La brigada terminal (Capítulo 6) La reunión

Réplica y Contrarréplica
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La reunión

Capítulo seis

La vibración del celular asustó a Ibarbuengoitia que en ese momento se preparaba para accionar el micro detonador que había instalado en un teléfono móvil. “¡Qué inoportunos avisos, carajo”!, dijo levantando la voz conciente de que sólo Iñaki escucharía el eco de su reclamo. Miró el aparato y leyó en voz alta el mensaje: “Mañana llegaremos temprano a La paradoja. No te muevas y prepáranos una agradable sorpresa, Ángela”. Hizo una mueca de desagrado sin apartar la vista del teléfono programado para hacerlo explotar con impulsos como la vibración y el sonido que incluía su menú. Y después le dijo a su compañero de laboratorio: –La sorpresa pude haber sido yo, Beltrán: un investigador mutilado por su propia creación y frente a un testigo de calidad. Pero por fortuna el mensaje cayó en este teléfono–. Se quedó mirando el aparato con la satisfacción que sienten los científicos cuando están a punto de probar el resultado de su ingenio. Tomó con cuidado el otro teléfono móvil para depositarlo dentro de un recipiente blindado. Se alejó dos metros para colocarse detrás del escudo equipado con un visor a prueba de explosiones. Aspiró profundo y en seguida pulsó el botón del celular donde acababa de recibir el mensaje de Ángela, en el cual estaba programado el número del “porta sorpresas”, como él denominó a su invento. Antes de accionar la tecla que haría explotar el aparato celular, Rafael Ibarbuengoitia pensó en las justificaciones del inventor de la teoría de la relatividad, reflexión que compartió con su compañero: “Bien decía Albert Einstein, Iñaki: no hay que darse importancia ni buscar la acumulación de riqueza. La vida o el trabajo de un hombre es tan incomprensible como el misterio de una avalancha, donde un solo grano de polvo basta para desencadenarla”. Hizo la llamada y ocurrió la detonación. El laboratorio se cimbró provocando ruidos que para él era la música que surgía de sus implementos de laboratorio. Entonces el científico se acercó al recipiente y vio con entusiasmo cómo se habían incrustado en las paredes cientos de esquirlas. Y sin ocultar su alegría casi infantil, le dijo a Iñaki Beltrán:

–Nos quedó perfecto, compañero. Ningún malandrín podrá resistir el impacto destructivo de las partículas mortales que encontrarán abrigo en la carroña de los delincuentes”.

Sin embargo, el gusto que le produjo un estado de éxtasis, duró hasta que escuchó en su mente el reclamo de alguno de sus fantasmas, voz que lo introdujo en la depresión que solía atraparlo cada vez que los resultados de su trabajo lindaban entre el bien y el mal. Beltrán se dio cuenta, sin embargo y como él también había sufrido esas experiencias, prefirió seguir con su actitud de convidado de piedra.

La soledad de la noche suele resolver las crisis existenciales de los seres bipolares. Durante ese tiempo, las ausencias y el silencio habían hecho su tarea para que Ibarbuengoitia encontrara la solución moral que se le había negado el día anterior. “Lo bueno es que nunca me voy a enterar de las consecuencias de mi trabajo, si es que éstas existen”, fue el razonamiento que se le ocurrió al recordar la condición que había puesto para integrarse a la Brigada Terminal, requisito que podría liberarlo de cualquier remordimiento y además quitarle el peso moral que “castiga” la conciencia de los científicos que atentan contra el pensamiento mágico.

–Buenos días Rafita… Iñaki –canturreó Ángela acercándosele para besar a los científicos en la mejilla. ¿Cómo nos ha ido con los maravillosos inventos?

         –Muy bien, señora linda, porque ayer justo después de tu mensaje, hicimos una prueba y hete aquí el resultado –contestó Rafael al tiempo que señalaba las paredes del recipiente que había usado para la prueba. Se trata de una digamos que implosión cuyo efecto es creativo no destructivo. Sólo me falta encontrar la forma para incluir en las esquirlas el cromosoma capaz de modificar el comportamiento de las células. Y algunas pruebas más para garantizar que la fórmula no vaya a provocar una pandemia. ¡Imagínense el problema!

          –¿Perdón? –cuestionó Rocafuerte que se había mantenido en silencio para dejar que Ángela siguiera con el control de la relación lograda por ella.

         –Qué tal, Simón –le contestó Ibarbuengoitia–, trataré de darte una respuesta si tú quieres filosófica no armamentista: según tus conceptos, es decir, lo que me dijiste hace dos semanas, nosotros no vamos a destruir sino a propiciar que exista un método que construya. Nos apegamos al principio de la Creación divina que siempre es constructiva mientras lo contrario, lo que atenta contra las leyes de Dios, se convierte en una técnica satánica. El Tercer Reich, por ejemplo, logró mejorar el trabajo de sus científicos en la cuarta parte del tiempo que tardaron los aliados. Y esto lo hizo basándose en la idea de la implosión. Me refiero, claro, a sus avances armamentistas y no a sus sistemas de exterminio.

         –Asumo como propia la definición –dijo Rocafuerte–, y comparto contigo la tesis que creo fue del alemán Víctor Schauberger, el científico que antepuso la implosión a la explosión. Pero para que no haya confusiones hay que decirnos una y otra vez que lo nuestro nada tiene que ver con el concepto de raza superior…

         –Si me explican eso que parece un galimatías científico, se los agradeceré como si la aclaración de sus embrollos fuese el aperitivo del almuerzo que nos espera…

         –Dejémoslo así Marthita –atajó Simón mirando al científico con ojos de cómplice. Es mejor adoptar el razonamiento de Rafael, percepción que me parece toral para nuestro proyecto: lo de nosotros es constructivo no destructivo… Beltrán, estás muy callado.

         El experto en explosivos no quiso responder lo que quería escuchar el líder del grupo. Sólo se limitó a decir en un tono de broma: –Yo como el chinito, Simón, nomás milando…

 Alejandro C. Manjarrez