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Dom, Feb

Justicia Social, anhelo de México (Capítulo séptimo)

Réplica y Contrarréplica
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LA REBELIÓN DE LOS CAÍDOS

SUBLEVACIÓN DE LOS VIEJOS GENERALES PORFIRISTAS

Creo indispensable recordar a mis lectores, que el arreglo firmado en Ciudad Juárez entre el señor Madero y los representantes del gobierno porfirista, tuvo entre otros graves errores dejar al ejército federal como único sostén de las instituciones y salvaguardia de las vidas mismas de los gobernantes revolucionarios, al desarmar y licenciar a los grupos maderistas.

Desde que dio principio esta rebelión contra Porfirio Díaz, el grupo político del dictador estudiaba al señor Madero con gran cuidado, y así pudo comprobar que su carácter de liberal romántico, no le daría el triunfo como resultado de acciones de guerra; pero al mismo tiempo se dio cuenta de que el pueblo mexicano estaba ya cansado y resuelto a librarse del porfirismo.

Los científicos sabían que la desaparición del señor Madero originaría la búsqueda inmediata de un nuevo dirigente, más hecho a las realidades de nuestro país, y bajo cuyas órdenes las cuantiosas fortunas de los opresores correrían grave peligro y el ejército federal, sostén de toda su organización dictatorial, sería destruido.

De este estudio nació la determinación del grupo porfiriano para conducir la lucha contra la Revolución, evitando en lo posible toda acción militar enérgica que pudiera traer como resultado la confirmación de sus temores; adoptando como mejor solución, una campaña de convencimiento para que el señor Madero, presionado por los elementos porfiristas de su familia, aceptara que lo más fácil y lo más provechoso para la Nación, sería un arreglo pacífico mediante el cual se obtendrían las renuncias de Porfirio Díaz y de Ramón Corral, a cambio de dos concesiones para el porfiriato: el licenciamiento de que ya he hablado y que la revolución se obligara a reconocer como legítimos todos los actos de la administración porfiriana.

Semejante arreglo aceptado por el señor Madero, y que en mi concepto constituyó la derrota del movimiento social, tuvo como resultado que temporalmente dejara de aparecer el nuevo caudillo, organizador de las milicias populares que destruyeran al ejército federal, privando al grupo reaccionario de toda posibilidad de volver al poder.

Los científicos esperaban que una vez desarmados los maderistas y desilusionados los revolucionarios de convicción por este grave error de su caudillo, sería muy fácil conseguir con levantamientos de viejos generales y cooperación de maderistas inconformes, que el señor Madero no llegara a la Presidencia, o pudiera ser fácilmente derrocado si obtenía el triunfo electoral.

Todos los mexicanos no contaminados de obsesión reaccionaria sentimos gran repulsa hacia el cuartelazo de Victoriano Huerta y también a su persona por traidor a la confianza del presidente Madero y a su patria, al confabularse para ejecutarla con el embajador estadounidense Henry Lane Wilson.

La perfidia huertista suscitó un movimiento de indignación al ver nuevamente pisoteado el orden constitucional, pero sobre todo, sentimos tristeza al darnos cuenta de que una vez más Estados Unidos tomaba una patente intromisión en la política nacional. Algo más trágico se dejaba ver en este contubernio de intervención extranjera y militarismo porfiriano, al palpar la alegría regocijada de los reaccionarios clericales y los sectores capitalistas aplaudiendo el crimen.

El empeño fundamental del cuartelazo se descubría así, como destinado a impedir a todo trance que pudiera hacerse realidad el establecimiento de un gobierno de tendencias socialistas, como ya se perfilaba en los vacilantes intentos del señor Madero.

La unión de porfirismo, clero y patrones, se dio cuenta de que, si el presidente Madero no se decidía a actuar, imponiendo reformas de justicia social, otros vendrían inmediatamente tras él para implantarlas, entendiendo claramente que la única forma de evitarlo era anticiparse derrocando al apóstol ingenuo, a fin de substituir su administración con la del grupo militar porfiriano, herido en su orgullo con la derrota de 1911.

Para lograrlo entraron en contubernio Victoriano Huerta y el embajador norteamericano, quienes con el pretexto de la sublevación de los generales porfiristas Aureliano Blanquet, Félix Díaz y Bernardo Reyes, planearon el asesinato de los gobernantes mexicanos, Francisco I. Madero y José María. Pino Suárez.

Mondragón, al frente de dos mil hombres, puso en libertad a los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz –sobrino de Porfirio Díaz– presos desde una asonada anterior.

El plan se puso en práctica el nueve de febrero de 1913. Sus principales ejecutores fueron los generales del viejo ejército, Bernardo Reyes, Félix Díaz, Gregorio Ruiz y Manuel Mondragón, con la complicidad de varios jefes y oficiales que aceptaron cooperar con ellos, haciendo activa propaganda entre la tropa.

Como ya vimos el general Reyes, como jefe del cuartelazo, se dirigió a tomar Palacio Nacional con sus tropas y fue abatido a las primeras descargas. Félix Díaz ocupó su lugar y se encerró con sus hombres en el edificio de la Ciudadela, cuartel y almacén en la zona central de la ciudad de México. En el ataque a Palacio también resultó herido el general Lauro Villar, jefe de las fuerzas leales a Madero. Este lo substituyó entonces por el general Victoriano Huerta en el cargo de comandante militar de la plaza. La Ciudadela quedó sitiada. Huerta no mostró interés en los días sucesivos, en tomar por asalto el cuartel y ni siquiera en impedir que recibiera víveres o abastecimientos o que sus baterías continuaran haciendo fuego y provocando un extraordinario número de muertos y heridos entre la población civil, lo cual aumentaba la tensión general.

El singular sitio terminó a los diez días, acontecimiento conocido como la Decena Trágica, con un acuerdo entre el jefe de los sitiados, Félix Díaz y el jefe de los sitiadores, Victoriano Huerta por el cual se destituía a Madero, se designaba a Huerta Presidente Provisional, se formaba gabinete y quedaba Díaz en libertad de acción para presentar su candidatura a presidente en la próxima elección.

El acuerdo se firmó el 18 de febrero de 1913, en la sede de la embajada de Estados Unidos y con la intervención directa de Henry Lane Wilson, embajador norteamericano.

Ese mismo día fueron apresados Francisco I. Madero y José María Pino Suárez. Al día siguiente renunciaron a sus cargos, bajo promesa de que sus vidas serían respetadas. El 22 de febrero fueron asesinados por sus guardianes en las cercanías de la cárcel de Lecumberri, a la cual supuestamente los conducían para su seguridad.

Esta infame traición, vergüenza de nuestra patria, originó en todo el país un sentimiento de indignación al mismo tiempo que un gran desconcierto político, debido a las circunstancias de apariencia legal que en ella intervinieron. En provincias alejadas de la capital, nuestra estupefacción llegaba al máximo al enterarnos que el Senado de la República, la Cámara de Diputados y la Suprema Corte de Justicia sancionaron con su aprobación mayoritaria la designación del traidor para asumir el poder ejecutivo de la Nación.

A medio siglo de distancia, la situación parece verse muy clara y la exclamación unánime de quienes hasta ahora estudian los acontecimientos, puede resumirse en esta colérica interrogación: ¿Cómo es posible que no se hubieran levantado en armas inmediatamente todos los gobernadores de los estados y con ellos los ciudadanos con dignidad política para arrojar al desvergonzado traidor que en forma tan escandalosa se apoderó de la primera magistratura...?

Ese desconcierto político, ese estado de incertidumbre y desaliento que se apoderó de muchos de los señores gobernadores de los estados; de algunos jefes de fuerzas militares maderistas, y de quienes con ellos colaboraban en menor escala, sufriendo sus consecuencias funestas, fue originado principalmente por errores y claudicaciones, por falta de valor y energía de nuestros mismos correligionarios políticos. Isidro Fabela, en su artículo titulado El Plan de Guadalupe publicado en El Universal diario de la ciudad de México, con fecha 26 de marzo de 1963, dice a este respecto:

 

Cuatro días está preso el Ejecutivo Federal en su propio palacio, y no hay jefe ni oficial que intente liberarlo. Los viejos soldados de línea eran en el fondo sus enemigos, saben que su jefe nato y del ejército, está preso y se cruzan de brazos. Ante la felonía y con el asombro del mundo, el embajador Lane Wilson y los rebeldes Félix Díaz, Mondragón y el traidor Huerta, brindan con champaña por su éxito. Los tres principales culpables y el ejército, aceptan al magnicida como supremo mandatario de la Nación...

Del magnicidio proditorio preparado en la embajada norteamericana fue igualmente coautor Henry Lane Wilson a la cabeza. Un diplomático que se mezcla directamente en los asuntos políticos del país en que está acreditado, falta gravemente a su deber. El fue el instigador del crimen que horrorizó al mundo y específicamente a los presidentes Taf y Wilson. Sin embargo no lo retiraron de su misión diplomática como debieron haberlo hecho... El diplomático beodo fue crudelísimo con la señora Madero que imploró ayuda para su marido.

Mi personal opinión a este respecto es que el gobierno americano estaba plenamente informado de las actividades de su embajador y que era ésta una de tantas combinaciones diplomáticas para suprimir gobiernos latinoamericanos que juzgan indeseables por no convenir a sus intereses económicos.

Estas actividades intervencionistas americanas no tienen nombre publicable, pero no fueron sólo ellos los culpables, también entre los nuestros hubo grandes errores y claudicaciones y debemos valientemente darlos a conocer.

Nuestro Presidente, el apóstol Madero, fue el primer culpable de esta situación. Los funestos Tratados de Ciudad Juárez, que dejaron en pie no sólo al ejército porfiriano sino a la maquinaria política interna de aquel régimen, son el remoto origen de todos estos males. Y posteriormente, la incomprensible resolución del Presidente Madero de entregarse en manos de Victoriano Huerta a quién de sobra conocía como el más allegado al general Díaz. Esto quedó públicamente demostrado por la comunicación que el derrocado dictador envió como despedida a los militares de su ejército, publicada en la prensa de la capital el 8 de junio de 1911 y que dice en parte:

 

...Último documento que firmó el general Díaz. Se trata de un mensaje al ejército que el ex caudillo manda por medio del general Victoriano Huerta, a quién dice al final: Sírvase usted estimado compañero hacerlo presente a sus subordinados y usted reciba para sí un apretón de manos de su amigo y compañero. Porfirio Díaz.

En segundo lugar se hizo patente la conducta hipócrita y malvada que Huerta observó, al ordenar que los regimientos maderistas dieran cargas de caballería contra el edificio de La Ciudadela, para lograr que inevitablemente fueran exterminados por los traidores.

La forma de felonía, traición y maldad observada por Huerta en su llamada campaña contra los zapatistas de Morelos. El entusiasmo radiante desplegado por él mismo para combatir a los rebeldes orozquistas, sólo por tratarse de antiguos revolucionarios maderistas.

Tan claramente conocía estos detalles el señor Madero, que desde el 19 de agosto de 1911 dirigió al Presidente interino Francisco León de la Barra un telegrama relativo a la campaña dirigida por Huerta contra los agraristas morelenses, que dice en parte: "...Tengo datos y fundamentos suficientes para asegurar a usted que el general Huerta está obrando de acuerdo con el general Reyes y no dudo de que su proyecto sea alterar el orden con cualquier pretexto y con fines nada patrióticos. Considero que jefes como Huerta y Blanquet, son los menos apropiados para una misión de paz, sobre todo en este estado..."

Y en manos de Huerta pone el señor Madero, –pregunto yo– ¿la defensa de las instituciones y su vida misma en febrero de 1913...?

A este mensaje respondió Huerta, con su hipocresía característica, en declaraciones suyas que publicó la prensa capitalina el 22 del mismo mes de agosto de 1911, diciendo: "... Declaro como hombre, como caballero y como soldado, que en mi vida he dado motivo alguno para que se me hagan cargos como los del mensaje aludido...“

Su conducta de febrero de 1913 demostró, que no era caballero ni hombre de honor, sino simplemente un miserable traidor.

El día primero de noviembre de 1911 aparecía en el periódico maderista Nueva Era una carta que el señor don Francisco I. Madero dirigió al general Victoriano Huerta, de la que extracto los siguientes párrafos relativos a la campaña que Huerta hacía contra los agraristas del estado de Morelos:

 

Apenas llegó usted a ese estado, fui personalmente para procurar un arreglo pacífico a la cuestión... Aparte de atraer a mi lado a todas las personas de valer, en cualquier sentido, en el ramo militar como en los demás, traté a usted con todas las consideraciones posibles; lo llevé varias veces a comer a la casa donde me alojaba y lo invité a mis paseos por la población, con el deseo de formar lazos de verdadera amistad entre usted y yo. Todo me hizo creer que usted compartía el mismo sentimiento, pues sus atenciones hacía mí y su protesta de amistad y adhesión no podrían dejar duda en mi ánimo. Fue por esa circunstancia precisamente, que me sorprendí de modo tan penoso por el hecho siguiente: Antes de ir a Cuautla, a donde proyectaba marchar a caballo, quiso ir a la capital de la República para conferenciar con el señor Presidente y pocos momentos antes de tomar el automóvil, se me informó que las columnas de usted estaban en marcha con rumbo a Yautepec. Mandé hablar a usted y me aseguró que no era exacto, que únicamente iban sus tropas a hacer ejercicios militares... Pues bien, a mi llegada a la capital de la República supe que me había usted engañado, pues efectivamente habían avanzado sus topas con rumbo a Yautepec. Este movimiento en sí, no hubiera tenido gran importancia si no hubiera sido por haberme usted informado lo contrario. Cuando estaba yo en Cuautla en los arreglos de Zapata, siguió usted avanzando a Yautepec y acercándose a Cuautla, con lo cual entorpeció usted mis gestiones y al fin se rompieron las hostilidades haciendo infructuoso mi esfuerzo y hasta habiendo puesto en peligro mi vida, pues Zapata muy bien hubiera podido creer que yo lo engañaba, porque en Cuernavaca telegrafié que usted no avanzaría sobre Yautepec y después que no se acercaría a Cuautla, habiendo sido todo lo contrario. Respecto a la pericia conque usted dirigió las operaciones, únicamente haré notar que cuando las hordas que venían a juntarse con Zapata entraron a Jojutla y la saquearon, pidieron a usted auxilio los habitantes, y hallándose usted a una distancia que podría haberse franqueado en una jornada de marcha, no dio usted auxilio a aquel pueblo que por tres días fue saqueado e incendiado... Me parece de justicia decir la verdad a fin de que se sepa quién provocó aquella guerra y a quien se debe que no se haya podido lograr un arreglo...

