Cuando desperté, el dinosaurio seguía ahí.
Augusto Monterroso.
Yo te conocí, Pepita, antes de que fueras melón.
Dicho popular.
Hubo una vez una monja que quiso convertirse en hombre. La dama luchó e incluso mató para ganarse el cariño de varias mozuelas que se le atravesaron en el camino, mismas que –supongo– desbordaban torrentes de sensualidad. Sus padres le pusieron Catalina de Erauso. Y su trauma surgió cuando la damisela diose cuenta de que su condición de mujer no correspondía a sus inclinaciones e inquietudes sexuales.
Por jugadora y pendenciera (debería decir jugador y pendenciero), propició varios enfrentamientos en lupanares, cantinas y garitos. Y después de algunos duelos, de los cuales salió triunfante al enviar al otro mundo a sus rivales (según las crónicas, a unos diez), su fama llegó hasta la mismísima Santa Sede de Roma, entonces a cargo del Papa Urbano VIII.
La virago se presentó ante el máximo jefe de la Iglesia para manifestar su arrepentimiento. Y lo hizo con un documento que certificaba su virginidad, emitido por las comadronas de “El Callao”, lugar donde también armó escándalos y aventuras que la condenaron a muerte. Logró salvarse por un pelito y se dio a la tarea de convencer al prelado para que este le reconociera su calidad de monja. Una vez logrado su propósito, conquistó a Felipe IV, rey de España, quien le asignó una jugosa pensión, dinero que le dio oportunidad de regresar a México.
La monja, disque alférez, volvió a las andanzas: condujo las diligencias que corrían entre Veracruz y la capital, trabajo que la puso frente a los bandidos de Río Frío y, por ende, ante la oportunidad de demostrar sus habilidades de espadachín. Finalmente, la mujer murió en su lecho y de tristeza nada más, porque la bella esposa de un amigo no quiso corresponderle.
Sirvan las crisis existenciales de doña Catalina de Erauso para ejemplificar los conflictos de personalidad política que hoy quitan el sueño a varios de los precandidatos. Usted, respetado lector, puede ponerle el nombre que se le ocurra.
Primero: hay representantes o delegados que nos hablan de democracia y civilidad después de propiciar juegos y pendencias, por cierto, nada civilizadas y menos aún democráticas.
Segundo: pretenden convencernos de que la “virginidad” en materia electoral distingue a su representado y debe ser tomada en cuenta por la sociedad (para efecto de la alegoría, equivale al Papa) con el fin de que les sean perdonados sus equívocos y se les reconozca su calidad de demócratas.
Tercero: con los juegos verbales que aparecen en las entrelíneas de sus declaraciones, buscan borrar los prejuicios que sus jefes (o amigos de sus jefes) ocasionaron cuando el enervante perfume del poder les obnubiló el sentido social que dicen tener.
Cuarto: a como dé lugar, quieren hacernos creer que trabajan para ayudar a los bienaventurados “almas de la caridad” nacional, y…
Quinto: su malévola intención es que olvidemos que la condición de político de un jefe en nada corresponde a las inclinaciones sexenales que en otros tiempos demostró.
Observará el lector que en esta alegoría el columnista no pudo encontrar punto de referencia que le permitiera relacionar las modernas firmas de perversidad periodísticas utilizadas con la peregrina intención de asustar a quien tiene la responsabilidad de mantener el equilibrio político y la tranquilidad social del estado. (Ni siquiera el ejemplo de las comadronas de “El Callao” me sirvió.) Baste leer algunas de las columnas publicadas, en especial “Crónica del Poder”, y comprobar que están escritas con la “caligrafía mental” de quien ahora se siente un moderno y retórico espadachín.