que tuvieran a la mano para conservar sus privilegios… Carranza sabía que aquel ejército iba a voltearle la espalda al señor Madero, como así sucedió salvo honrosas excepciones. Ejército reclutado en las cárceles, o tomado de leva, que volvió grupas ante la fuerza arrolladora de los campesinos que regaron con su sangre los campos de la patria.

El famoso Convenio llamado impropiamente Tratado de Ciudad Juárez, parece en mi concepto una orden dictatorial enviada para su firma al señor Francisco I. Madero, y no la rendición del porfiriato ante la revolución maderista como quieren entenderlo algunos defensores de este grave error del caudillo, mismo que seguramente cometió ante la presión de sus familiares y ante la conducta traidora e inexplicable, con suaves palabras, de Orozco y de Villa. Madero debe haber sentido desfallecer sus energías y terminó por aceptar esta derrota.

Para darnos cuenta del significado que este convenio desastroso tuvo para la Revolución, voy a analizar los principales postulados del Plan de San Luis, para buscar después su comparación con el documento firmado en Ciudad Juárez.

La primera impresión desfavorable que se experimenta al estudiar el Plan es el enterarse de la declaración del señor Madero escrita en tal documento con las siguientes frases: "...hice todo lo posible por llegar a un acuerdo pacífico, y estuve dispuesto hasta a renunciar a mi candidatura, siempre que el general Díaz hubiese permitido a la Nación designar aunque fuese al Vicepresidente de la República..."

Esta transacción propuesta al dictador por el propio señor Madero, parecería increíble si no la hubiéramos visto firmada en tal documento, mismo que nos fue enviado desde San Antonio Texas por nuestros compañeros Francisco J. Múgica y Gildardo Magaña, que fueron a aquella ciudad estadounidense a incorporarse con el caudillo, como miembros del grupo maderista de nuestro pueblo de Zamora, Michoacán. Yo no salía de mi asombro cuando por primera vez leí aquel documento. ¿De suerte que todo quedaría arreglado pacíficamente, con tal de que el dictador hiciera la merced de autorizar que, siguiendo él como Presidente de la República, y naturalmente con toda la camarilla de sus científicos, se permitiera que sólo el Vice–presidente fuera electo por el pueblo...? ¿Y el Sufragio Efectivo y la No Reelección... en qué quedaban...?

Era según las palabras del señor don Venustiano Carranza, una revolución que nacía muerta... Había ofrecido transar con el dictador, aun cuando éste no aceptara el ofrecimiento, y nacía muerta, o se suicidaba al nacer...

Pero sigamos examinando estos documentos históricos: El señor Madero parece alegrarse de este rechazo, y añade: "... ¡tanto mejor! el cambio sería más rápido y más radical..."

Estas reacciones de nuestro caudillo, son útiles para comprender mejor las características de su pensamiento. Por una parte su bondadosa ingenuidad carente de experiencia en nuestro medio político, cuando inspirado en el vehemente deseo de no causar derramamiento de sangre ni otros perjuicios al pueblo de su patria y presionado por el grupo reaccionario de sus familiares incluyendo a su señor padre don Francisco, firmante del convenio y a su abuelo don Evaristo, amigo íntimo de José Ives Limantour; ofrece al dictador un arreglo pacífico, prometiendo retirar su candidatura a la Presidencia, a condición de que el general Díaz permitiera a la Nación la elección al menos del Vicepresidente de la República

Por otra parte hace patente su decidido empeño de continuar la lucha, más enérgica, más rápida y más radical, sin desalentarse por el rechazo que Díaz hizo de semejante ofrecimiento de arreglo pacífico. Publicar su oferta de transacción, cuyos resultados desastrosos no es preciso ponderar, y efectuar esa publicación en el manifiesto en el que se convoca al pueblo de México para que lo siga en una lucha armada contra Porfirio Díaz, es algo que al tener que ser juzgado por quienes profesamos a Madero gran cariño y le tributamos admiración por su abnegada entrega al empeño de morir por sus ideales, sólo puede merecer el piadoso calificativo de una infantil ingenuidad.

Me apena tener que expresarme en tales términos de uno de los hombres más honestos y más sinceros de nuestro movimiento revolucionario que sólo él se atrevió a iniciar, pero he prometido dar mi opinión sin ocultar errores de nuestros hombres y así lo hago con dolor y pena en este caso.

Si se hubiera acordado el arreglo pacífico propuesto al dictador por el señor Madero, suponiendo que en unas elecciones manejadas por el porfiriato se resolviera aceptar triunfante para la vice presidencia al propio caudillo revolucionario, o a cualquiera de sus más allegados partidarios: No es verdad que su papel, rodeado de la camarilla de científicos, sería desairado y ridículo...?

Continuando el análisis del repetido Plan y su comparación con el Convenio de Juárez, obtendremos el siguiente resultado:

El plan en su artículo segundo aclara textualmente: "... se desconoce al actual gobierno del general Díaz, así como a todas las autoridades cuyo poder debe dimanar del voto popular..." y argumenta diciendo: "... porque además de no haber sido electo por el pueblo... ha perdido los pocos títulos que pudiera tener de legalidad cometiendo y apoyando el fraude electoral más escandaloso que registra la historia de México..." A mayor abundamiento, el artículo primero había establecido ya lo siguiente: "... Se declaran nulas las elecciones para Presidente y Vice presidente de la República, magistrados de la Suprema Corte de la Nación y diputados y senadores".

Estas determinaciones equivalían a decretar la desaparición de los tres Poderes y, por lo tanto, el orden constitucional tan invocado en el Convenio, como pisoteado por el porfiriato, no existía ya para la Revolución, que consecuente con lo que había ofrecido al pueblo, no debía tratar con el grupo usurpador, calificándolo como gobierno ni a sus colaboradores como ministros de estado.