Firmado Francisco I. Madero

¿Y a semejante hombre, –vuelvo yo a preguntar–, entregó el Presidente Madero la defensa de las instituciones y su vida misma en febrero de 1913...? No cabe duda que los hombres que caminan por la vida con el corazón en la mano, renuentes a cultivar espinas y abrojos confiando en los miserables que se les acercan, pecan con frecuencia de bondadosa ingenuidad creyendo sinceros a los hipócritas malvados que se aprovechan de ellos inicuamente.

Funestos errores fueron estos de nuestro Presidente y gran amigo don Francisco I. Madero, origen remoto de la desorientación y el desaliento del vacío de sus amigos a la hora de la tragedia, pero otros hubo en el preciso momento, que fueron más culpables quizá de ese desconcierto que tan funestas consecuencias tuvo para muchos.

Hay que decirlo con sinceridad y con valor. Estamos escribiendo nuestra última impresión de acontecimientos en los que la suerte nos deparó la oportunidad de tomar parte.

No es debido hacer una generalización acusatoria contra todos los elementos del instituto armado porfiriano. Las generalizaciones acusatorias contra determinadas corporaciones, revisten casi siempre un tono de injusticia. En este caso por ejemplo; los individuos de tropa eran pobres hombres sacados de las prisiones o reclutados de leva; llevados al servicio contra su voluntad, no pudiendo por ello imputárseles culpabilidad, toda vez que se convertían en elementos obligados a marchar sin preguntar a donde y a disparar sus armas sin saber contra quien, ante la voz de sus oficiales acompañada con frecuencias de injurias y de golpes.

Hubo, asimismo, un ejemplo de pundonor militar de los generales, jefes y oficiales que se presentaron a sus superiores listos para defender al gobierno constituido durante aquellos días de tragedia: además de permanecer ajenos al cuartelazo, expusieron sus vidas sin más condición que cumplir con el deber.

Mencionaré entre ellos al general Lauro Villar, comandante de la plaza de México, quién recuperó en pocas horas el Palacio Nacional ocupado por los sublevados, resultando herido en tal acción. Recordaré igualmente al general Joaquín Beltrán, íntegro militar que tuvo a su cargo el sector del Castillo de Chapultepec, en donde se encontraba el Heroico Colegio Militar. Es de mencionarse con aplauso la conducta del entonces teniente coronel Juan Manuel Torrea, segundo jefe del Primer Regimiento de Caballería, quien se negó a secundar la rebelión del resto de esa corporación, quedando él leal al gobierno maderista con las fuerzas que pudo conservar a sus órdenes.

Con respecto a la generalidad de los elementos de tal ejército federal, compuesto por tropas a las órdenes de oficiales encastados; es indispensable hacer notar que consideraban al régimen porfiriano como el único legítimo e insustituible guardián de la dignidad nacional y por lo tanto, fue para ellos un crimen el hecho de haber sido derrocado y merecedores, quienes tal hicieron, de ser castigados, sin parar mientes en los procedimientos que tuvieran que emplearse para lograrlo.

No es de extrañar por tanto que la mayoría de ese ejército porfirista, apoyado por clericales y por científicos, preparara con público descaro, desde los primeros días de enero del fatídico año de 1913 el cuartelazo en el que cifraban sus esperanzas, y del cual lo único que no podía precisarse en esos días, era la fecha exacta en que tendría lugar.

A fines de enero, la alarma y la intranquilidad eran ya notorias tanto que en la propia Cámara de Diputados, el grupo de renovadores adictos al régimen, decidieron ir a entrevistar al señor Presidente para hacerle saber que había claras muestras de que estaba próxima la fecha en que estallaría un complot neoporfirista para derrocarlo.

Era tal la determinación del señor Madero para el establecimiento de un gobierno democrático, que ni remotamente pudo pensar en la conveniencia de tomar medidas dictatoriales para dominar a los complotistas.

En su mensaje al Congreso de la Unión en septiembre de 1912, dijo "... si un gobierno tal como el mío no es capaz de durar en México... deberíamos deducir que el pueblo mexicano no está preparado para la democracia. y que necesitamos un nuevo dictador que sable en mano... sofoque los esfuerzos de aquellos que no entienden que la libertad florece solamente bajo la protección de la ley...

No era ese en mi concepto el remedio aplicable. Como yo no pienso formar jamás en las filas de la conspiración del silencio que ordena callar los errores de nuestros dirigentes, aún cuando nos sean dolorosos, los haré notar porque así lo creo útil a nuestro movimiento de reforma social.

Y la conspiración estalló al fin... En un palco del cabaret llamado Academia Metropolitana, conferenciaban, la noche del 8 de febrero de 1913, cuatro altos jefes del ejército federal, dando órdenes para el cumplimiento de los preparativos a fin de que su cuartelazo se consumara.

           

"...estaba fraguándose la aventura mas bochornosa que hubo de suceder a la confianza desmedida que don Francisco I. Madero depositó en aquellos hombres que meses antes lo combatieron con las armas en las manos..."

No se detuvieron ante su propia traición; arrastraron a la vergüenza a los hombres a su mando y hasta minaron la moral de uno de los colegios en que se preparaban oficiales para el ejército... La Escuela de Aspirantes...

Oscura aún la fría mañana del 9 de febrero de 1913, el porfiriato lleno de rabia por la derrota que el pueblo en armas le infirió bajo el mando de un hombre de quien ellos hacían burla, alistaba sus contingentes para la toma del Palacio Nacional, que juzgaban definitiva... En Tlalpan se encontraba establecida la Escuela Militar de Aspirantes, plantel en que debían prepararse jóvenes que al demostrar espíritu militar, pudieran ingresar como oficiales en las corporaciones de línea. Los jefes de dicho plantel lo convirtieron en escuela de traidores, comprometiendo a esos muchachos inexpertos en los primeros elementos que deberían marchar, aprovechando las primeras horas de la mañana, para sorprender a las guardias y adueñarse del Palacio Nacional, en donde esperarían la llegada triunfal de los generales jefes del complot.

En la estación de los trenes eléctricos de Tlalpan, se encontraban desde esa noche dos carros destinados a iniciar el servicio de pasajeros a temprana hora. En el interior de tales carros dormitaban los conductores y motoristas esperando la hora de partida.

Repentinamente una compañía de cadetes de la Escuela de Aspirantes irrumpió precipitadamente en dichos carros y con las armas embrazadas amenazaron a los empleados a fin de que, poniéndose a las órdenes de sus oficiales, marcharan a la ciudad de México hasta arribar al Zócalo. Por la calzada de Tlalpan y con igual destino, marchaba un escuadrón de la caballería de la misma escuela.

Del cuartel de caballería ubicado en Tacubaya, salían para México elementos de tropa montada; y del de artillería de la misma localidad, dos baterías de campaña con sus oficiales y tropa de servicio.

El general Gregorio Ruíz, mandando uno de los grupos armados acompañado de un coronel anónimo, va en son de conquistador a tomar parte en el ataque. Todavía la Plaza de la Constitución era conocida como el Zócalo y lucía sus árboles añosos y deshojados frente a la Catedral.

Los primeros en llegar al lugar a bordo de los trenes, fueron los contingentes de Aspirantes que descendieron rápidamente para, ante la sorpresa de las guardias que fueron luego desarmadas y substituidas por elementos a las órdenes de los sublevados, penetrar por las principales puertas de Palacio.

Una sección de dichos Aspirantes marchó a la Catedral y escalando las torres colocó en ellas elementos que deberían estar listos para disparar sobre quienes pretendieran defender el Palacio Nacional.

Los generales Gregorio Ruíz y Manuel Mondragón al frente de las caballerías y de la artillería que salió de Tacubaya, llegaron a la prisión militar de Santiago Tlatelolco para libertar al general Bernardo Reyes que se encontraba preso después de su fallido intento de rebelión. Sin dificultad alguna obtuvieron la liberación de Reyes Y éste salió a saludarlos y a montar un brioso caballo llevado ex profeso.

Por órdenes de Reyes marcharon desde luego a la penitenciaría, para demandar la libertad del general Félix Díaz, prisionero igualmente, después de su comedia de sublevación en el Puerto de Veracruz. Con igual resultado pudo incorporarse desde luego a la fuerza rebelde y montar el caballo que también para él venía prevenido.

Organizada rápidamente la columna, marcharon con rumbo al Palacio Nacional, que como el general Gregorio Ruíz se había encargado de informarles, se encontraba ya en poder de los cadetes Aspirantes.

Mientras esto acontecía, el general Lauro Villar, comandante de la plaza de México, era informado en su domicilio de tales acontecimientos y salió presuroso en traje de civil, acompañado de un amigo suyo de apellido Malagamba, dirigiéndose al cuartel de San Pedro y San Pablo que estaba ocupado por tropas leales. Tres oficiales y ochenta y cuatro individuos de tropa, la mayor parte nuevos reclutas, componían aquella fuerza que el general Villar organizó con premura; informó a los oficiales de la sublevación ocurrida y ordenando se municionara a la tropa a razón de doscientos cartuchos por plaza, marchó con ellos silenciosamente, divididos en dos hileras de dos en fondo por cada una de las aceras de la calle de El Carmen.

El general Villar, el capitán Aldama y el señor Malagamba, marchaban por el centro de la calle. El general ordenó: Vamos a tomar el Palacio Nacional, que está en poder de los sublevados cadetes de la escuela de Aspirantes. Les vamos a caer por sorpresa... No nos esperan, ni menos por la retaguardia..." Marcharon los leales al mando del general Villar al cuartel de Zapadores, en el cual se encontraba el entonces teniente coronel Juan Manuel Torrea, al frente de un escuadrón del primer regimiento de caballería, leal al gobierno y rindió al general su parte de novedades en los siguientes términos:

"... Las guardias de las puertas de Palacio que daba el 20 batallón y que fueron desarmadas por los Aspirantes, han vuelto a ser armadas y siguen de guardia. Los Aspirantes en desorden están en el patio central. Mi escuadrón del primero de caballería, listo para todo servicio. Usted ordena, mi general..."

El cuartel de Zapadores tenía una puerta trasera que comunicaba con el jardín del Palacio Nacional, la que había sido atrancada con gruesas vigas desde tiempo atrás. El general Villar ordenó que tal puerta fuera derribada y mientras esta operación se ejecutaba, que las fuerzas al mando del teniente coronel Juan Manuel Torrea se colocaran en el zócalo, junto a la tienda llamada La Colmena dando frente a la Catedral, con sus caballos a mano y las armas embrazadas dispuestas a combatir en cuanto fuera necesario.

Derribada la puerta de comunicación entre el cuartel de Zapadores y el jardín posterior de Palacio, el general Villar con sus tropas penetra a paso veloz, desarma las guardias y sigue hasta el patio central, en donde los cadetes sublevados se encontraban sin haberse dado cuenta de la entrada de las fuerzas leales.

El general Villar con la pistola amartillada, se acerca a los cadetes y ordena con voz enérgica: A ver esos aspirantes ... a formar. ¡Viva el supremo gobierno! ... Sorprendidos y desorientados aquellos pobres muchachos, aprendices de traidores, ejecutan temblando la orden de formar y el general repite ... por la derecha, numeración por cuatro ... emballoneten armas... ya desarmados, casi sin darse cuenta de lo que ejecutaban ante la voz varonil y enérgica de un verdadero militar, vuelven a su formación. Una nueva orden se deja oír entonces con voz tronante: ... por el flanco derecho doblando... hileras a la derecha... ¡Marchen! Y así los conduce el general, marcándoles el paso hasta hacerlos entrar en las caballerizas de Palacio. Se dirige entonces al capitán Aldama que le acompañaba y le ordena: ...Ponga usted aquí una guardia, con instrucciones de que haga fuego sobre estos mequetrefes, si intentan salirse... el resto de la fuerza pónganla en la banqueta de palacio, dando frente al Zócalo... Pecho a tierra... dispuestos a combatir...  

Así volvió aquella mañana del 9 de febrero de 1913, al poder de los leales el Palacio Nacional, aun cuando para ser en pocos días después, teatro de la traición del general Victoriano Huerta.

Pronto aparecieron por las calles de La Moneda las fuerzas sublevadas al frente de las cuales marchaban los generales Gregorio Ruíz, Bernardo Reyes, Manuel Mondragón y Félix Díaz, creyendo encontrar el Palacio Nacional aún en poder de los cadetes de la escuela de Aspirantes, como se les había informado.

Al estudiar la actuación militar de sublevados y fuerzas leales, haré notar las innumerables equivocaciones, errores y deficiencias de unos y otros, siempre con la idea de que mis relatos tengan alguna utilidad para quienes en lo futuro pudieran verse en situaciones parecidas.

Diré por lo pronto que aquella columna de traidores, con generales experimentados a la cabeza como Reyes y Ruíz, no tuvo en cuenta ni siquiera las elementales precauciones de adelantar observadores, exploradores o espías que pudieran confirmarle si el Palacio Nacional estaba realmente en poder de las tropas sublevadas o cuál era la situación reinante. Por el contrario, cometiendo lo que entre militares llamamos reclutadas; es decir, equivocaciones y omisiones propias de novatos, se adelantaron por las calles de La Moneda, hasta las puertas mismas de Palacio; y lo que es peor, llevando al frente a quienes se suponían jefes de las sublevación: Los generales Gregorio Ruíz y Bernardo Reyes, por lo que tuvo que ser este último, la primera víctima de semejante descuido.

El general Villar, hombre valiente, enérgico y leal, sereno y tranquilo esperaba la aparición de las tropas sublevadas de cuya proximidad fue avisado con oportunidad. Los rebeldes, suponiendo que el Palacio se encontraba en poder de sus fuerzas, marchaban por la calle de La Moneda, en dos fracciones: La primera al mando del general Gregorio Ruíz compuesta de las caballerías del primer Regimiento que secundaron en parte la infidencia; además el escuadrón de caballería de la escuela de Aspirantes y algunas otras tropas de igual arma que tomó del cuartel de Tacubaya.

La segunda fracción, más que de tropas, se componía de una turba de civiles aristócratas de bombín, clericales y vagos que apiñados en desorden junto al caballo que montaba el general Reyes, gritaban vivas, como si asistieran a una manifestación política, sin peligro alguno de combate. Se mezclaban entre esta desordenada multitud, algunos reservistas de los que Reyes había hecho adiestrar en sus días de poder.

La primera fracción, con el anciano y obeso general Gregorio Ruíz a la cabeza, apareció entrando al zócalo, en formación de cuatro en fondo cual si estuviera para tomar parte en una parada de días festivos, y por ello, imposibilitada para combatir con eficiencia en caso ofrecido.

Entró al zócalo por la calle de La Moneda y sin los elementales requisitos de seguridad que sólo olvida un recluta, llegó hasta las puertas de Palacio, encontrándose de manos a boca con el comandante militar, quien acompañado de dos ayudantes los esperaba serenamente. No debemos olvidar que este jefe había ya colocado parte de sus tropas, pecho a tierra sobre la banqueta de frente a Palacio, listos para combatir.

El general Ruíz, dirigiéndose al general Villar y posiblemente creyéndolo su partidario, le dijo...Lauro, estamos levantados contra el gobierno... ¿Estás con nosotros...? Sin decir palabra, el general Villar dio unos cuentos pasos para acercarse lo más posible al caballo que montaba Ruíz, y con firmeza y resolución imponentes, le grita: Estoy con el supremo gobierno y tú eres mi prisionero... Apéate...

A pesar de llevar el general Gregorio Ruíz una regular fuerza de caballería, aun cuando inutilizada prácticamente para combatir por la torpe formación de cuatro en fondo que se le había asignado; ante la enérgica actitud del general Villar, Ruíz bajó trabajosamente de su caballo y con voz humilde contestó: ...Muy bien Lauro... Soy tu prisionero...

Se procedió a conducir al general Ruíz a la guardia en prevención dentro de Palacio, donde permaneció con dos centinelas de vista. El coronel jefe del primer regimiento de caballería que como parte de su corporación acompañaba como sublevado al general Ruíz, fue llamado por el general Villar, pero a este llamado contestó lanzando una injuria soez contra el comandante militar y picando espuelas, escapó a toda carrera seguido por sus soldados. El general Villar en el mismo momento, dio orden de romper fuego sobre los que huían, que dejaron en el zócalo, varios hombres y caballos muertos o heridos. A la escapada del enemigo, los leales reciben orden de hacer alto al fuego.

Pocos momentos después aparecía la segunda fracción, al frente de la cual y en el desorden y pelotera que dejé descritos, va el general Bernardo Reyes jinete en muy brioso caballo, dando la impresión de convite de circo más que de fuerza en rebelión. Llega por la misma calle de La Moneda, y con igual falta de precauciones se acerca hasta las puertas de Palacio.

Ni siquiera el tiroteo que hizo huir a los soldados del primer regimiento deben haber escuchado los componentes de la comitiva de Reyes, ante la gritería de sus acompañantes políticos y vagos profesionales que los vitoreaban.

Avisado a tiempo el general Villar, de la llegada de esta nueva partida de sublevados, ordena a sus soldados... Listos para entrar en combate muchachos... Al ver el general Reyes que quien sale a su encuentro es Lauro Villar, pretende derribarlo echándole el caballo encima, al mismo tiempo que le grita: ... ríndase general Villar...

Esquivando hábilmente las embestidas del caballo de Reyes que sigue tratando de atropellarlo, el general Villar da orden a sus soldados de hacer fuego. Truenan ametralladoras y fusiles de los leales y el infortunado general Bernardo Reyes cae materialmente partido por mitad, a causa del fuego de una de las ametralladoras que lo destroza. Junto a su cadáver, multitud de aquellos pobres inocentes que lo siguieron y que iban en su mayor parte desarmados, llenaron la plaza del zócalo con muertos y heridos, que junto a caballos y soldados del grupo anterior, daban a aquel lugar un aspecto de verdadero campo de batalla. En mitad de la calle y precisamente frente a la puerta de Palacio queda empapado en su propia sangre, el cadáver de quien en otro tiempo fuera el respetable y prestigiado general Bernardo Reyes....

El general Lauro Villar, triunfante contra los traidores, con el cuello atravesado por una bala enemiga y con la clavícula destrozada, trata de contener oprimiéndola con un pañuelo, la abundante hemorragia que mana de su herida. En su puesto lo encontrará poco después el señor Presidente Madero para felicitarlo calurosamente por su heroico comportamiento, pero... también desgraciadamente para cometer el peor de sus errores, al designar como substituto del general Villar como comandante militar de la Plaza de México, al nefasto chacal Victoriano Huerta que estaba en acecho de tal oportunidad que facilitaría la consumación de su traidora maniobra.

Y entre tanto, preguntaran como yo mis amables lectores ¿por dónde andaba el bizarro general don Félix Díaz? Tomando parte en la entrada triunfal de La Ciudadela, lograda a base de otra de las mil acciones de asquerosa felonía ejecutadas por oficiales del ejército federal.

Tan pronto como recibió el señor Presidente Madero la noticia de que el Palacio Nacional se encontraba en poder de fuerzas leales, alistó su acompañamiento para marchar a caballo de Chapultepec al recinto oficial del ejecutivo, con objeto de estar pendiente del desarrollo de las operaciones militares contra el resto de los sublevados.

Acompañado de sus ayudantes, los capitanes Montes y Vázquez y escoltado por tres compañías de cadetes del Heroico Colegio Militar, que reafirmando el glorioso prestigio de lealtad inquebrantable que enorgullece al nido de aguiluchos, le formaron un cuadro de protección; marchó esta histórica comitiva, sin medir el peligro; el Primer Magistrado empuñando una bandera nacional que entregó emocionado a un hombre del pueblo; de su pueblo, que al verlo por el Paseo de la Reforma, sonriente y confiado, ir al cumplimiento de su deber sin vana ostentación, lo aclama con delirio en aquel domingo de ramos de la Revolución Mexicana, en el cual, el iluminado de Parras, va al lugar en que lo encontrará en breves días la infamia de quienes él consideró capaces de entender su noble gesto de perdón.

Con las precauciones del caso, la comitiva marchaba haciendo altos cuando los ayudantes presidenciales lo aconsejaban necesario con objeto de hacer exploraciones para darse cuenta de la posible aparición de fuerzas enemigas. Su hermano Gustavo y el general Victoriano Huerta, se unen a la comitiva durante el trayecto y tras breve estancia en la fotografía Daguerre, desde cuyas ventanas arenga a la multitud que lo sigue, continúa su camino hasta llegar al Zócalo, frente a Palacio Nacional.

Aquella Plaza de La Constitución, cubierta de hombres y de caballos muertos, hace decir al señor Madero, dirigiéndose a alguno de sus acompañantes: ...Conste que yo hice todo lo posible por evitar esto...

Durante la estancia del Primer Magistrado en la fotografía Daguerre, en cuyo lugar se unió también a la comitiva presidencial el general ingeniero Ángel García Peña, secretario de Guerra y Marina, el general Victoriano Huerta se acerca al señor Presidente y le dice: ...Señor Presidente creo que ya le habrán informado a usted de la muerte del general Bernardo Reyes y de que, en la refriega frente al Palacio, resultó herido el general Lauro Villar ...No es nada grave según parece le dieron un balazo en un hombro, pero de todas maneras creo tendrá que retirarse, no podrá continuar así, yo estoy a sus órdenes.

Descarada manera de Huerta para solicitar el nombramiento de comandante militar de la Capital, que el jefe de la Nación se apresura infortunadamente a otorgarle diciendo: general Huerta, hágase cargo de la comandancia militar de la plaza... y usted general García Peña, tome nota de esta nueva comisión encomendada al general Huerta...

No fue por tanto el secretario de Guerra quien designará a Huerta para tal encargo, como lo asienta el escritor maderista Alfonso Taracena, sino el propio señor Madero quien, en tal momento y con aquella orden, firmó su sentencia de muerte. La oportunidad de lograr ese nombramiento que facilitaría sus propósitos de traición, venía siendo buscada afanosamente por Huerta desde tiempo atrás.

Por otra parte, el general García Peña, hombre incapacitado por su carácter para el puesto de secretario de Guerra que en mala hora se le confirió; hombre de carácter débil y vacilante, sin preparación adecuada para el mando de tropas en combate, y que había sido humillado por el propio Huerta no tomándolo en serio como superior, ya que acordaba directamente con el señor Presidente todos los asuntos a su cargo en la campaña del Norte; no se hubiera atrevido a hacer semejante designación, sin la orden expresa y de la completa satisfacción del primer Magistrado.

Conocía el señor Madero con claridad absoluta la clase de hombre que era Huerta. Lo tenemos ya confirmado de distintas maneras aun por las palabras mismas del jefe de la Revolución; pero esto que hace inexplicable su empeño de ponerse en manos de tal hipócrita traidor, sirva sólo para confirmar mi opinión de que el señor Madero, como el iluminado del mito cristiano, estaba empeñado en recibir a Judas con los brazos abiertos, a ciencia y paciencia de que vendría a traicionarlo.

Antes de esos acontecimientos – al medio día del 7 de febrero de 1913– el general federal José Delgado, agradecido al señor Presidente por haberlo rehabilitado de proceso injusto, y empeñado en conservar incólume su honor militar, ocurrió al despacho de Sánchez Azcona para asegurarle con firmeza, que sin lugar a dudas se verificaría en esos días una rebelión de elementos del ejército federal y que habiéndole creído su partidario, lo invitaron a tomar parte de ella los mismos organizadores del cuartelazo. Cuando Sánchez Azcona informó de esta confidencia al señor Madero, una vez más –dice el secretario particular del Presidente: “...rechazó con disgusto las versiones que le llevé...”

El empeño de no creer lo que puede decirse que casi estaba viendo, era en el señor presidente casi una obsesión; un verdadero complejo de amor al sacrificio de la vida, quizá con la íntima convicción de que sólo regando con su sangre el suelo de la patria, podría rendirla de la dominación cuartelaria a la que el neoporfiriato pretendía volver a sujetarla.

Como ya vimos al llegar frente a la puerta de honor del Palacio Nacional, encontró el señor Madero al general Lauro Villar, quien llevando el saco empapado de sangre y tratando en vano de detener oprimiendo su herida con un pañuelo la abundante hemorragia que sufría, se acercó para rendir al Primer Magistrado el parte de novedades en la forma siguiente: ... Hemos recuperado el Palacio Nacional, y hemos rechazado a los traidores,...Murió el general Reyes y tengo prisionero al general Gregorio Ruíz.

El señor Madero elogió calurosamente el valor y la audacia con las que había procedido el comandante militar de la plaza, pero le indicó que debería ir a curarse y que ya había designado en su lugar al general Victoriano Huerta para que se hiciera cargo de la Comandancia...

Muy bien, señor Presidente... contestó el general Villar, y dirigiéndose a Huerta le dijo: ... Mucho cuidado Victoriano... Exhortación nacida seguramente de las muchas denuncias que durante su gestión como comandante militar de la Plaza había recibido respecto a los propósitos de Huerta para apoderarse de la Presidencia de la República traicionando al señor Madero.

Instalados en el Palacio Nacional, el señor Presidente y sus secretarios; muerto el general Bernardo Reyes y prisionero el de igual grado Gregorio Ruíz, nos quedan por analizar los hechos ocurridos al apoderarse Mondragón y Félix Díaz del viejo caserón, depósito de armas y de parque, conocido con el nombre de La Ciudadela.

Así se denominaba en épocas remotas "Un recinto de fortificación permanente, construido en el interior de una plaza, que servía para dominarla, o bien como último refugio de su guarnición..." Ninguna de estas características ha tenido nuestra llamada Ciudadela.

Construida en la época colonial, cuando el lugar en que hoy se encuentra estaba en despoblado y bien lejos de poder dominar o servir de refugio a la capital del Virreinato de la Nueva España, ocupaba y sigue ocupando todavía una manzana completa de la cual gruesos muros de piedra forman galerones de depósito de armamento y parque de todas clases, de los que en 1913 se almacenaban grandes cantidades; habitaciones y oficinas, amplios patios, y cuando fue construida, se la rodeo de un foso que le daba la apariencia de una verdadera fortaleza.

Nido de conspiradores y refugio de asaltantes del poder; su historia está ligada a la tormentosa época de nuestra patria en la que estos acontecimientos eran el pan nuestro de cada día. En ella estuvo prisionero el gran héroe michoacano de nuestra guerra de independencia don José María Morelos y Pavón y de ella fue sacado, el 22 de diciembre de 1815 para ser conducido a San Cristóbal Ecatepec, lugar de su fusilamiento. En una de sus últimas jornadas, estuvo prisionero en Tlalpan, y en la fachada de la casa que lo alojó existe una placa en la que puede leerse una emocionada evocación debida a la pluma del poeta Luis G. Urbina, que dice así:

... Esta fue tu prisión, ¡oh gran soldado! ... por el crimen de habernos liberado...

Y hoy quienes maldijeron su actuación; lo llamaron hereje y traidor a su patria y a su Rey (?), y rasparon sus manos para quitarle la consagración sacerdotal, tratando de humillarlo... Pretenden vanagloriarse de que el más grande de nuestros héroes de la Independencia haya sido un cura católico... Oh... Nuestros tiempos ecuménicos...

La Ciudadela por otra parte, ha prestado su nombre a iniciadores de turbonadas, planes, rebeliones armadas, reformas a las leyes hechas a fuerza de los cuartelazos; y rara vez, a quienes cumpliendo con su deber, supieron salvar o sostener al gobierno constituido.

En el año 1840, por ejemplo, fue cuartel general de las tropas reunidas para salvar al Presidente de la República que se encontraba prisionero en Palacio. También en 1845, el general Pedro García Conde, organizó en la ciudadela la columna que habría de proteger al Presidente general Herrera, prototipo de honradez, que había sido hecho prisionero por uno de sus generales.

En el año de 1846, la Ciudadela fue teatro del pronunciamiento del general Salas, con una parte de la guarnición y de la última brigada que debería haber marchado a la guerra de Texas.

En el año de 1871, ocurrió en ese edificio la rebelión llamada de La Gendarmería, que encabezaron los generales Negrete, Pontones, Cosío y Toledo, contra el señor Presidente Juárez, haciendo que se unieran a ellos los presidiarios de la Cárcel de Belén, como habían de repetirlo los traidores de 1913. Esta asonada fue acribillada materialmente en pocas horas por el valiente general Sóstenes Rocha, quien arremetió contra los sublevados, llevando a sus tropas con bayoneta calada para entablar un combate cuerpo a cuerpo que dio como resultado la derrota total para la insurrección.

En la traición de 1913 estaba reservado a este funesto caserón con pretensiones de fortaleza, ser testigo de la más sucia y vil de las maniobras ejecutadas por oficiales del ejército federal.

Cuando los generales sublevados, Félix Díaz y Manuel Mondragón se dieron cuenta del fracaso que sufrió su pretendida entrada al Palacio Nacional; tras de la muerte del general Bernardo Reyes y la prisión del general Gregorio Ruíz, emprendieron con el resto de las tropas a sus órdenes, precipitada fuga para ir a refugiarse a la Ciudadela.