El Plan de San Luis había informado al pueblo que la guerra contra el general Díaz tenía por objeto:

...salvar a la patria del porvenir que le espera, continuando bajo su dictadura y bajo el gobierno de la nefasta oligarquía científica, que sin escrúpulo y gran prisa, están absorbiendo y dilapidando los recursos nacionales y si permitimos que continúe en el poder, en un plazo muy breve habrá completado su obra.

 

El señor Madero en el artículo quinto de su Plan dice: "... Asumo el carácter de Presidente Provisional de los Estados Unidos Mexicanos " añadiendo en seguida "... El presidente Provisional convocará a elecciones generales extraordinarias para un mes después..."

Puede notarse que el llamado convenio, se compone de una resolución, pues los considerandos en un documento de esta naturaleza, son por costumbre únicamente circunstancias que se han tomado en cuenta, pero no obligaciones que deben cumplirse; así pues este documento tiene el carácter de unilateral, ya que sólo a la Revolución se le imponen obligaciones.

Estudiando y meditando tanto el Plan de San Luis como el convenio de Ciudad Juárez, éste último contiene en mi opinión, una serie de claudicaciones y de graves errores, que voy a resumir de la manera siguiente: Declarados desaparecidos, como hemos visto, los tres poderes de la unión y nulas las elecciones generales verificadas en los meses de junio y julio de 1910, de acuerdo con el Plan Revolucionario de Madero, el convenio se firma no obstante con el representante de ... el gobierno del señor general Don Porfirio Díaz.

Asume el señor Madero la Presidencia Provisional de la República, según su Plan y el Convenio por su parte acepta que: por ministerio de Ley, el presidente provisional de los Estados Unidos Mexicanos sea el llamado ministro de relaciones porfiriano, Francisco León de la Barra, el más funesto miembro de los que el señor madero llamó en su Plan "... la nefasta oligarquía científica, que sin escrúpulo y a toda prisa está absorbiendo y dilapidando los recurso nacionales..."

He dicho antes que en mi concepto, la total disolución del ejército federal, debía haber sido el primer paso indispensable para poder realizar en México un régimen de justicia social, exponiendo a este respecto opiniones tan respetables como las del general Mariano Escobedo, añadiendo a ellas mis personales argumentos.

El general Francisco L. Urquizo, en su libro Viva Madero nos hace conocer su opinión con respecto al ejército federal, en la siguiente forma: "... Las fuerzas militares de la federación, tiraban a dos extremos divergentes. En la parte superior jerarcas de la vida castrense que estaban maleados y acostumbrados a imponer la sola disciplina de sus personales inclinaciones, en alianza criminal con minorías compuestas por latifundistas y acaudalados a los que no había manera de hacer comprender que la gente del pueblo es eso, gente.

Y por el otro extremo, por plebe inculta y miserable, hombres de ignorancia supina reclutados por medio de la leva más infamante, a los que el servicio militar les era impuesto como puede imponerse la marca de hierro a una bestia...

La opinión del señor Madero es muy distinta y así acepta en el convenio que venimos analizando, que las fuerzas maderistas sean licenciadas; que quienes exponiendo sus vidas se unieron a él para emprender la lucha armada contra Porfirio Díaz, al celebrarse el convenio que pone fin a la lucha, queden desarmados a merced de los federales, que naturalmente resentidos los hagan víctimas de toda clase de humillaciones y atropellos.

El convenio estipula lo siguiente: “...que el licenciamiento de los maderistas armados se efectúe, a medida de que en cada estado se vayan dando los pasos para restablecer y garantizar la tranquilidad y el orden públicos..." lo que de acuerdo con la realidad fue que a medida que llegaban las tropas federales, éstas, con grosería y aires de triunfo desarmaban y humillaban a los maderistas.

Ejemplo vivo de esa animadversión de los federales para con los maderistas fue lo acontecido en Puebla en donde la fuerza federal al mando del general Aureliano Blanquet, realizó la más cobarde de las agresiones contra las fuerzas maderistas que se encontraban reunidas en la plaza de toros de aquella capital esperando el arribo del señor Madero que visitaría la ciudad.

Sin motivo alguno que pudiera servir de explicación del atentado, Blanquet ordenó a sus fuerzas que hicieran fuego de ametralladora contra todos los reunidos en el coso taurino, causando la muerte de muchos hombres, mujeres y niños, víctimas del odio rencoroso del sanguinario federal.

Cuando el señor Madero fue enterado de esta masacre; después de conferenciar con Blanquet y con el jefe de las fuerzas maderistas que ante el ataque sorpresivo no tuvo tiempo de disparar un sólo tiro, se limitó a decir "... desgraciadamente lo que ha pasado ya no tiene remedio... Ya no hay revolución, ya terminó la lucha... Somos hermanos de raza y nos debemos todos a un gobierno legalmente constituido."

Así calificaba el señor Madero al régimen de León de la Barra, Presidente Provisional de la República, que le impuso el porfiriato en el funesto convenio de Ciudad Juárez, que resultó como pronosticara don Venustiano Carranza, entonces secretario de Guerra del señor Madero: "... la tumba de una revolución que se suicida¨.

Diversos grupos maderistas armados, aleccionados por esta cruenta canallada de Blanquet, no consintieron en ser desarmados, prefiriendo remontarse en actitud expectante antes que exponerse a ser víctimas de la cobarde y traicionera venganza de los pelones

Uno de los núcleos más importantes de maderistas que no toleró el desarme fue el de los agraristas morelenses mandados por el general Emiliano Zapata, contra cuyas fuerzas, el presidente hipócrita León de la Barra, envió a los federales mandados por el chacal Victoriano Huerta.

General José Álvarez y Álvarez de la Cadena