No se verificaron en realidad preparativos ni maniobras que revelaran la intención de emprender un combate para apoderarse de un recinto fortificado. Fue en mi concepto, la huida a un lugar cuya captura estaba convenida; ya sabían los rebeldes que la escasa guarnición parapetada en las azoteas con el engaño de tener que combatir a los atacantes, sería villana y cobardemente asesinada por la espalda. En efecto, si con desapasionado interés estudiamos los pormenores de aquel simulacro de ataque, llegaremos al convencimiento de que todo estaba dispuesto de antemano para la entrada triunfal de los traidores.

Principiaremos analizando los dispositivos de defensa acordados por el alto mando, ya en manos del traidor Victoriano Huerta que se había hecho nombrar comandante militar de la plaza. Y primero que nada descubriremos qué elementos de guerra había almacenados en aquel lugar y con qué cantidad de tropas pretendía ser resguardada.

Según el inventario practicado por los mismos traidores, fueron recogidos de aquellos almacenes los siguientes pertrechos: cincuenta y cinco fusiles; treinta mil carabinas; veintiséis millones de cartuchos; trece mil granadas y ciento veinte ametralladoras; cuarenta cañones de diversos calibres con abastecimientos de granadas en profusión.

¿No era de esperar que dados los constantes informes alarmantes que el alto mando recibía diariamente respecto a la preparación ostensible de un cuartelazo, aquel depósito de tal cantidad de elementos de guerra fuera el que con mayor cantidad de tropas elegidas entre las de mayor confianza, estuviera custodiando...?

No obstante eso, la guarnición de la Ciudadela estaba compuesta únicamente por el escaso número de soldados de línea que trabajaban en sus diversas dependencias, tales como la maestranza, los talleres y las oficinas. Cerca del medio día del domingo 9 de febrero en que esta rebelión ocurrió y ya designado comandante militar de la Plaza el general Victoriano Huerta, se verificaron los siguientes movimientos en aquel recinto: El inspector de policía, Emiliano López Figueroa llevó a dicho puesto algunos cientos de gendarmes de La Montada que había sido desarmada por los sublevados, para que armados de nuevo, reforzaran a los federales. Designó al general Manuel P. Villareal que era mayor de ordenes de la plaza, para que dejando ese puesto asumiera el de jefe del punto en la Ciudadela, substituyendo al general Rafael Dávila, que quedaría como su segundo en el mando. Se designaron igualmente dos oficiales federales, para que, con el personal de servicio indispensable se hicieran cargo de las dos únicas ametralladoras que se colocarían en el centro de la azotea con la supuesta misión de ayudar a defender aquel sitio.

Necesitaba Huerta un mayor de ordenes de toda confianza y para alejar al general Villareal que desempeñaba ese puesto, nada mejor que designarlo como jefe de aquel lugar de tanta importancia militar, aun cuando con tan escasa guarnición.

Villarreal organizó lo mejor que pudo sus escasos elementos de tropa parapetándolos tras los pretiles de las azoteas, dispuestos a rechazar el ataque que los sublevados harían viniendo por las calles que a tal lugar desembocan. Con sus armas listas rodeaban aquellas posiciones dando la espalda al centro de la azotea en donde previamente se habían apostado los dos oficiales federales que con su personal de tropa de servicio atendían las dos únicas ametralladoras que fueron destinadas a la defensa de aquella ubicación.

Atropelladamente, las tropas al mando de Díaz y Mondragón, llegaban a la esquina de las calles de Bucareli en donde se encuentra sobre una columna monumental, el reloj público que existe aun. Con gran escándalo procedieron los traidores a colocar su artillería apuntando a los muros de la Ciudadela, disparando desde luego sus primeras descargas contra las tropas que se encontraban en la azotea.

Tan pronto como esto aconteció, los oficiales federales a cuyo cargo estaban las dos ametralladoras emplazadas en el centro de aquella pretendida defensa, voltearon la puntería de sus armas, para dispararlas contra su jefe y contra sus propios compañeros que les daban la espalda. Era el momento en que el general Villareal observaba con sus catalejos los primeros movimientos del enemigo, apuntando sus armas contra el lugar de concentración de los felixistas Cobarde, sucia y traidoramente, los oficiales encargados de las ametralladoras asesinaron a mansalva a su jefe y a sus supuestos compañeros, que no pudieron ni tan sólo darse cuenta de que eran esos propios compañeros quienes llenándose de lodo y de inmundicia los traicionaban asesinándolos por la espalda.

Ya no fue necesario esperar más; el toque de alto al fuego resonó en el recinto maldito y el general Manuel P. Villareal agonizante, pudo apenas dirigir a su leal asistente en cuyos brazos expiraba, estas palabras: ... ¿Quién mandó hacer alto al fuego...? Deberían al menos haber esperado a que yo acabara de morir para rendirse...

El resultado no se hizo esperar; muerto el jefe y casi todos los soldados y gendarmes que lo acompañaban; tras ese sucio y cobarde asesinato por la espalda, se había mandado a tocar alto al fuego, por orden de quienes estaban comprometidos en la maniobra. Se izaron banderas blancas, signo de rendición, y se mandaron abrir las puertas para que los felixistas entraran en aquel lugar en el que fueron recibidos como vencedores en un combate que en realidad no se había verificado.

Con la petulancia y fatuidad características de los cobardes, cuando la traición o la casualidad los lleva a ocupar un lugar de aparente triunfo, marchó aquella pareja de traidores rodeados de ratas de sacristía, aristócratas de bombín y vagos de pulquería, a instalar en la Ciudadela sus despachos, considerándose ya dueños del poder. Su primer cuidado al conocer el escaso valor combativo de su chusma de porfirianos, fue tratar de que los criminales, prisioneros en la muy cercana cárcel de Belén pudieran escapar para incorporarlos a sus huestes.

La artillería felixista bombardeó inmediatamente los muros de aquella cárcel y abierto el boquete que pudo darles salida, unos criminales se incorporaron a otros para formar así un ejército digno de los traidores que los mandaban. En las covachas de La Profesa y en la sacristía de la Catedral, el arzobispo y todos los miembros del alto clero, avisados a tiempo, se encontraban implorando de sus ídolos protección para lograr que la nación Mexicana cayera nuevamente en poder de sus explotadores.

¿Puede esto llamarse con propiedad el triunfo de un combate para lograr la toma de la Ciudadela...? Yo sólo puedo calificarlo como una asquerosa y pestilente traición, muy propia de quienes estaban resueltos a recuperar el poder a toda costa. Convencidos de antemano. Según lo demuestran los hechos ocurridos, que ya no tocaba a los sublevados sino esperar que Huerta viniera a cumplir su compromiso de entregarles el poder.

La conducta de los diputados maderistas, inexplicable para quienes desempeñábamos en lejanas provincias algunos puestos públicos, fue de las causas más graves de nuestra desorientación.

Con relación a esta conducta del poder legislativo, el licenciado Isidro Fabela dice, en el artículo que me ha venido sirviendo de guía, lo siguiente:

... Las renuncias de los más altos funcionarios del país no debieron nunca haberse presentado. Fueron obtenidas por la amenaza y la fuerza. La responsabilidad del ministro Lascurain, es inconclusa y fatal. El general Juvencio Robles lo amenazó para que entregara a la Cámara de Diputados las renuncias y las presentó cuando había prometido al señor presidente Madero, no presentarlas hasta que él estuviera lejos de la patria. El miedo lo impulsó a no cumplir su solemne compromiso. Juvencio Robles fue el actor de dicha coacción. ... La Cámara una vez presentadas tales renuncias, fue culpable de haberlas aceptado.

En la provincia, los funcionarios maderistas, desde el gobernador hasta el último de sus colaboradores, estuvimos desconcertados por esta conducta. La noticia de que la Cámara de Diputados había aceptado tales renuncias, con los votos aprobatorios de todos los diputados maderistas, nos dejaba totalmente desorientados. Sólo quienes vivimos esos momentos en funciones de autoridad, podemos ahora entender nuestro asombro. La prensa capitalina totalmente favorable al usurpador daba plena categoría de legal a la situación que se presentaba. Sólo los diputados del gran Partido Liberal Mexicano, negaron su voto a la admisión de esas renuncias. ¿Y los diputados maderistas, nos preguntábamos, porqué las aceptaron...? ¿Será posible, como nos cuenta la prensa, que el mismo señor Madero se los haya pedido así? No podríamos explicárnoslo de otra manera.

Los cinco diputados del Partido Liberal, que exponiendo su vida, con gran valor negaron su voto a esa admisión de las renuncias, fueron: Luis Manuel Rojas, que posteriormente lanzara aquel histórico y valiente Yo Acuso, en el que desenmascaró al embajador Lane Wilson; el licenciado Francisco Escudero; don Leopoldo Hurtado y Espinosa; don Alfonso G. Alarcón; y don Manuel E. Méndez. Ellos sí cumplieron con su deber de liberales mexicanos, con un valor que los llena de gloria.

Buscamos los provincianos noticias que nos hablaran de la conducta de los nuestros: Félix F. Palavicini, Alfonso Cravioto y tantos otros amigos , que siendo como los conocíamos maderistas convencidos, se unieron con su voto aprobatorio a la mayoría reaccionaria que odiaba al señor Madero. La Suprema Corte de Justicia siguió el mismo camino, legalizando la usurpación.

Por eso, en mi concepto, los más gravemente culpables de tantos males, de tanta vacilación y tanto desaliento al conocer que nuestro primer mandatario y su gabinete estaban prisioneros de Huerta, fueron los diputados maderistas al aceptar sin explicación y sin reservas las renuncias arrancadas por la fuerza y encontrándose prisioneros los primeros mandatarios, sin esperar siquiera a que saliendo del país pusieran a salvo sus vidas.

Afortunadamente para México, la repulsa se convirtió en movimiento armado, y acabó en diecisiete meses con el poderoso ejército, que dijo Huerta haber logrado formar en sólo ese tiempo, quedando así libre el camino, para que la anunciada justicia social para el pueblo trabajador se hiciera realidad. ¿Cómo aconteció tal cosa?

Obró como factor principal para lograrlo, la inteligente y enérgica actitud de un hombre que conocía muy bien las serias dificultades, nacionales e internacionales, que se opondrían a su intento, pero que con astucia y con valor se enfrentó al problema, unificó los brotes de indignación nacional y después de que todos los elementos en un principio dispersos, al reconocerlo como jefe militar destruyeran al ejército federal, se vio obligado a continuar la lucha, ahora contra las fuerzas villistas que por intrigas políticas lo desconocieran.

Se hizo la luz para nuestro México, al escuchar una voz varonil y enérgica que protestaba entre tanto desconcierto, cuando muchos vacilaban y no sabían qué hacer, señalaba el camino del honor con índice de fuego.

Era la del gobernador de Coahuila don Venustiano Carranza, pidiendo a todos los hombres de honor que se unieran a él, para derrocar por la fuerza de las armas a Victoriano Huerta y a su llamado Gobierno legal, para volver así a México al orden constitucional interrumpido por el cuartelazo del traidor, instrumento de la intriga internacional americana.

De esa manera quiero hacer resaltar el mérito indiscutible de aquel gran hombre, Venustiano Carranza, que sobreponiéndose a todas las dificultades, contratiempos y peligros, se lanzó con valor, con inteligencia y con decisión inquebrantables, acompañado únicamente de un reducido grupo de adeptos, a desafiar, en un movimiento armado, al soldadón beodo que usurpara la primera magistratura del país, convirtiéndose en el instrumento de su colega de vicios el embajador americano Henry Lane Wilson.

Larga y cruenta fue esta lucha entre elementos de la misma revolución, pero volvió a imponerse más que otra cosa, la férrea voluntad de triunfo, la inconmovible decisión de llevar adelante su intento y así cuando aún tronaban los cañones constitucionalistas después de los combates de Celaya y de León, el Primer Jefe convocó a un Congreso Constituyente que debería reunirse en Querétaro el 20 de Noviembre de 1916 para dictar la Nueva Ley Suprema de la República.

Es indispensable repetir, aún cuando sea brevemente, la promesa que el jefe Carranza había hecho al pueblo de México en su histórico discurso de Hermosillo. Aseguró entonces que terminada la lucha militar que destruiría a Huerta, vendrían las reformas sociales,...Aún cuando nosotros mismos no queramos... Y así a pesar de que estábamos empeñados en una nueva y más terrible lucha, porque se emprendía contra los elementos que sabían pelear y lo hacían creyendo sinceramente tener la razón, lanzó sereno su convocatoria para el Constituyente y con la arrogancia y el valor que le eran característicos, salió a caballo con su Estado Mayor desde el Palacio Nacional de México, para estar presente en Querétaro y entregar a los diputados electos su proyecto de Constitución.

El fue, pues, el autor principal de esta Carta Magna, cualesquiera que hayan sido las reformas que nosotros introdujéramos a su iniciativa original, y uno de los más brillantes triunfos fue en mi opinión, el que está escrito en las frases que nos dirigió al recibir terminada nuestra obra que prometió cumplir y hacer cumplir tal como nosotros se la presentamos, y que tiene el alto mérito de ser la primera en el mundo que garantizó los intereses de los trabajadores.

Por ello mi opinión sobre la grande y recia personalidad del señor Carranza después de haber estudiado su actuación militar y política, es la siguiente: ¿Errores ...? Claro es que como humano podía tenerlos y los tuvo. El último de ellos le costó la vida; pero su indudable triunfo sobre la reacción, que sigue resoplando con la cara pegada al suelo a pesar de sus reiterados intentos de ponerse de nuevo en pie (si viviera diría que ya está erguida), es la máxima razón para que sea el señor Carranza, sin lugar a dudas el Padre de la justicia social en México.

Sostengo con el viejo adagio popular que decía contra hechos no hay argumentos y que obras son amores y no buenas razones. Uno de los hechos que confirman este título en favor de don Venustiano, es la actitud serena pero intransigente con la que actuó para lograr el triunfo definitivo sobre la reacción, disolviendo el ejército federal para entrar triunfante a la capital de la República al frente del nuevo ejército nacional.

Si el militar tiene cubiertas, hasta donde alcanzan los recursos nacionales, sus necesidades económicas; si tiene escuelas y colegios de primer orden para poder cultivarse; si no le falta seguro de vida cada vez más cuantioso; si puede recibir sin costo alguno, atención médica para él y sus familiares; si tiene el orgullo de haber contribuido para que sus hermanos, los trabajadores del campo y de la ciudad, de cuyos grupos él mismo procede, tengan sus derechos garantizados por la ley, ¿Para qué cuartelazos y asonadas ...? Tal parece haber sido el remedio que ha hecho muy difícil, si no imposible, la reaparición del caudillismo. Frente a un ejército como el actual, no hay posibilidad de que se enfrente con éxito halagador, grupo alguno de tendencias demagógicas, de derecha ni de izquierda.

El nuestro será siempre en lo sucesivo, ejército del pueblo, formado por ciudadanos armados, soldados voluntarios de un ideal, el de la Revolución Mexicana. Ese ideal sí, no dejaremos que sea mistificado ni por unos ni por otros. Con la Revolución y con la Constitución como bandera, no podrá jamás ser derrotado ¡pierdan la esperanza señores reaccionarios! (Qué diría de Fox y su estandarte guadalupano?).

El secreto de este cambio en la constitución interna de nuestro instituto armado, reside también en la categoría de los jefes que iniciaron su formación. Quiero por ello hacer un breve estudio de la génesis del nuevo ejército, ya que del choque con el federal tendría que resultar el triunfo o la derrota de la Revolución Social.

Conociendo la composición del pie veterano de nuestra fuerza armada, podemos explicarnos el motivo de que sea como lo es, un ejército del pueblo, y por ello garantía de sus derechos. (Plan DN3).

El apóstol Madero, con su ingenua bondad, creyó que el ejército federal, al que confió la defensa de su gobierno y de su persona, sería esta vez leal a su juramento y por ello disolvió casi por completo a los grupos armados maderistas y se arrojo en brazos del porfirismo armado. El resultado no se hizo esperar, Madero pagó con su vida este error.

La traición de Huerta dio oportunidad a que existiera la Revolución Social de 1913, acaudillada por el gran hombre de Coahuila Venustiano Carranza, quien con su personalidad e inteligente actuación, pudo unir a todos los grupos de ciudadanos levantados en armas contra el usurpador y formó con ellos un verdadero ejército de ciudadanos con ideales revolucionarios, mandando soldados voluntarios y valientes. Este fue el pie veterano de nuestra actual Institución Armada.

El 19 de febrero de 1913, apenas un día después de la prisión del Presidente Madero y del Vicepresidente Pino Suárez, el gobernador Carranza se dirige al Congreso de Coahuila en los siguientes términos:

He creído conveniente dirigirme a esa Honorable Cámara, para que resuelva sobre la actitud que debe asumir el gobierno del estado en el presente trance, con respecto al general, que por error o deslealtad, pretende usurpar la primera magistratura de la República...

La Cámara de Diputados de Coahuila, en contestación a esa petición, expide inmediatamente el decreto número 1421 desconociendo a Victoriano Huerta como Presidente de la República y concediendo facultades al Ejecutivo del estado para que proceda a armar fuerzas que sostengan el orden constitucional en la República, agobiada por la ignominiosa traición.

Los primeros que tomaron las armas contra Huerta, fueron hombres que habrían sentido en carne propia la garra de la opresión capitalista del porfiriato y como tales, sabían cuales eran las metas de esa Revolución.

Antes de que se firmara en Coahuila el Plan de Guadalupe ya empuñaban el rifle, el minero de Cananea Manuel M. Dieguez, líder de la huelga de aquellas minas, en la época porfiriana que fue hecho prisionero y llevado a las Tinajas de Ulúa; el profesor Plutarco Elías Calles; el farmacéutico Salvador Alvarado y el granjero de Huetabampo, Álvaro Obregón, llegado también en el maderismo a presidente municipal de su pueblo; todos ellos en Sonora.

En Coahuila Lucio Blanco ganadero de Muzquiz y Pablo González, molinero de Nadadores, con Francisco Murguía, el fotógrafo de Monclova y cien más en diversos puntos de la República, que se revelaron en la lucha como rayos de la revolución, destrozando por completo a los llamados soldados de línea y generales, jefes y oficiales de carrera.

Nadie con mayor autoridad para darnos una idea de lo que fue en su nacimiento el nuevo ejército, que el general Francisco L. Urquizo, porque vivió y creció con él y ya fogueado en el Cuerpo Rural Maderista en que militaba, fue uno de los pocos oficiales que dejó con vida la orden malvada de Huerta de que tales cuerpos dieran cargas de caballería contra de la Ciudadela. Mi general Urquizo dice lo siguiente:

... El ejército Constitucionalista nació del pueblo, era el pueblo mismo en armas que brotaba espontáneamente para luchar contra un verdadero ejército profesional y encastado, que respaldaba a un gobierno espurio surgido de un cuartelazo.

....La contienda prometía ser larga cruenta y dispareja. Soldados improvisados del pueblo, contra militares profesionales y encastados; el pueblo contra el ejército. Mientras en el ejército Constitucionalista, tanto los jefes y oficiales como la tropa eran jóvenes, sanos de cuerpo y alma, desinteresados y endurecidos por las fatigas de sus anteriores trabajos campestres, llenos de entusiasmo y sobre todo voluntarios.....

En el ejército federal, los rangos los tenían generalmente hombres maduros y a veces no sólo maduros sino ancianos.... La tropa era mala por su origen: reclutados de 'leva', por lo tanto tenían que estar vigilados siempre para evitar lo más posible las incesantes deserciones...

Estas fueron las dos fuerzas de choque: voluntarios contra forzados, jóvenes idealistas contra ancianos discapacitados para las recias fatigas de una guerra. En una palabra, el pueblo contra el ejército, la Revolución, contra los restos del porfiriato y así el resultado no se hizo esperar.

Francisco Villa jefe de la División del Norte, al tomar la plaza de Torreón el 2 de abril de 1914, derrotaba al mejor general de la federación don José Refugio Velazco, que tenía a sus órdenes el contingente más numeroso de fuerzas huertistas y destrozaba en Zacatecas a otro núcleo importante de federales al mando del general Luis Medina Barrón. El cuerpo del ejército del Noroeste, mandado por el general Obregón, marchó invicto combatiendo federales desde Sonora hasta las puertas de la capital de la República; y el general Pablo González mandando el Cuerpo del Ejército del Noreste, limpió de huertistas la extensión comprendida por los estados de Tamaulipas, Nuevo León y San Luis Potosí hasta Querétaro, en donde se encontró con las fuerzas del cuerpo de ejército mandado por el general Obregón.

El primer jefe sabía bien que la derrota del ejército revolucionario formado por él, traería como consecuencia inevitable el regreso de Victoriano Huerta al poder y no sólo la disolución de ese ejército sino el exterminio o el destierro de cuantos con Carranza habían tenido la determinación de reivindicar la dignidad de nuestra patria.

Huerta y sus seguidores, así como sus aliados clericales imperialistas criollos, sabían igualmente que el choque de estas fuerzas armadas, en caso de ser ellos derrotados, sería el golpe final a la reacción y el destierro o la muerte de sus generales con la total disolución del viejo ejército federal.

Con tal motivo, como se esperaba, la lucha fue sangrienta aun cuando mucho menos extensa de lo que se suponía. Multitud de encuentros parciales, combates en toda la extensión nacional y algunas grandes batallas, despedazaron al Ejército Federal, después de diecisiete meses de ocurrido el cuartelazo.

La relación detallada de todas las acciones de guerra ocurridas durante la Revolución Constitucionalista está ya hecha en forma clara por el general Miguel A. Sánchez Lamego en cinco volúmenes que la explican minuciosamente.

Sin emplear términos técnicos impropios del objetivo de este trabajo, quiero decir que en mi mente, tengo divididas esas acciones de armas, en las siguientes categorías:

Primera: Tiroteos; constituidos por exploraciones de reconocimiento, en las cuales las facciones cambiaban algunos impactos y que llevaban como objetivo reconocer y medir la fuerza de sus oponentes.

Segunda: Encuentros; que distingo como un tiroteo que pasara de la categoría de exploración y que se prolongara entre ambos bandos ya empeñados en medir sus fuerzas, retirándose sin resultado definitivo.

Tercera: Cuando estas fuerzas se empañaban en desalojar al enemigo de sus posiciones, tenía efecto lo que llamo un combate y

Cuarta: Cuando era preciso enfrentarse con grandes núcleos, después de combinar un plan estratégico, empeñándose en diversos combates por lugares distintos que exigían mayor duración las considero como batallas.

Esta última categoría la tuvieron la de Torreón, el 2 de abril de 1914; la de Zacatecas del 23 al 24 de junio de igual año; y la de Guadalajara que tuvo verificativo del 1º al 7 de julio del catorce.

Debo recordar que Huerta había hecho declaraciones públicas desde enero de 1914, asegurando que su gobierno se hallaba perfectamente consolidado, contando con un ejército de doscientos mil hombres y que la Revolución estaba vencida. Mal síntoma ha sido siempre el que los gobiernos en lucha con el pueblo anuncien a voz en cuello la derrota total de sus adversarios. Esta vez, tal anuncio fue el principio del fin para Huerta y para su ejército federal.

El gobierno de Estados Unidos siempre vigilante en estos casos para determinar con cual facción le conviene congraciarse, dio tan poco crédito a la declaración del usurpador que levanto la prohibición de comprar armas en su territorio y pasarlas al nuestro, abriendo su frontera a este comercio el 4 de febrero de 1914. Determinación que favoreció grandemente al movimiento Constitucionalista y que permitió a los generales jefes de grandes unidades, Álvaro Obregón, Pablo González y Francisco Villa, la adquisición de importantes cantidades de armas , municiones y demás pertrechos que pasaban por las ciudades fronterizas que sus fuerzas ocupaban.

Se tiene la opinión de que el encuentro entre el ejército Constitucionalista y el Federal durante la revolución maderista, se redujo a pequeños tiroteos y algunos combates sin importancia.

Se cree que los grupos armados operaban sin conexión alguna y que cada general atacaba a las fuerzas enemigas donde y cuando se le ocurría. Hay incluso quienes ignoran la organización formal que el señor Carranza dio desde el principio de la lucha al Ejército Constitucionalista; o quienes no conocen el plan general que reguló a los movimientos de las tres principales unidades:

Cuerpo del Ejercito del Noroeste, dirigido por el general Obregón; Cuerpo del Ejército del Noreste mandado por el general Pablo González y la División del Norte a las órdenes del general Francisco Villa.

La marcha de esas poderosas unidades sobre la capital de la República, se llevó a efecto desde las más alejadas poblaciones del Norte, formando unas tenazas que fueron limpiando el campo de federales, hasta llegar a la victoria final.

Fue de tal importancia esta lucha a muerte entre constitucionalistas y federales, que sus efectos se han dejado sentir en forma de un cambio trascendental en la historia misma de nuestro país. Por ello doy una idea ligera de la organización de nuestras grandes unidades y de las batallas que considero más importantes, no sólo de esta época sino quizá tan importantes como las sostenidas contra los invasores extranjeros en la Reforma.

Analizaré la organización que el Primer Jefe dio a nuestro nuevo ejército, tomando en cuenta su pie veterano y con la mención de los primeros dirigentes que con sus tropas se fueron presentando. Haré también selección de los encuentros preliminares que tuvieron con las fuerzas federales, porque es indispensable aclarar que eran, más que otra cosa, demostración palmaria de la firme determinación del gobierno de Coahuila de luchar contra el llamado gobierno huertista.

Sea un recuerdo afectuoso de congratulación para los primeros militares que fueron llamados por el señor Carranza a su casa habitación, la noche del 19 de febrero de 1913, para escuchar sus planes y orientar su opinión. Fueron ellos, el capitán primero, técnico de artillería, después general de división Jacinto B. Treviño y, el teniente coronel de estado mayor Luis G. Garfias.

En aquella noche, el gobernador de Coahuila sólo podía tener la seguridad de que lo seguirían, el entonces teniente coronel irregular Francisco Coss, quien con treinta individuos de tropa se encontraba en Saltillo; además el teniente coronel irregular don Jesús Carranza, hermano suyo, que se encontraba cerca de Torreón con sesenta soldados y además algunos destacamentos que se encontraban a lo largo de la vía ferrocarrilera de Saltillo a Piedras Negras entre ellos el general Cesáreo Castro y Andrés Saucedo. Todos esos elementos serían en total unos trescientos hombres. Así con sólo unos cuantos jefes militares que estaban a sus órdenes y las escasas fuerzas de policía de Saltillo, emprendió la aventura, protestando por telégrafo ante Huerta y desconociéndolo como presidente del país.

A su llamado, nació el 26 de marzo de 1913, el Plan de Guadalupe y para darlo a conocer, un puñado de jefes y oficiales reunidos en la hacienda de aquel nombre, entre los cuales recuerdo con especial afecto a quienes encabezaron la lista, ellos fueron : teniente coronel, jefe del Estado Mayor, Jacinto B. Treviño; tenientes coroneles Lucio Blanco y Francisco Sánchez; mayores, Alfredo Ricaut y Aldo Baroni; capitán primero Francisco J. Múgica y otros muchos cuyos nombres conserva la historia de la Revolución Mexicana, lanzaron el Plan, como manifiesto a la nación y cuyos principales puntos fueron los siguientes:

Primero: –Se desconoce al general Victoriano Huerta como Presidente de la República.

Segundo: –Se desconoce también a los poderes Legislativo y Judicial de la Federación.

Tercero: –Se desconoce a los gobernadores de los estados que aún reconozcan a los poderes de la Federación.

Cuarto: –Se nombra como Primer Jefe del Ejército que se denominará Constitucionalista al C. Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila.

Quinto: –Al ocupar el Ejército Constitucionalista la ciudad de México, se encargará interinamente del Poder Ejecutivo, el C. Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército o quien lo hubiere sustituido en el mando.

Sexto: –El Presidente Interino de la República convocará a elecciones generales, tan luego como haya consolidado la paz, entregando el poder al ciudadano que hubiere sido electo.

Se esperaba con impaciencia la llegada del teniente coronel Irregular Pablo González, quien con doscientos hombres se encontraba en Julimes, Chihuahua y había avisado ya su marcha. Harían en conjunto una columna no mayor de quinientos hombres.

Inteligencia, audacia y firmeza de convicciones, fueron indispensables en esta ocasión, para que el gobernador Carranza se lanzara a la lucha sin más demora y esto explica que con el objeto de retardar lo más posible una acción de rápido ataque, comisionara al licenciado Eliseo Arredondo, para que marchara a México con instrucciones de proceder como lo creyera conveniente a fin de lograr sus propósitos.

Cuanto desaliento y cuanta desorientación causó entre nosotros, revolucionarios y provincianos, la noticia que la prensa capitalina publicó entonces, dando cuenta de la entrevista que en representación del gobernador de Coahuila había celebrado Arredondo con funcionarios del gobierno huertista, asegurándoles que todo había sido efecto de un mal entendido y que el señor Carranza reconocería al usurpador... Claro que ahora entendemos que aquello era impensable ¡pero sobre todo, como lo dije antes, fue el propio señor Carranza quien con sus actos demostró plenamente la causa de esa medida!

El licenciado Eliseo Arredondo llegó a México el 25 de marzo de 1913, y ya desde el 23 el Señor Carranza había salido para Ramos Arispe, en actitud de franca rebeldía. Ordenó a los capitanes Jacinto Treviño y Miguel Acosta que se apoderaran del tren de pasajeros que llegaba a aquel lugar para aprovechar su equipo en los movimientos militares que iban a emprender. Esta fue sin duda una acción de clara rebeldía contra el gobierno huertista. Dos días después, el 25 de marzo, precisamente cuando Arredondo llegaba a México, se avistó en Ramos Arizpe un tren militar que procedente de Monterrey traía fuerzas al mando del general federal Blázquez para batir a los sublevados.

El señor Carranza ordenó al capitán Treviño que con una fuerza reducida de caballería saliera sin más dudas al encuentro de aquel tren. El capitán Treviño marchó a cumplir la comisión, haciendo que sus jinetes arrastraran grandes ramas que con la polvareda que ocasionaban simularan la marcha de una gran columna de caballería. La estrategia tuvo el resultado que se esperaba y el general Blázquez dio media vuelta, retirándose con su tren militar hasta Monterrey.

Claro que no fue éste un combate, pero sí una inteligente acción que llenó de entusiasmo a los nuevos rebeldes, porque significó un nuevo acto de abierta rebelión, que al día siguiente fue adicionada con la orden de destrucción de puentes y alcantarillas sobre las vías férreas de Torreón a Saltillo y de este lugar a Monterrey.

El Gobernador Carranza marchó luego al pueblo de Arteaga en cuyo lugar principió a organizar los diversos grupos que fueron presentándose a sus órdenes. Ellos son en mi concepto nuestros verdaderos precursores militares constitucionalistas. Llegó primero el mayor irregular Cesáreo Castro con 125 elementos de tropa; el de igual grado, Francisco Sánchez Herrera con cincuenta hombres; el presidente municipal de Concepción del Oro, Eulalio Gutiérrez, en compañía del mayor irregular Andrés Saucedo, con cincuenta hombres y Alfredo Ricaut, también del mismo grado, con ochenta hombres armados.

Este era ya un contingente revolucionario que pasaba de quinientos hombres debiendo de hacerse notar que se trataba en su mayoría de elementos maderistas, pues con la designación despectiva de irregulares se conocían en aquellos tiempos a los jefes y fuerzas de tal procedencia.

Hasta el 6 de marzo se incorporaron en Paredón el teniente coronel Pablo González con doscientos hombres y el teniente coronel Jesús Carranza con sesenta. Después de esta incorporación, regresó el gobernador Carranza a Ramos Arizpe, de donde continuó a la hacienda de Anhelo sobre la vía de Paredón a Piedras Negras.

La población de San Pedro de las Colonias, Coahuila, fue atacada en la madrugada de ese día 6 de marzo de 1913 por gente al mando de Roberto Rivas, quién al grito de Viva Carranza se adueñó de aquél lugar uniéndose a él la mayor parte de la guarnición, compuesta de los Cuerpos Irregulares 22 y 29. Al día siguiente, 7 de marzo, Rivas se dirigió a Saltillo para presentarse al Señor Carranza.

Ese día siete supo el señor Carranza que el general Trucy Aubert se aproximaba con la fuerza de mil hombres a la hacienda de Anhelo donde él había instalado su Cuartel General un día antes. Hubo allí un encuentro con las fuerzas federales del general Trucy Aubert, que duró cerca de dos horas, después de las cuales el jefe revolucionario ordenó la retirada para organizar un ataque a Saltillo que consideraba de mayor importancia.

Este ataque planeado para el 20 de marzo de 1913, sólo pudo efectuarse del 21 al 23 de dicho mes, por el retardo que sufrieron algunas de las fuerzas carrancistas. Los informes que el señor Carranza tenía respecto a los efectivos de la guarnición federal de la capital del estado, eran en el sentido de que sólo se componía de unos 300 hombres, sin tener noticias de que posteriormente fue reforzada hasta completar ochocientos soldados.

El ataque se inició en la madrugada del día 22, por fuerzas carrancistas en número aproximado de mil quinientos hombres y consistió en fuertes y prolongados tiroteos, durante los cuales los carrancistas lograron entrar varias veces hasta el centro de la población viéndose al fin obligados a emprender la retirada el día veintitrés ante la imposibilidad de desalojar a los federales sobre todo considerando el Gobernador Carranza que la columna de Trucy Aubert podía llegar en breve y hacer imposible sostener el dominio de la capital por mucho tiempo.

Tuvo esta acción un interés político especial, porque después de la retirada de la hacienda de el Anhelo, huertistas publicaron en la prensa de la capital de la República, que las fuerzas carrancistas habían sido aniquiladas; y esto quedó desmentido con un ataque enérgico durante el cual confiesan los generales en su parte que perdieron tres oficiales y cincuenta y nueve individuos de tropa.

Retirados de Saltillo, llegaron a la hacienda de Guadalupe los carrancistas con su jefe el 25 de marzo por la tarde para tomar un ligero descanso y al día siguiente, 26 de marzo de 1913, firmaban en aquella hacienda sus jefes y oficiales el Plan de Guadalupe, dando a conocer los motivos de su rebelión y delineando el camino que para el triunfo pensaba seguir.

El culto abogado, don Hilario Medina, uno de mis más notables compañeros en el Congreso Constituyente, expuso magistralmente las características de este plan en un brillante discurso pronunciado en el Congreso de la Unión, al celebrarse el primer centenario del nacimiento de Venustiano Carranza, el 29 de diciembre de 1959 y se expresó de esta manera:

 

El Plan de Guadalupe de 26 de marzo de 1913, señaló la entrada de Carranza como caudillo de la política nacional. Plan sobrio, escueto, ayuno de promesas, sin énfasis, sin literatura, se limitaba a combatir hasta derrotarlo, al gobierno usurpador de Victoriano Huerta. Su objeto: castigar el crimen y restablecer el imperio de la ley conculcada.

Con cuanta inteligencia, con cuanto conocimiento de la realidad y con cuanto acierto el señor Carranza convocó al pueblo para derrocar al intruso. Prudente y reposado, calmó las ansias de los elementos socialistas que lo rodeaban y que pretendieron incluir en ese plan, las promesas de reformas sociales. Eso vendrá después, inexorablemente, les decía con su acostumbrada tranquilidad, agregando, aún cuando nosotros mismos no lo queramos, tendrá que principiar formidable y majestuosa, la lucha social, la lucha de clases...opónganse las fuerzas que se opongan, las nuevas ideas sociales tendrán que imponerse.

Esta profesión de fe socialista, clara y perfectamente definida, que el señor Carranza hizo pública en su memorable discurso de Hermosillo pronunciado en 1914, es la comprobación de que no perseguía únicamente restaurar el orden constitucional interrumpido por la traición de Huerta, con un cambio de hombres en el gobierno, sino abrir el camino, limpiándolo de obstáculos reaccionarios para que las nuevas ideas sociales pudieran implantarse en nuestra patria.

Pero su inteligente comprensión, su experiencia de viejo luchador y su tranquila prudencia, hicieron que para lograrlo esperara primero a dominar el empuje enemigo en el campo de las armas.

Y la lucha dio principio desde luego. A su conjuro, fue contestando todo el elemento revolucionario que se encontraba en diferentes lugares. A los ataques de las fuerzas carrancistas contra los porfirianos, se anticiparon en Sonora los golpes magistrales que Álvaro Obregón, Benjamín Hill y Plutarco Elías Calles, dieron a los federales, principiando la cadena de triunfos, que hizo del general Álvaro Obregón y de sus tropas, el ariete más poderoso para destruir al ejército federal que apoyaba a Huerta.

Los componentes del nuevo ejército, pie veterano que le diera vida, eran en aquella fecha únicamente los siguientes:

Primer regimiento Libres del Norte mandado por el teniente coronel Lucio Blanco; Segundo Regimiento de igual nombre mandado pro el teniente coronel Francisco Sánchez Herrera; Primer cuerpo de carabineros de San Luis, al mando el teniente coronel Andrés Saucedo; Primer cuerpo regional, a las órdenes del teniente coronel Cesáreo Castro; Trigésimo octavo Regimiento Irregular, mandado por el teniente coronel Agustín Millán: Carabineros de Coahuila, al mando del mayor Cayetano Ramos y el Regimiento Morelos que mandaba el mayor Alfredo Ricaut. Estos elementos se encontraban en la Hacienda de Guadalupe, pero se esperaba además al Regimiento Auxiliares de Monclova que mandaba el coronel Pablo González y el Regimiento a las órdenes del coronel Jesús Carranza, así como las fuerzas al mando del teniente coronel Francisco Coss; las de los hermanos Eulalio y Luis Gutiérrez y por último, los Carabineros de Río Grande a las órdenes del mayor Múzquiz.

No olvido que en esos días, los levantamientos desconociendo al usurpador fueron muy numerosos y algunos de fuertes contingentes como los de Sonora y Chihuahua, pero al lado del señor Carranza y otorgándole la designación de Jefe Supremo o primer Jefe del naciente Ejército que después todos aceptaron, sólo los indicados antes pueden considerarse como pie veterano del ejército nuevo que en ese día tomó la designación de Ejército Constitucionalista.

Los levantados en el Estado de Sonora, a los que antes he hecho referencia, fueron los siguientes: Antes que todos el Presidente Municipal de Fronteras, Aniceto Campos, quien el día 23 de febrero de 1913, acompañado de un grupo de vecinos de aquel lugar desarmó por sorpresa a los veintiocho soldados de la guarnición federal, saliendo del pueblo con dirección a Cananea, al mando de doscientos hombres.

El día 27 del mismo febrero, el prefecto de Moctezuma, Pedro Bracamontes, después de reunir un grupo de cuatrocientos hombres, se declaró en rebeldía y marchó sobre Nacozary.

En Cananea estalló la sublevación el primero de marzo de 1913, encabezada por el presidente municipal de aquel lugar, Manuel M. Diéguez, a quien se unieron el prefecto de Arizpe Benjamín G, Hill, el de Cananea Dionisio Lacarra, y un numeroso grupo de civiles entre quienes estaban Esteban Baca Calderón, Juan José Ríos y Plácido Moreno.

También en los primeros días de marzo de 1913, el comisario de Agua Prieta, Plutarco Elías Calles acompañado de los componentes de los cuerpo rurales 47 y 48 a quienes se sumaron unos doscientos individuos de la población, salió, de Agua Prieta en rebelión contra Huerta en colonia Morelos, se unió a esta columna el capitán segundo Arnulfo R. Gómez con 95 individuos de tropa.

El coronel Álvaro Obregón que acababa de regresar de su brillante campaña contra los Orozquistas, continuó en servicio a solicitud del gobernador del estado y fue designado jefe de la sección de guerra del propio gobierno y comisionado desde luego para salir al norte del estado y batir a los federales al mando del general Ojeda. En sólo cuarenta días de operaciones iniciadas al 6 de marzo de 1913 — nos dice el general Sánchez Lamego— el coronel Álvaro Obregón logró limpiar de tropas federales toda la parte norte de Sonora, conquistando las poblaciones fronterizas de Nogales, el 14; Cananea el 26 de dicho mes y Naco el 13 de abril de 1913. La plaza de Agua Prieta se encontraba desde el 13 de marzo en poder del teniente coronel Plutarco Elías Calles, quién intentó sin buen éxito la toma de Naco lograda después por Obregón.

Álvaro Obregón no fue un advenedizo, ni un impreparado, simpatizador romántico del señor Madero, perteneció como yo mismo, al grupo de quienes por falta de oportunidad o por miedo, nos limitamos a actuar en la época maderista en el campo político, fundando clubes o escribiendo en la prensa; a cuyo grupo con su sinceridad característica, definió así:

 

Hombres atentos al mandato del miedo, que no encontraban armas, que tenían hijos, los cuales quedarían en la orfandad si perecían ellos en la lucha y con mil ligas más que el deber no puede suprimir cuando el espectro del miedo se apodera de los hombres. A la segunda de estas clases tuve la pena de pertenecer yo.

Así escribió, pero su valor civil y su hombría a toda prueba, eran de sobra conocidos. Al triunfo del movimiento armado maderista y al prepararse dos meses después las elecciones municipales, postulado por el Partido Liberal, Álvaro Obregón fue electo presidente municipal de su pueblo, Huatabampo, Sonora, derrotando al reaccionario Pedro H. Zurubarán.

Pascual Orozco hijo, uno de los principales adictos al señor Madero, dejándose llevar por la propaganda reaccionaria, se sublevó contra el gobierno maderista y con tal motivo, el de Sonora preguntó a los presidentes municipales del estado, que cantidad de hombres podrían reclutar en su demarcación para formar una columna militar sonorense que marcharía a Chihuahua a combatir el orozquismo.

Álvaro Obregón no esperó a contestar por escrito, marchó inmediatamente a Navojoa para conferenciar con el señor Eugenio Gayou, jefe de la sección de guerra del gobierno de Sonora, manifestándole que no solo deseaba reclutar hombres para esa columna sino que se ofrecía él mismo para llevarlos a la lucha. Su ofrecimiento fue aceptado desde luego y el día 14 de abril de 1912, al frente de 300 hombres reclutados por él, marcha a Chihuahua, iniciándose así la que había de ser su gloriosa carrera militar.

El día 16 del propio abril de 1912, salían los nuevos soldados en carros agregados al tren ordinario de pasajeros, partiendo de Navojoa a Hermosillo. Álvaro Obregón llevaba únicamente dos armas de su propiedad, las que unidas a seis que le proporcionó el señor Ramón Gómez presidente municipal de Navojoa, formaban todo el armamento de aquella columna de entusiastas defensores del gobierno maderista, al iniciar su marcha. Su dotación de cartuchos era únicamente de diez por arma.

En Hermosillo el grupo fue dotado con armas y equipo completo, acuartelándose en la Villa de Seris en las afueras de la capital sonorense, hasta el 19 de aquel mismo mes. Álvaro Obregón organizó a sus soldados dando al conjunto el nombre de Cuarto batallón Irregular de Sonora, pagado por el gobierno de ese estado y dependiente directamente del gobernador José María Maytorena a quien debía rendir cuentas de sus actuaciones. Así el gobernador designó a Obregón jefe nato de aquel batallón y le otorgó el grado de teniente coronel.

Entre los elementos reclutados por Obregón, figuraba un antiguo sargento segundo, que había formado parte del ejército federal, llamado Eugenio Martínez, a quien le dio el grado de capitán primero y lo comisionó para dar a sus soldados instrucción militar rudimentaria.

Entre los compañeros del teniente coronel Álvaro Obregón, en ese histórico cuarto batallón irregular, figuraron además hombres que fueron posteriormente figuras en nuestro ejército, entre quienes recuerdo se encontraban: el capitán primero Antonio A. Guerrero, el capitán segundo Francisco Borques y el teniente Pablo Macías Valenzuela. Todo ellos fueron después, muy merecidamente, generales de división de nuestro ejército.

El Batallón Irregular de Sonora se componía en un principio, sólo de 250 infantes y 50 dragones y Obregón llegaba con ellos a Agua Prieta, el 6 de junio de 1912. Casi un año antes que la traición de Victoriano Huerta diera origen al Plan de Guadalupe.

Al amanecer del día 20 de junio de 1912, la columna se puso en marcha, hasta Colonia Morelos, a donde llegaron el día 23 en espera del general Sanginés, del antiguo ejército federal que había sido designado para garantizar todo el contingente de Sonora, mismo que arribó hasta el día 2 de julio y al enterarse de la forma en que Obregón había organizado sus fuerzas, de la actividad y talento con que había obrado, lo designó jefe de todas las caballerías de su columna, dejando el mando occidental del Cuarto Irregular de Sonora a cargo del capitán primero Eugenio Martínez.

Las caballerías de la columna de Sanginés que mandaría Obregón, quedaron organizadas con los siguientes elementos: Comandante en Jefe, teniente coronel Álvaro Obregón; jefe de su estado mayor, capitán primero Antonio Guerrero (que sería posteriormente ameritado general de división de nuestro ejército). I. – Infantería montada del Cuarto Irregular de Socorro. II. – Voluntarios de Chihuahua y III Los escuadrones primero, segundo, tercero y cuarto de Voluntarios del Norte.

El gobierno del señor Madero había destacado una fuerte columna al mando de Victoriano Huerta para combatir el Orozquismo en Chihuahua, la que obligó a los orozquistas a replegarse, con intenciones de invadir el estado de Sonora. Ante estas perspectivas y aconsejado por Obregón, el general Sanginés se apresuró a tomar cuanto antes las alturas prominentes de la Sierra Madre que divide Chihuahua de Sonora y así, el 18 de julio de 1912, la columna llega a la parte más elevada de esa sierra acampando en el rancho Las Varas ya dentro del estado de Chihuahua.

Las caballerías de Obregón fueron incorporadas a las que mandaba el general José de la Luz Blanco, acampando en el rancho Ojitos, a donde el 26 de julio se incorporó el general en jefe Sanginés con el grueso de la columna.

Teniendo conocimiento de que los orozquistas en fuerte núcleo, se concentraban en Casas Grandes para atacar la columna Sanguinés, fueron convocados por éste, los diversos jefes de corporaciones entre quienes figuraban el mayor Salvador Alvarado (posteriormente general de división de nuestro ejército) y el teniente coronel Álvaro Obregón, y se discutió la mejor forma de organizar la defensa habiendo propuesto Obregón que se cavaran en todo el frente y flancos de aquel rancho, las que fueron después sus clásicas loberas, que tan duro golpe dieron a las caballerías villistas en los combates de Celaya.

Esta proposición fue desde luego aprobada por el general en jefe y el resultado del combate fue la destrucción completa de los atacantes orozquistas, distinguiéndose por su valentía y pericia el teniente coronel Obregón que conquistó el aprecio de su jefe y las especiales atenciones que desde esa fecha le dispensó. En este combate que fue su bautismo de fuego, Obregón arremetió personalmente con un grupo de sus dragones contra los atacantes orozquistas, logrando quitarles parte de su artillería y dispersándolos completamente. No es mi objetivo continuar el relato de las diversas acciones de guerra en que Obregón sentó fama de valiente, arrojado e inteligente, concretándome a éste, su bautizo de fuego, para demostrar con que buena preparación llegaba en 1913 a enfrentarse al indio traicionero, Victoriano Huerta.

Quiero recordar a este respecto que en conversación con el general Sanguinés, al ser interrogado por éste, sobre cuánto tiempo pensaba continuar en el ejército, el teniente coronel Obregón contestó que únicamente aquel en el que el gobierno de su estado considerara útiles sus servicios y entonces el general Sanguinés le contestó con esta profética advertencia: Pues prepárese usted mi teniente coronel para servir cuatro o cinco años más, porque este indio Huerta va a darnos un dolor de cabeza..

El 31 de julio de 1912, fue el bautizo de fuego de quien posteriormente nos llevaría siempre a la victoria.

El combate antes indicado tuvo lugar ese día a las siete de la mañana en que los voluntarios sonorenses escuchaban por primera vez los toques de clarín anunciando: enemigo al frente a derecha e izquierda: Los orozquistas pretendieron un movimiento envolvente con la idea de que aquella gente se rendiría atemorizada sin combatir. El resultado de tal acción de armas, fue como he dicho antes, la destrucción y completa huida del grupo orozquista calculado en más de cinco mil hombres, los que además de numerosas bajas por muertos y heridos, perdieron todas sus artillerías, varios carros cargados con harina, que vino a alimentar a la columna atacada y muchas ametralladoras y fusiles abandonados en su huida.

He querido apuntar someramente estos datos relativos a la forma en la cual en abril de 1912, inició su carrera militar el señor general de división Álvaro Obregón, porque a través de mi larga experiencia he podido darme cuenta de que, tanto en las nuevas generaciones poco informadas de la recia personalidad de los prohombres de nuestra revolución, entre algunos pretendidos periodistas o historiadores ignorantes o de mala fe, como entre aquellos que sienten celos de que existan hombres con tantos méritos como sus admirados jefes divinizados, existe la idea, que propalan afanosamente, de que el señor Álvaro Obregón era todavía en 1913 un presidente municipal de aquel pueblo sonorense llamado Huatabampo y que sin antecedentes ni experiencia militar fue a Coahuila a pedir de favor que se le admitiera en la lucha contra Victoriano Huerta y en la cual, dirigido por los carrancistas, logró alcanzar algún prestigio militar.

Llegamos ahora a la relación de los sucesos del año de 1913. Terminada la campaña orozquista con la limpia total de tales elementos dentro del estado de Sonora, el teniente coronel Obregón, considerando terminada su misión, se presentó ante el gobernador de su estado José María. Maytorena, pidiendo su retiro para volver a su pequeña granja. Obregón y los voluntarios sonorenses a su mando, regresaban a la capital del estado el 22 de septiembre de 1912, en que arribaron a Agua Prieta de donde poco tiempo después marchaban a Hermosillo acampando en Anivacachi para seguir a Naco y de ahí a la capital a donde llegaron el 16 de diciembre de 1912.

Al día siguiente de su arribo se le comunicó al teniente coronel Obregón su ascenso a coronel que le otorgaba por su brillante actuación el gobernador de Sonora. Pero Obregón insistió en la solicitud de su baja, que al fin le fue concedida por el secretario de gobierno en forma accidental a cargo del gobierno, pues Maytorena se encontraba en la capital de la República y regresó a Hermosillo el día 25 de aquel mes de diciembre. Maytorena confirmó la baja solicitada por el coronel Obregón y al separarse éste de su tropa dejó el mando accidental de ella al entonces mayor Antonio A. Guerrero.

Poco tiempo después , el 10 de febrero de 1913, Maytorena llamaba nuevamente con urgencia al coronel Obregón para informarle de la sublevación de Félix Díaz y la muerte del también sublevado general Bernardo Reyes, presentándose el coronel Obregón inmediatamente ante el gobernador que se encontraba acompañado de su secretario particular el entonces joven Francisco R. Serrano, que al correr del tiempo y actuando a las órdenes del general Obregón, llegaría también a general de división y a tratar de enfrentarse a su jefe, como candidato a la Presidencia de la República; intento que culminó con el fusilamiento de Serrano, ordenado por el Presidente Calles al descubrirse el plan de su asesinato.

El 19 de febrero llegaba por fin Álvaro Obregón de regreso a su hogar en donde lo esperaban en su casa de Huatabampo, sus tres hermanas y sus dos pequeños hijos, Humberto y Cuquita, que lo recibieron llenos de alegría. Esto no duró mucho tiempo pues casi inmediatamente regresó a cumplir con su destino dentro de la Revolución de México.

El día 18 de abril de 1913, debe considerarse igualmente importante para la historia del nuevo ejército mexicano. En la población fronteriza de Piedras Negras, donde el primer jefe estableció su Cuartel General, se firmó ese día el acta de reconocimiento que tanto el gobierno como los jefes sublevados contra Huerta en el estado de Sonora, hicieron del señor Carranza como Primer Jefe y del Plan de Guadalupe como bandera de su movimiento. He repetido ya que ese mismo día, firmó el primer jefe su aceptación del cargo que los revolucionarios le dieron como Primer Jefe del Ejército y proclamó el Plan de Guadalupe que habían firmado sus oficiales subordinados.

Esa acta de adhesión fue firmada también por los representantes de la Junta Revolucionaria de Chihuahua y por ello, creo pertinente hacer mención de los iniciadores de la sublevación en aquel estado. Desde los últimos días de febrero de 1913 y los primeros de marzo, principiaron en Chihuahua numerosos levantamientos contra Huerta.

El coronel maderista Manuel Chao, se levantó en armas en el pueblo de Rosario, Durango, al frente de 300 hombres, inmediatamente que llegó a su conocimiento la traición huertista, y pasó a operar en Chihuahua.

El mismo 24 de febrero, se sublevó en Guerrero, Chihuahua, el capitán irregular José Rodríguez con cincuenta hombres a sus órdenes, uniéndose desde luego a las fuerzas del coronel Chao.

El mayor irregular Rosalío Hernández al frente de ciento cincuenta hombres, se sublevó en Santa Rosalía Camargo, uniéndose también a la columna de Chao.

El coronel maderista Maclovio Herrera comandante del regimiento auxiliar Benito Juárez, con unos doscientos hombres de tropa, se sublevó contra Huerta al 26 de febrero de 1913 y el coronel Tomás Urbina con su segundo Ramón Arreola, levantados en armas desde los primeros días de marzo en Indé Durango, pasó a operar en Chihuahua, tomando a sangre y a fuego la población de Jiménez, el 14 de marzo de 1913. Todas estas fuerzas fueron uniéndose hasta formar una poderosa columna compuesta por los elementos de Chao, Urbina, Herrera y Hernández que sumaba cerca de mil quinientos hombres.

Es importante saber que el día 9 de junio de 1913, el señor Carranza expidió a los revolucionarios de Chihuahua, los nombramientos siguientes: general brigadier, Manuel Chao; coroneles: Maclovio Herrera y Herlindo Rodríguez, y tenientes coroneles Luis Herrera, Sóstenes Garza y Ernesto García.

A principios de marzo de 1913, Toribio Ortega, ex coronel maderista se sublevó en unión de Melchor Vela y Juan Amaya, con un contingente de doscientos hombres y tomaron la población fronteriza de Ojinaga el 22 del mismo mes.

El 8 de marzo de 1913, cruzó el Río Bravo al oriente de Ciudad Juárez, el que había de ser guerrillero notable, Francisco Villa, internándose en el estado de Chihuahua donde después de pocos días logró reunir cerca de cuatrocientos hombres. Una de sus primeras acciones fue la captura de un tren de pasajeros entre las estaciones de Santa Isabel y Chavarría en el cual encontró ciento cincuenta barras de plata y aprovechó ese tren para sus posteriores movimientos. Parece que el primer jefe, en vista de las actividades de Villa y el número de gente que éste tenía a sus órdenes le expidió en mayo de 1913 el despacho de general brigadier.

A principios del mes de junio de 1913, reconocieron a Villa como jefe de sus fuerzas unidas, Tomás Urbina, Rosalío Hernández, Toribio Ortega y Manuel Chao.

Prolijo sería enumerar los múltiples grupos de sublevados contra la usurpación huertista que desde marzo de 1913 militaban a través de todo el territorio nacional y que reconocieron la primera jefatura otorgada a don Venustiano Carranza por los firmantes del Plan de Guadalupe, para organizar y dirigir las operaciones del nuevo ejército.

Deseo hacer hincapié, para ulteriores aclaraciones, sobre dos puntos que considero importantes a este respecto. Que el nombre de Primer Jefe que se dio al señor Carranza por rehusarse él a ostentar grados militares, quiérase o no, equivale plenamente al de General en Jefe del Ejército y tal grado le correspondió con todas las atribuciones y responsabilidades que le son inherentes. Quienes no consideramos la formación de un ejército sólo como un juego de palabras, o como un pretexto para tolerar la existencia de grupos armados obrando a su capricho contra el enemigo común, sino como la gran obra que nuestra patria estaba necesitando con urgencia, entendimos muy bien desde sus principios, que el primer jefe no era en manera alguna sólo una figura decorativa cuyas órdenes pudieran discutirse y desobedecerse al criterio de los jefes de grupos armados, más o menos numerosos.

Quiero hacer notar además que todos los jefes de fuerzas revolucionarias importantes, con excepción de los zapatistas, convinieron en la designación del señor Carranza como General en Jefe del Nuevo Ejército Constitucionalista y aceptaron el Plan de Guadalupe como norma de sus actividades, estando por ello obligados, bajo pena de cometer el delito de insubordinación en campaña y frente al enemigo, los que en tales circunstancias desobedecieron órdenes precisas del Primer Jefe.

La lucha que se emprendió, no era únicamente contra el usurpador atrabiliario, que por traición se adueñara del poder. En el fondo Victoriano Huerta era el representante de los viejos generales porfiristas heridos en su orgullo de casta privilegiada, al verse derrotados por el pueblo en armas durante la Revolución Maderista. No lamentaban tanto la caída de su amo Don Porfirio, al que deseaban ver cuanto antes substituido por alguno de su grupo. Ese resentimiento, ese fracaso que les obscurecía el porvenir de dominadores, podía convertirse en una victoria definitiva asesinando al señor Madero, y fue el mayor impulso que los alentó a fraguar la conjura, aún convirtiéndose en traidores a la patria como aliados del embajador de Estados Unidos. Esta lucha se daba contra un Presidente que , por desgracia , anteponía su ingenua bondad a la energía indispensable para dominarlos, ya que no habían sabido corresponder a su debilidad de tolerarlos, admitiendo que fuera el ejército porfirista el que continuara como única fuerza armada que lo respaldara.

La casta militarista porfiriana se sintió alentada a buscar su retorno al poder, con el manifiesto que el mismo señor Madero dirigió a ese ejército reaccionario, publicado en la prensa de la capital con fecha 30 de mayo de 1911 y del cual, por su importancia reproduzco algunos párrafos.

Os aseguro que habéis conquistado la admiración del mundo entero por la fidelidad a vuestros superiores, y por el espíritu de disciplina y fraternidad hacia vuestros compañeros de armas y habéis dado un ejemplo admirable de heroísmo...Tan pronto como se dio la Ley de Amnistía y recobraron su libertad mis compañeros, inmediatamente di la suya completa, absoluta a los oficiales que por los azahares de la guerra fueron mis prisioneros. Deseo que en este acto mío veáis mi simpatía por el ejército mexicano... ya que habéis cifrado vuestro honor militar en ser fieles al gobierno constituido, emplead ahora esta tremenda fuerza moral al servicio del nuevo gobierno.

 

Siempre la bondadosa ingenuidad de nuestro presidente Madero, creyendo que los porfiristas podrían respaldarlo lo que por desgracia al fin fue causa de su asesinato. Podríamos decir que con este manifiesto firmó su sentencia de muerte.

A la inquina mal disimulada de estos elementos se agregaba la continuación de todo el engranaje político porfiriano. El poder ejecutivo en manos del más reaccionario de los científicos, el presidente hipócrita Francisco León de la Barra, quien claramente se entendía con los generales porfirianos en la confabulación contra la Revolución más que contra la persona del señor Madero. Un poder legislativo lleno de rescoldos reaccionarios y una mal llamada Suprema Corte de Justicia; fue por ello que todos los elementos se apresuraron a sancionar el nombramiento de Huerta como presidente legítimo.

Tengo la impresión, después de haber meditado tanto sobre estos amargos acontecimientos, que desde antes de que el señor Madero fuera electo Presidente de la República, existía la trama urdida para hacerlo desaparecer, creyendo que con él terminaría la Revolución Social de México.

Analizando la carta que el señor Madero le dirigió a Huerta cuando estaba en gestiones con los agraristas morelenses, pude darme cuenta que se trataba de un burdo engaño el maquinado por el chacal. Cuando le aseguraba que sus soldados no marcharían a Cuautla, mientras Madero se encontrara en ese lugar conferenciando con Zapata, y actuaba en sentido contrario, puso en peligro la vida del apóstol de la democracia. Si Emiliano Zapata el gran jefe agrarista no hubiera sido un hombre inteligente y conocedor de sus semejantes habría creído en una traición del señor Madero y posiblemente le hubiera dado muerte.

Estoy convencido que esa traición de Huerta al engañar villanamente al señor Madero marchando sobre Cuautla, era sólo una combinación premeditada de todo el grupo reaccionario porfirista, a fin de que fuera Zapata quien lo sacrificara y quedar ellos sin la mancha visible de su traición infame, de la que finalmente no pudieron liberarse en 1913.

La primera lacónica noticia enviada a los gobernadores de los estados por Victoriano Huerta, decía únicamente:

Autorizado por el Senado de la República, me he hecho cargo del Poder Ejecutivo, teniendo presos al Presidente y a su Gabinete.

 

Durante los días trágicos de aquélla decena de constantes ataques a los emboscados tras de los muros de la Ciudadela (la decena trágica), recibíamos siempre con la esperanza del triunfo las noticias en las que el jefe de las tropas leales a Madero, aseguraba que estaba próxima la derrota de los rebeldes. Algunos de los hombres más experimentados nos hacían notar con desaliento que el jefe de esas fuerzas leales era Victoriano Huerta, el mismo que había engañado en 1911 al señor Madero y que temían que repitiera su pérfida acción.

Efectivamente Victoriano Huerta, en mala hora y en forma inexplicable designado por el señor Presidente como jefe de los leales, no podría ser sincero. En medio de mi desconcierto, me limitaba a escribir diariamente al señor gobernador de Michoacán doctor Silva, pidiendo su orientación y a telegrafiar al señor Presidente Madero mi adhesión inquebrantable.

La noche del 18 de febrero de 1913 horas antes de consumada la traición, y tal vez horas antes de los asesinatos de Gustavo Madero y Adolfo Bassó, señala Jesús Silva Herzog en su Breve Historia de la Revolución Mexicana. Se reunieron en la Embajada norteamericana algunos ministros extranjeros que deseaban saber la realidad de los acontecimientos. En uno de los salones de la Embajada conversaban los generales Victoriano Huerta y Félix Díaz en presencia del Embajador. Así se discutieron los términos en que quedaba pactado el reparto del poder. El Embajador salió con una lista en la mano y se dirigió al salón contiguo donde estaban los ministros extranjeros esperándolo y les dijo:

Señores, los nuevos gobernantes de México someten a nuestra aprobación el Ministerio que van a designar, y yo desearía que si ustedes tienen alguna objeción que hacer la hagan para transmitirla a los señores Huerta y Díaz que esperan en el otro salón. Con esto demuestran el deseo que les anima, de marchar en todo de acuerdo con nuestros respectivos gobiernos, y así creo firmemente que la paz de México está asegurada.

 

En la recepción de Palacio ya Huerta presidente y dueño de la situación, el embajador Wilson brindó por el éxito del nuevo Gobierno, por su Presidente, que aseguró el diplomático yanqui, devolvería la paz al pueblo mexicano.

Al conocerse la noticia de los asesinatos de Gustavo Madero y de Adolfo Bassó, se temió por la suerte de Francisco I Madero y de don José María Pino Suárez. Las personas más allegadas a ellos empezaron a desconfiar de lo prometido por Huerta, de que respetaría la vida de los prisioneros. La desconfianza se volvió alarma cuando se comprobó que Huerta no permitía la salida a Veracruz de Madero y Pino Suárez, para embarcarse en el crucero a Cuba, como lo había prometido al tratar las renuncias de los dos mandatarios.

En la Embajada de los Estados Unidos se festejaba con brindis y cenas, mientras que Madero estaba prisionero y comento:

Como político he cometido dos graves errores que son los que han causado mi caída; haber querido contentar a todos y no haber sabido confiar en mis verdaderos amigos.

Ya cerca de media noche de ese día 22 fueron sacados del palacio nacional, los señores Madero y Pino Suárez, se les separó y se les obligó a subir en distintos automóviles, asegurándoles que se les conducía a la Penitenciaría para su mayor comodidad. Ya cerca del edificio penal uno y otro fueron cobardemente asesinados al bajar de los vehículos, por los agentes que los custodiaban. Un tal Francisco Cárdenas, mayor de las fuerzas rurales, fue quien mató a Madero. Un grupo de gendarmes al mando del felicista Cecilio Ocón, simuló un ataque a los automovilistas. En ese momento se consumó el terrible crimen. La versión oficial apareció al día siguiente en los periódicos:

Al ser conducidos los señores Madero y Pino Suárez, a la Penitenciaría un grupo de amigos quiso libertarlos, entablándose una lucha a tiros entre ellos y los policías que conducían a los prisioneros. En la refriega resultaron muertos ambos personajes.

 

Nadie lo creyó. Desde luego con indignación contenida, o abierta fue señalado el responsable: Victoriano Huerta. Crimen consumado con la complicidad del embajador de los Estados Unidos.

Para conocer en su esencia al nuevo ejército de México, es preciso buscar sus raíces profundas escarbando en la tierra de la patria. Los anhelos nacionales a este respecto, dieron vida como por generación espontánea, al ciudadano armado, ya no sólo con el ánimo de destruir al ejército federal, herencia del iturbidismo traidor, sino con la determinación de hacer de sus fusiles, instrumentos de trabajo en la formación de una patria nueva, en la que fuera condición esencial, el esfuerzo de todos para beneficio de todos. Ejército que se formara por la necesidad de la defensa contra extraños, como los que han pretendido y han logrado arrancarnos girones de nuestra patria; como los nuevos pretendidos dominadores aferrados a quedarse como dueños perpetuos de una nación que contribuyen a forjar pero sólo para su provecho. Nuevo ejército de revolucionarios conscientes que deseamos, según la expresión brillante de Octavio Paz...Transformar nuestro país en una sociedad realmente moderna y no en una fachada para demagogos y turistas...Tratamos de dar forma al nuevo México, no sobre una noción general del hombre, sino sobre la situación real, sobre la resolución siquiera parcial de las necesidades de los habitantes de nuestro territorio..."

La misión de los nuevos soldados es así, y quien no la entienda de esta manera, no puede cooperar como soldado del pueblo a la búsqueda que hace el país para encontrarse así mismo en la lucha.

Por último debo recordar que, posteriormente, comisionados por el Primer Jefe los señores Juan Sánchez Azcona y Alfredo Breceda, entrevistaron en Chihuahua a Francisco Villa y éste reconoció el Plan de Guadalupe y la primera jefatura del ejército Constitucionalista para don Venustiano, recibiendo él y todos sus jefes subalternos despachos de generales y jefes en el nuevo ejército, expedidos por el señor Carranza y a quién rendían parte de todos sus movimientos militares.

Merece especial mención para mi propósito recordar, que el 25 de junio de 1914, Francisco Villa telegrafió al general Álvaro Obregón, quejándose de que el señor Carranza seguía poniendo a la División del norte que mandaba "toda clase de obstáculos para su marcha al interior del país". Este mensaje fue suscrito por Villa en Zacatecas, plaza tomada por él un día antes, después de realizar un movimiento de toda su división, contra las órdenes terminantes del Primer Jefe.

Esta batalla dio un triunfo muy importante al movimiento Constitucionalista, pero a costa de muchas vidas de soldados nuestros lo que el Primer Jefe trató de evitar, pensando en un ataque mejor planeado aun cuando se prolongara por más tiempo, en lugar del asalto atropellado de grandes masas que dirigió el general Ángeles bajo las órdenes de Villa. Este era el motivo de las dificultades que a Villa sirvieron de pretexto para buscar la complicidad del general Obregón en su intento de desobediencia y creo pertinente copiar algunos párrafos del telegrama que en contestación dirigió el general Obregón al jefe de la División del Norte, fechado 2 de julio de 1914 en Ahualulco Jalisco, cuando el cuerpo del ejército del Noreste marchaba sobre Guadalajara. Dice así:

...Creo que cualesquiera que hayan sido las dificultades surgidas, no debe ser usted el árbitro... Si el jefe comete un error, todos estamos en la obligación de señalárselo pero no es el medio mejor el segregarse o tratar de desconocer al Jefe que nosotros mismos hemos nombrado'. Juzgamos nosotros que hasta después de cumplir con el primer número' de nuestro programa que es la destrucción del Ejército Federal, nos corresponde ocuparnos de las demás necesidades nacionales, las que deben tratarse sin precipitaciones. En mi nombre y en el de todos mis compañeros, invoco su sentimiento de patriotismo para que continúe usted su honrosa carrera, subordinado a nuestro Primer Jefe...Salúdolo afectuosamente. General en jefe Álvaro Obregón.

Así es como entendemos los militares revolucionarios la subordinación, más que nunca indispensable en plena campaña, para que el señor Carranza, al aceptar su designación como Primer Jefe del nuevo Ejército Constitucionalista, pudiera dar cumplimiento a ese encargo de tantas dificultades y tan graves responsabilidades, formando ese ejército al mismo tiempo que combatía contra el Federal.

Quienes tuvimos el honor de formar parte alguna vez del Cuerpo del Ejército del Noreste, y pudimos tratar por nuestra comisión asuntos relativos a las divisiones que formaron, tenemos el deber de manifestar que ese sentido suyo de subordinación absoluta al señor Carranza fue invariablemente su criterio.

Yo tuve el honor de ser jefe de Estado Mayor de la tercera división de aquel Cuerpo del Ejército y por ello la oportunidad de tratar con el general Obregón y al secretario de Guerra, muchos asuntos de carácter militar con alguna conexión política; la orden de mi jefe directo fue siempre la de procurar que todos los elementos de la tercera División que cubría los estados de Coahuila, Nuevo León y San Luis Potosí, dieran ejemplo de subordinación y respeto para el señor Carranza que fungía ya como encargado del Poder Ejecutivo de la Nación.

La tarea del señor Carranza en la organización del ejército nuevo fue ardua y difícil, como puede comprobarse al estar enterado de lo que llevo dicho. Movimientos constantes de grupos en formación; amago de las fuerzas federales por todos lados hasta la incomprensión y las ambiciones de algunos de los nuestros que no entendieron, o fingieron no entender la tarea encomendada por ellos mismos al Primer Jefe.

Pero la tranquila serenidad, al mismo tiempo que la firme resolución en el logro de sus propósitos, fueron distintivos del carácter de don Venustiano, bajo esas concesiones dio el paso inicial de organización, después del reconocimiento que recibió de la casi totalidad de los grupos armados, con el decreto expedido en su cuartel general en Monclova, el 4 de julio de 1913, dividiendo en grupos de estados de la república, siete zonas militares que quedarían atribuidas a otros tantos cuerpos del ejército.

Debe entenderse que esta disposición previa del Primer Jefe fue debida a que, en aquella fecha, se ignoraba cuál sería la duración y la intensidad de la campaña indispensable para la destrucción total del Ejército Federal, que de no haberse logrado tan rápidamente, hubiera dado ocasión a grandes batallas en muchos lugares del país.

Por ello, sin designar desde luego comandantes de los diversos cuerpos del ejército, el decreto hacía la división de siete grupos de estados, con su cuerpo de ejército cada grupo. Para no prolongar demasiado esta digresión, me referiré al grupo que debía corresponder al Cuerpo del Ejército del Noreste, que mas tarde tuvo como comandante en Jefe al general Álvaro Obregón y se componía de: Sonora, Chihuahua, Durango, Sinaloa y Baja California.

La campaña de exterminio de los federales, se desarrolló, como he dicho, con mucha mayor rapidez de lo que era de esperarse.

Muy extenso sería hacer cuando menos mención de todas y cada una de las acciones de guerra verificadas entre constitucionalistas y federales en el período de tiempo comprendido entre el 26 de marzo de 1913 en que principió la lucha y el 14 de agosto de 1914 en el que se dio fin a la disolución del Ejército Federal. Básteme decir que tanto el Cuerpo del Ejército del Noroeste a las órdenes del general Álvaro Obregón, como la división del Norte a las del general Francisco Villa y el Cuerpo del Ejército del Noreste a las del divisionario Pablo González, ejecutaron un plan dirigido por el Primer Jefe Venustiano Carranza, que fue limpiando el territorio nacional de fuerzas huertistas hasta llegar a las puertas de la capital de la república a exigir la rendición incondicional del gobierno y la disolución total de su ejército.

General José Álvarez y Álvarez de la Cadena